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VISTO / OÍDO

El bueno y el malo

Un sacerdote me alegó contra mi ateísmo que sin Dios no es posible distinguir el bien del mal. Será a él. El arzobispo de Santa Fe, Argentina, se cepilló 45 seminaristas ('cepillar': tener trato sexual con alguien, Academia), y sin duda tenía, por la gracia de su estado, una seguridad absoluta del bien y del mal. Quizá será que ese trato no es malo, no sé. Dejé la conversación porque me pareció que el argumento es antiguo y sencillo: fuera, fuera. Luego reflexioné. No sé si el acto del arzobispo, o el de otros sacerdotes de los que tanto se habla, hace entrar la gracia por un lugar del cuerpo a sus compañeritos. Mis nociones del bien y el mal no son tan claras como quienes las tienen de oficio. La idea de que Satanás ha encarnado en Sadam Husein, o la profana de que es como Hitler, no acaba de convencerme: yo veo peor al rey Fahd.

Sin embargo, el rey que va derramando oro a su paso fue visitado por el nuestro, mientras que a Sadam le vamos a declarar la guerra siguiendo a Estados Unidos, como es nuestro deber. ¿Se puede tener un deber para algo que está mal? Pero ¿es que está mal atacar a Sadam? Está bien destruir las vidas de diez o doce mil personas que ahora están sometidas a su tiranía y así se liberarán. No hay mejor libertad que la muerte.

Volvamos a Fahd: Sadam quiso apoderarse del petróleo saudí. Decía que era del pueblo, y no para los emires. Pero el pueblo no lo repartiría por el mundo occidental, y los emires sí. Uno quiso casar a su hijo con la que iba a ser madre de un rey de Inglaterra, y dice que por eso mataron a Diana y a su hijo. ¿Era peor persona Diana que Camilla Parker-Bowles? ¿Peor que el príncipe de Gales, que, aún casado, decía a la dama por teléfono 'quisiera ser tu tampax'? ¿Es malo querer ser el tampax de alguien? Es una metáfora fea, sin prestigio poético, pero ¿no están llenas las sociedades de hombres que quisieran ser el tampax de alguien y de mujeres que quisieran que el tampax fuera humano y viril (o femenino, qué más da), quizá el de alguien a quien desean? Seguramente, no.

Es mi incapacidad de distinción, por falta de religión, entre el bien y el mal. No sé si es peor la persona que quema las chabolas de los cíngaros rumanos -un niño muerto en las de El Salobral- o quien le ordena o le paga para que lo haga. El islamismo del rey Fahd ¿es el bien? ¿Es el mal el de Sadam? ¿Es Bush el peor? ¿Es mi sexualidad mejor que la del arzobispo?

La mía estuvo dirigida por el amor, y quedan vestigios calcinados, humeantes. ¿Sería mejor si me inspirara ese sentimiento profundo y serio un catecúmeno?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 9 de septiembre de 2002