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Reportaje:RUTAS URBANAS

Manchester, la 'fea' del Norte

Una de las ciudades más estimulantes del Reino Unido estrena nueva cara

Fue la capital británica de la revolución industrial y vivió el auge de la música punki en los años setenta. Hoy, esta urbe acogedora del noroeste de Inglaterra seduce a quienes buscan atractivos vanguardistas. Fue la capital británica de la revolución industrial y vivió el auge de la música punki en los años setenta. Hoy, esta urbe acogedora del noroeste de Inglaterra seduce a quienes buscan atractivos vanguardistas.

Las ciudades más feas serán las bellas del siglo XXI. En España está Bilbao. La capital vizcaína ha experimentado una admirable mejora urbana, con dos notables polos de referencia estética, el metro de Norman Foster y el llamativo Guggenheim de Gehry. ¿Y antes? Para mí, Bilbao ya era antes hermosa, tétricamente hermosa y sustancial como las ciudades de gran industria, clima adverso y alto espíritu laboral. Bilbao, como Oporto y Glasgow. O como Manchester, en este momento, si me dejan ustedes jugar a hacer listas, la más viva, atractiva y estimulante ciudad del Reino Unido, quizá de Europa.

Grim (lúgubre) era la palabra que se ponía siempre al lado del nombre de Manchester, y yo mismo la dije cuando conocí esta ciudad del noroeste inglés en el año 1975. Lúgubre, derrelicta, día y noche lluviosa, y, cuando no, húmeda; destartaladamente victoriana. Parecida en eso a Liverpool y Leeds, que están cerca y sin embargo se le han quedado atrás. Sin milagro. Sin ese prodigioso ejercicio de conservación patrimonial y reforma imaginativa que ha hecho en 20 años de Manchester lo que es ahora. Una delicia.

El milagro ha tenido unas causas, pero la ciudad ya contaba antes con una oscura y potente belleza, difícil de ver por el abandono y la deshabitación. Manchester fue la gran capital británica de la revolución industrial; la cuna de las mayores cotton mills o plantas manufactureras de prendas de algodón de todo el país; el paradigma también de la urbe decimonónica incipientemente capitalista y explotadora del trabajador, como la vio Engels, dejándose en gran parte inspirar por su trama social para escribir La condición de la clase obrera en Inglaterra. Engels, perteneciente a una rica familia alemana de industriales algodoneros, vivió más de dos años en Manchester trabajando en la firma familiar, pero, joven hegeliano de izquierdas y relacionado ya con Marx, no dejó de observar críticamente las injusticias generadas entre la clase obrera por el sistema de libre comercio aprobado en el Parlamento británico.

Música pop

Pero explotados y explotadores no duraron en Manchester eternamente, al menos en las condiciones descritas por Engels en su histórico ensayo, publicado por vez primera en 1845. El declive de la industria del paño se dejó sentir con dureza en su capital más representativa, y a lo largo de las décadas centrales del siglo XX, los grandes monumentos del capitalismo local fueron quedando en desuso o derribados. Hasta que, gracias principalmente a la música pop, todo empezó a moverse, a salvarse.

Hay una película reciente de Michael Winterbottom, aún no estrenada en España, que se llama 24 Hours Party People, y que refleja el renacimiento cívico que -a partir de 1976- se operó en la ciudad con el auge del punki, la presencia de grupos legendarios (Sex Pistols, Joy Division, New Order, entre otros) o el establecimiento de sellos discográficos fundamentales (Factory Records) y célebres clubes nocturnos. También esos héroes y lugares de culto han muerto, se han callado o están en obras, como la mítica discoteca Hacienda, que en su día atraía a sus noches interminables (y sólo en parte alcohólicas) a miles de jóvenes expresamente llegados del resto del país, y hoy va a ser convertida en apartamentos.

Los años ochenta de Manchester fueron movidos y musicales, pero la verdadera regeneración de la ciudad se dejó sentir, gracias a una tragedia, a partir de 1996. El 15 de junio de ese año, una bomba puesta por el IRA destrozó terriblemente la parte más céntrica cercana a la catedral, aunque no hubo víctimas mortales. La mezcla de las generosas ayudas gubernamentales y el pundonor herido de los ciudadanos (los mancunianos) tuvo una adecuada -y no muy frecuente- fragua en el nuevo plan urbano establecido por las autoridades locales, que, junto a la reconstrucción, defendía la peatonalización de grandes zonas, la conservación intervenida de los enormes y fantasmales edificios del siglo XIX y el acicate a la vuelta al centro de los habitantes huidos al suburbio o recién llegados. Así es la nueva Manchester: severamente victoriana y traviesamente posmoderna (si bien al lado del Urbis, la sorprendente torre escalonada de vidrio con ascensor interior funicular, obra del arquitecto local Ian Simpson, también hay, claro, ocurrencias high tech de menos gracia). Una ciudad cálida (aunque haga frío) y acogedora, muy paseable y hasta navegable, gracias a sus hermosos canales, y que empieza a estar justamente orgullosa de su avanzada calidad de vida.

Orgullosa también, por cierto, de su nutrida y visible comunidad homosexual. ¿No es milagroso, o maravilloso, que los folletos y campañas municipales de turismo vendan con la misma naturalidad y alegría la animación gay de los bares, clubes y tiendas gay en torno a Canal Street que las bellezas que encierra la catedral (en sus restantes partes medievales) o el imponente edificio del Ayuntamiento, obra maestra de la arquitectura, la escultura aplicada y hasta la pintura victoriana (no hay que perderse el ciclo de 12 grandes murales históricos que en su Great Hall pintó el prerrafaelista Ford Madox Brown)? Si en la leyenda dorada gay se dice que hoy Londres supera al Nueva York de los años setenta; a Manchester, según las mismas fuentes, le corresponde ser el San Francisco europeo. A ese sello ha contribuido mucho el arrollador éxito en el Reino Unido y Estados Unidos de una de las mejores comedias seriales de televisión que yo conozca, Queer as Folk, creación del excelente guionista local Russell T. Davies. La serie, brillante, sexy, bien escrita, maravillosamente interpretada y realizada con una envidiable mezcla de osadía y ausencia de énfasis en la mostración del contexto gay mancuniano en que se desarrolla, no ha despertado el interés de nuestros sensibles programadores, y según creo, sólo ha sido aquí mostrada, en euskera, por ETB.

Tres pistas

Termino mi oda a Manchester con tres pistas para ese turista entusiasta que espero escondan dentro de sí mis lectores tanto como lo escondo yo. Si este artículo les anima a viajar allí, no se vayan sin ir -al menos de visita- al teatro Royal Exchange, una ingeniosa muestra de reutilización de un vasto espacio inservible, la antigua sede de la Bolsa. Detrás de su retórica fachada neoclásica, los arquitectos aprovecharon el destrozo de la bomba de 1996 para incrustar en la gran nave interior un modernísimo teatro, de una forma no muy distinta a como Foster lo ha hecho en el Museo Británico de Londres. Alójense también, si pueden (es un cuatro estrellas), en el Palace Hotel, delirio arquitectónico de Alfred Waterhouse (el autor del ya citado Ayuntamiento o Town Hall), en su día construido para una compañía de seguros que, dado el lujo asiático de las instalaciones, no me extraña que quebrase pronto. Por último, lo último que la ciudad ofrece en su catálogo de novedades, el Imperial War Museum North, extensión norteña del mismo Museo de las Guerras Imperiales de Londres. No me pregunten a qué guerras o imperios alude este de Manchester, pues no lo conozco por dentro. Lo visité por fuera cuando estaba sin concluir, llevado por el interés de ver la primera obra que Daniel Libeskind construye en Inglaterra. Es bellísimo, en su fraccionada superficie de curvas y cuerpos diseminados, fruto, si creemos al famoso arquitecto, de una jugada azarosa: él mismo envolvió una tetera de loza en una bolsa de plástico y la tiró por la ventana. El mundo es frágil, pero Libeskind quería saber cómo se rompe. Los tres trozos elegidos tenían una 'rotura estructural de geometría perfecta', y con ellos Libeskind trata de representar la entera curvatura del universo, un mundo roto remodelado por las guerras. Situado en las afueras de la ciudad, junto al tercer museo interesante de Manchester, el monográfico del pintor L. S. Lowry (los otros dos son el Whitworth y la Art Gallery, ricos sobre todo en pintura británica del XIX), este Imperial War Museum North puede muy bien convertirse en el catalizador internacional de Manchester, al estilo del Guggenheim de Bilbao.

Es la ventaja de las ciudades feas. El día en que un azar las hace arreglarse un poco, se llevan de calle a las guapas tradicionales con el morbo de la novedad.

GUÍA PRÁCTICA

Datos básicos Población: Manchester tiene 2,5 millones de habitantes. Prefijo telefónico: 00 44 161. Cómo ir - British Airways (902 11 13 33). De lunes a viernes, desde Madrid hasta Manchester. 320 euros más tasas. - Iberia (902 40 05 00). Diarios, desde Madrid, vía Barcelona, 328 euros con tasas, y desde Barcelona, 310. Dormir - Hotel Palace (233 51 06). Oxford Street. Doble con desayuno, 148 euros. - Jurys Inn (953 88 88). Great Bridgewater, 56. La doble, 107 euros. Visitas - Imperial War Museum North (836 40 00). Trafford Wharf Road. De lunes a viernes, de 10.00 a 18.00. Entrada gratuita. - Whitworth Art Gallery (275 74 50). University of Manchester. Oxford Road. Abierto toda la semana. - Manchester Art Gallery (235 88 88). Mosley Street. Great Manchester. Lunes cerrado. De 10.00 a 17.00. Entrada gratuita. Información - Turismo de Manchester (234 31 57).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de agosto de 2002

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