Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica:

En la peor tradición

Una biografía de Francisco Giner de los Ríos recupera las viejas acusaciones del integrismo católico contra el fundador de la Institución Libre de Enseñanza.

Cuando, en plena guerra civil, los intelectuales católicos procedentes de Acción Española y de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas se hicieron cargo de la Comisión de Educación y, luego, del Ministerio de Educación Nacional, se emplearon a fondo en el exterminio de todo lo relacionado con la Institución Libre de Enseñanza. Había que pasar por las armas a la señora Institución, decían, ese engendro procedente del virus elaborado por los químicos del mandil y del triángulo. Los institucionistas, 'anacoretas del diablo que, entenebreciendo nuestras aulas, envenenaron la juventud', como los definía Fernando Martín-Sánchez Juliá, eran responsables, según Enrique Suñer, de crímenes, asesinatos, violaciones, crueldades, saqueos y destrucciones, y debían ser llevados a juicio, con la más santa de las violencias, para ejecutar en ellos las sanciones merecidas. 'De la Institución Libre de Enseñanza, anti-católica, anti-española, no ha de quedar piedra sobre piedra', sentenciaba José Pemartín.

Los años sesenta trajeron otros aires y fueron precisamente historiadores católicos los que emprendieron la tarea de revisar ese juicio sumario. Lo hicieron con seriedad y rigor y sus conclusiones no sólo se alejaron de los predecesores, sino que se situaron en el polo opuesto. Entre los 'reformadores de la España contemporánea' los incluyó María Dolores Gómez Molleda, que los trató con las armas propias del investigador: solvencia en el manejo de fuentes y cautela para no hacerles nadar, con juicios anacrónicos, fuera de su agua. Artífices de la única moral colectiva, la moral de la ciencia, alumbrada en el Madrid de la Restauración, dijo de ellos Vicente Cacho Viu, quizá el historiador que mejor ha comprendido y con más elegancia ha escrito sobre las generaciones de intelectuales de ese largo periodo.

Y ahora llega un profesor de

la Universidad Pontificia de Comillas que, mostrando a cada paso una sorprendente ignorancia acerca de lo que se debatía en aquella sociedad, tira a la basura ese trabajo y, después de saquearlo en todo lo que puede, retorna a la peor tradición católico-integrista con algún agravante: el gusto morboso por el cotilleo, la insufrible propensión a dárselas de gracioso, las babosas insinuaciones sobre el trato entre hombres y su vida en común. Marco no sólo repite hasta el cansancio el tópico de la enemiga anticatólica y el desprecio a lo español de los institucionistas, sino que se solaza en presentar al grupo como una especie de secta de homosexuales que, engañando a todo el mundo, vive del Estado.

De Sanz del Río viene todo el daño, de modo que si este señor resulta ser un hipócrita que se da la gran vida a costa del erario público y de las rentas de un tío canónigo ya se comprende todo lo demás. La canción es antigua y Marco no añade nada que no se supiera. Lo único que hace es repetir una y otra vez lo que ganaba don Julián, su rechazo del rectorado de la Universidad de Madrid, lo que de su escuela dijo Navarro Villoslada, y otras anécdotas por el estilo entre descubrimientos tan agudos como que el Syllabus de Pío IX no condenaba del liberalismo, que Francia destacó por alumbrar gentes sin carácter, o que Cossío quería contraer matrimonio mixto con una prima lejana.

No sólo las anécdotas sino las mismas categorías conceptuales, si así pudieran llamarse, que definen los fenómenos del krausismo y de la institución proceden directamente de la más integrista tradición católica como viene también de ella el léxico para identificar a sus fundadores. Hasta en el uso de imágenes para caracterizar a Giner de los Ríos es deudor el autor de Menéndez Pelayo que ya lo calificó hace 125 años de ninfa Egeria del gobierno, un hallazgo que Marco presenta como nacido de su propio ingenio. Ni que decir tiene que la acusación de amaneramiento, transformada aquí en el 'fantasma de afeminamiento', sentido por Giner como 'una amenaza próxima, insinuante, casi tentadora', era un lugar común en los ataques del integrismo católico.

Es ciertamente penoso que,

metidos ya en el siglo XXI, un profesor de una universidad pontificia, que copia a placer lo investigado por otros pueda haber sucumbido a la tentación de resucitar la peor tradición de los siglos XIX y XX. Sucumbe, sin embargo, y con idéntico propósito que el manifestado en 1938 por Teodoro Toni en la revista Razón y Fe, de la Compañía de Jesús: para culpar a estos emboscados del laicismo, a su labor extranjerizante, a sus conexiones moscovitas, de haber sido origen y nervio de la revolución y de la República laica y atea y persecutoria y antiespañola. Como eco de aquellas acusaciones, Marco cierra su presunta biografía de Giner culpando a la institución de haber transmitido a sus herederos del partido socialista la 'voluntad radical y visionaria' que ha llevado a España a la perdición.

De modo que este panfleto concluye que todo lo que ha ido mal en la historia de España, desde la revolución de 1868 hasta el Frente Popular, procede de esa desviación de la gran tradición española que tuvo su origen en el krausismo y en la institución. Su autor alardea de innovador, pero no hace más que repetir aquella infamia que llevó al presidente de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas y fundador del Colegio Mayor San Pablo a escribir en 1940: 'Para que España vuelva a ser, es necesario que la Institución Libre de Enseñanza no sea'. Decirlo, entonces, implicaba llevar a los relacionados de cerca o de lejos con la institución, si no ante el pelotón de fusilamiento, al exilio o a la pérdida de la cátedra; Marco se satisface con perdonarles pedantemente la vida arrojándoles a la cabeza un libro deleznable: algo llevamos ganado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de agosto de 2002

Más información

  • José María Marco