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Crónica:APROXIMACIONES

Las 'novelas' de España

Américo Castro (1885-1972) abordó en sus obras dos de los principales problemas de la España del tercer milenio: el auge de los nacionalismos agresivos y la inmigración conflictiva. Un repaso a sus libros, cargados de historia, muestra la vigencia de su pensamiento y permite comprender mejor las propuestas de convivencia.

En el campo de lo digno de historia, nada vale injustificadamente como 'nuestro', si antes no fue anejado como 'suyo', en alguna forma, por los extraños. Américo Castro

La historia, si no es nuestra, no debe existir. Radovan Karadzic

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Medio siglo y pico después de su publicación, la obra de Américo Castro sigue siendo objeto de vivos debates, no sólo en el campo de quienes civilizadamente o no la combaten y ponen en tela de juicio sus planteamientos y perspectivas, sino también en el de sus seguidores y discípulos recientes y antiguos. Todo ello atestigua su lozanía y vitalidad: a nadie se le ocurriría la idea de impugnarla o defenderla si la evolución de nuestros conocimientos históricos y literarios la hubiese arrinconado en el desván de los trastos viejos.

La España medieval no vivió un idilio intercultural como imaginan quienes hablan de mestizaje y multiculturalismo

La única superioridad que cabe admitir es la de la democracia sobre cualquier otro sistema político

Los flujos migratorios alentados por la mundialización económica resucitan la islamofobia de una Europa menos democrática

En su libro La novela de España -título de singular acierto-, Javier Varela descalifica cortésmente la visión del pasado de Castro ('parcial, deformada, errónea') y la pone en el mismo saco que la de su enemigo Sánchez Albornoz, en razón del empeño de ambos, dice en síntesis, en sostener una irreductible singularidad hispana a partir de un sustrato romano visigodo anterior y opuesto al islam (en el caso del autor de España enigma histórico) o de la coexistencia e intercambio de saberes y prejuicios de las castas cristiana, mora y judía (en el de La realidad histórica de España). Frente a ellos, y a los historiadores que les precedieron, tanto liberales como nacionalcatólicos, Javier Varela opone el europeísmo normalizador, sin fisuras, de José Antonio Maravall, cuya evolución gradual del falangismo a la democracia le convierte en espejo de conductas en la España de Aznar, castellanista y comunitaria. Pero, si las reflexiones de Castro acerca de nuestra historia -en especial las de la última etapa de su vida, sobre las que Varela pasa de puntillas- resultan muy oportunas en este inquietante comienzo de milenio en la medida en que contienen propuestas de convivencia como la que plasmó en la actual Constitución, no puede decirse lo mismo de las de Sánchez Albornoz, cuya evolución, inversa a la de Maravall, le condujo en sus postrimerías a una defensa 'a españetazo limpio', como diría Cernuda, del papel providencial de España como centinela de Occidente (esta vez no contra el comunismo ateo sino, de nuevo, contra el islam), defensa que anticipa los recientes clamores de Marta Ferrusola, Heribert Barrera y el arzobispo de Granada, sobre el peligro de la inmigración de origen musulmán en España:

'Temo que otra gran tronada histórica pueda mañana poner en peligro la civilización occidental, que lo estuvo por obra del islam en los siglos VI y VII. La cultura europea fue salvada por don Pelayo en Covadonga. ¿Dónde se iniciará una nueva reconquista que salve al cabo las esencias de la civilización nieta de aquella por la que, con el nombre de Dios en los labios, peleó el primer vencedor cristiano del islam en Europa?'.

Más extremoso que Varela, el arabista y notable traductor de Al Yahiz e Ibn Battuta, Serafín Fanjul, arremete contra Castro y la 'camada' o 'caterva' de sus 'beatos discípulos' en una obra de indudable interés pese a sus arranques de agresividad y a la percepción simplista de algunos autores, desde el 'buen católico' Mateo Alemán (en realidad tan creyente en la divinidad como Fanjul o como yo, aunque tomara, como es obvio -primum vivere-, las necesarias precauciones para ocultarlo) al que escribe estas líneas (su lectura au premier degré, en Don Julián, del episodio del espachurramiento de insectos entre las páginas de los clásicos en la antigua biblioteca española de Tánger es una de las más rudimentarias o chuscas que recuerdo después de la -en verdad inefable- del profesor Aranguren: según nuestro añorado filósofo, frente al dilema español de aceptar el modelo occidental europeo o el del comunismo soviético yo propondría nada menos que ¡el del reino alauí de Marruecos!).

Al-Ándalus frente a España. La forja de un mito contiene capítulos incentivos en los que Fanjul desmonta la fábrica de algunos juicios y creencias cuando menos discutibles o vagos: el andalucismo mítico o folclórico que identifica a la Andalucía de hoy con un Al-Ándalus sin duda glorioso pero extinto; el incierto origen árabe (yo diría más bien paquistaní) del cante flamenco (me acuerdo de la convincente, por fallida, experiencia de Macamahonda, en la que la voz del Lebrijano y la orquesta de cámara de Tánger se yuxtaponían, como agua y aceite, sin armonizar jamás); la visión orientalista de algunos autores como Alarcón, que yo también analicé en Crónicas sarracinas; la idealización romántica de la España de las tres culturas...

Para cualquier historiador, incluso para un modesto aficionado como yo, resulta evidente que la coexistencia de cristianos, musulmanes y judíos, tanto en Al-Ándalus como en los reinos del norte de la Península, fue de ordinario conflictiva y que los periodos de relativa tolerancia alternaron con otros de franca enemistad y de persecuciones, guerras y algaradas. La España medieval no vivió -y esto lo deja bien claro Castro- una especie de idilio intercultural como imaginan hoy quienes hablan ingenuamente de mestizaje y multiculturalismo obviando el hecho básico de que las culturas -la española, la francesa, la árabe, etcétera- se componen de la suma global de las influencias que han recibido y asimilado a lo largo de la historia y son por tanto híbridas, mutantes, bastardas, abiertas al cambio y la novedad al menos cuando disfrutan de buena salud y de capacidad integradora. Sólo en los periodos de decadencia se acartonan y atrincheran en sus ruinosos bastiones en busca de sus esencias castizas, como nos prueba el ensimismamiento de la cultura árabe a partir de Ibn Jaldún y la española de los últimos Habsburgos.

Más discutible es el afán de minimizar la influencia árabe en el idioma y las creaciones literarias y artísticas peninsulares inspirada, según algunos, en la limpieza lingüística de Nebrija. Allende los disparates etimológicos que denuncia Fanjul, el lector interesado por el tema debería consultar el excelente volumen de Felipe Maíllo Salgado Los arabismos del castellano en la Baja Edad Media en el que éste pone las cosas en su lugar, muestra el grado de penetración del vocabulario árabe en la lengua española y refuerza las ideas de Castro acerca de los fenómenos de ósmosis y permeabilidad que configuraron la sociedad medieval, en la que no hubo únicamente cristianos, moros y judíos, sino también unas identidades peculiares, a menudo fronterizas e inestables, como las de los mozárabes, mudéjares, tornadizos, muladíes, elches, enaciados... Las huellas del pasado no se borran nunca del todo, ni en España ni en el Magreb, y reaparecen al hilo de las vicisitudes históricas en nuevos fenómenos de hibridación, como el de los neologismos de origen hispano en el darixa o árabe dialectal de Marruecos o el del patué alicantino de los antiguos colonos de Argelia, con términos como ma (por agua) o canaría (por cardo borriquero).

El mudejarismo artístico que, junto al barroco, constituye una de las aportaciones más originales de España a la cultura europea, no se redujo, como vulgarmente se cree y enseña, al campo arquitectónico, y gracias a él, la literatura peninsular, desde el Cantar de mío Cid hasta el Libro de buen amor, presenta unos rasgos diferenciales respecto a la escrita en otras lenguas románicas, rasgos que Américo Castro captó muy bien y que autores tan distintos como Galmés de Fuentes, Gilman, Márquez Villanueva o Rodríguez Puértolas han precisado con indudable competencia y rigor. Sin demorarme aquí en el problema obsesivo de la limpieza de sangre y el papel que desempeñó en la elaboración de la obra de numerosos creadores conversos -que los seguidores de Eugenio Asensio y de Maravall reducen a simple anécdota-, el punto flaco de muchos anticastrianos es precisamente el que reprochan a Américo Castro: echar mano a todos los datos que confortan sus tesis y excluir los que las desmienten. Por mi parte, la lectura de obras como las de Rojas, Delicado, fray Luis de León, Mateo Alemán o Cervantes me parece reductiva y empobrecedora si descarta a priori los planteamientos e ideas de Castro y de quienes se aproximan a ellas sin anteojeras, tanto en España como fuera de ella.

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La 'novela de España' no con

cluye con Maravall, como parece indicar Javier Varela. Las 'novelas' castellanistas han sido sustituidas en las últimas décadas con relatos más o menos mitológicos de las nacionalidades históricas -catalana, vasca, gallega- e incluso de algunas entidades autonómicas como Andalucía y Valencia (en donde se propuso excluir por decreto la enseñanza de autores catalanes y se trata de convertir al valenciano en un idioma distinto del de Foix, Espriu o Pla). La historiografía nacionalista de Ferran Soldevila y Rovira i Virgili es la adoptada oficialmente por la Generalitat; las elucubraciones y fantasías históricas de Sabino Arana sirven de fundamento a los proyectos de creación 'de un ámbito vasco de decisión' de la dirección del PNV y de los extremistas abertzales; en la Galicia del incombustible Fraga Iribarne se pasa en derechura del estudio de los suevos y las dinastías gallegas o galaicoleonesas al estatuto de autonomía de 1980. Y, en reacción a esta cacofonía, el actual Gobierno de Aznar parece empeñado en rescatar el viejo nacionalismo castellanista, reactivando así los problemas resueltos por la Constitución de 1978. Las invocaciones a Covadonga y Santiago (episodio y figura puramente míticos) y las visitas rituales (o de 'ejercicios espirituales') al monasterio de Silos resultan perfectamente simétricas a las de Arzallus y Pujol a sus respectivos tótems. La 'novela de España' o, por mejor decir, de las Españas, se prolonga con nuevos capítulos y amenaza convertirse en un folletín. Al lector atosigado por tanta novelería y desatino, le aconsejo vivamente la lectura de La gestión de la memoria: La historia de España al servicio del poder, obra de Juan Sinisio Pérez Garzón y un grupo de colaboradores suyos: en ella encontrará abundantes motivos de reflexión sobre los abusos de la enseñanza regida por motivos electoralistas, ya del Gobierno central, ya de las diferentes autonomías. Como señalan los autores, se trata de una memoria histórica 'que ha funcionado en todos los casos, no tanto a base de registrar los sucesos del pasado como construir su significado en cada presente de cara a determinados proyectos de futuro'. Los temores de Américo Castro al respecto hallan así su confirmación más rotunda.

La reactivación virulenta del nacionalismo vasco por los discípulos armados de Sabino Arana pone de manifiesto la coincidencia objetiva de la crítica castriana al casticismo cristiano viejo vigente en Castilla del siglo XV a fines del XVIII -y reactualizado luego por los ideólogos del 98 y sus epígonos nacionalcatólicos y falangistas- con la que han llevado a cabo a la mitología patriótica vasca un grupo de historiadores y ensayistas de muy diverso cuño, como Jon Juaristi y Juan Aranzadi. La transmutación casi mágica del vizcaíno o 'español al cuadrado' -en cuanto libre de toda sospecha de contaminación judaica ni mora por obra de antepasados 'impuros'- en vasco castizo -víctima de la 'opresión española desde la abolición de los fueros a consecuencia de las guerras carlistas- debería incitarnos a releer los escritos de Castro de los años sesenta en donde la preocupación por la futura convivencia de los españoles se revela con mayor claridad.

Aunque el autor de Sacra Némesis y El linaje de Aitor no se refiera expresamente a Castro -repudiado, no lo olvidemos, en los medios marxistas radicales en los que se formó-, las concordancias entre sus análisis y los que desenvuelve nuestro historiador a partir de Cristianos, moros y judíos son innegables. En fechas recientes, ensayistas antagónicos como Antonio Elorza (Filoxenia, EL PAÍS, 9 de septiembre de 2000) y Juan Aranzadi (Moros y maketos, EL PAÍS, 2 de agosto de 2000) han trazado un sugestivo paralelo entre el rechazo del maketo castellano o andaluz por los nacionalistas radicales y el de los inmigrantes moros de El Ejido por esos cristianos viejos disfrazados de europeos nuevos que encarna a la perfección Luis Enciso. Así, dos de los mayores problemas de España al inicio del tercer milenio -el auge de los nacionalismos agresivos o victimistas y el de una inmigración necesaria pero conflictiva- pueden ser mejor aprehendidos e interpretados a la luz del pensamiento de Castro.

(A la inversa de sus colegas, Mike1 Azurmendi parece haber descubierto las virtudes y valores castizos de los empresarios almerienses del plástico -nadie duda de que entre ellos haya gente sencilla y honrada- pero evita centrarse en lo esencial: esas vidas de moro tan descarnadamente expuestas en el documental de este título de Canal +. El paso del antinacionalismo vasco al patriotismo reaccionario español y con tintes xenófobos es más fácil de lo que parece).

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El rechazo atávico al moro

-sentimiento que contradice la visión idílica y un tanto folclórica de la España de las tres culturas- hunde sus raíces en el enfrentamiento político-religioso de la mal llamada Reconquista, se fortalece a lo largo del siglo XVI con la animalización o satanización del morisco, renace con la absurda y anacrónica cruzada de O'Donnell, se alimenta de los lances y episodios sangrientos de la campaña contra Abdel Krim y se reaviva aún durante la guerra civil, en el bando republicano, a causa de la utilización por los militares golpistas de mercenarios rifeños. Resulta instructivo cotejar, como he hecho en otras ocasiones, la aversión a 'la morisma salvaje y violadora' que revelan las citas de políticos e intelectuales de izquierda reproducidas por Miguel Martín en El colonialismo español en Marruecos con las soflamas antijudías de los propagandistas del 'Glorioso Alzamiento Nacional', recogidas y prologadas por Julio Rodríguez Puértolas en Literatura fascista española. Sobre el mismo tema, Gonzalo Álvarez Chillida publicó un elocuente ensayo, El mito antisemita en la crisis española del siglo XX, sobre el discurso delirante de algunos tenores del nacionalcatolicismo y de la Falange durante la dictadura franquista. Los antagonismos y rencores de la España de las tres castas, tan bien analizados por Castro, mantenían el pasado siglo su corrosiva vigencia.

Si el antisemitismo sin judíos -o con judíos mentales- ha cedido hoy, al menos superficialmente, a la presión de lo políticamente correcto, los flujos migratorios alentados por la mundialización económica resucitan la islamofobia de una Europa menos democrática que integrista y conservadora, islamofobia que, con música y registros distintos, se expresa en las homilías patrióticas de Le Pen, Haider, Berlusconi y de algunas jerarquías de la Iglesia católica. El grito alarmista de quienes invocan a don Pelayo y Covadonga, Carlos Martel y Poitiers, apunta al pasado para mejor ennegrecer el presente: los inmigrantes oriundos del área que se extiende de Marruecos a Pakistán serían una quinta columna al servicio de una religión expansiva, belicosa e intolerante.

La boga de las doctrinas sobre el choque de civilizaciones y de la versión light y supuestamente laica de Giovanni Sartori acerca de la incapacidad cultural de los musulmanes para adaptarse a las sociedades democráticas (una tesis desmentida por los hechos, salvo en el caso de pequeñas minorías, si se llevan a cabo políticas educativas e integradoras), robustece la creencia en diferencias insalvables y subraya la superioridad de un nosotros (nacional, cultural, religioso) sobre un ellos que excusa el trato dado a los inmigrantes en los bastiones fronterizos de la 'Europa del miedo'. (La única superioridad que cabe admitir es la de la democracia sobre cualquier otro sistema político sea del orden que fuere).

Frente a las incitaciones a una sicosis que sustituye la razón por un conjunto de prejuicios y recelos, las advertencias de Américo Castro respecto a una posible reiteración de pasados errores estimulan a cuantos sostenemos, independientemente de toda creencia religiosa, la democracia que no discrimina y el pluralismo constitucional.

En lo que toca al resurgir de los nacionalismos periféricos y el recurso simétrico al retrocastellanismo por el partido del Gobierno, convendría reflexionar sobre las palabras de nuestro autor en su última introducción a La realidad histórica de España (Porrúa, México, 1966) 'la angustia española de los subnacionalismos y separatismos no tendrá alivio mientras los capítulos de agravios y dicterios no cedan el paso al examen estricto de cómo y por qué fue como fue lo acaecido -las bienandanzas y las desdichas-. El convivir de los individuos y de las colectividades requiere un almohadillado de cultura moral, racional e interesada. Cuando el individuo o la colectividad persisten en la contemplación y en el regodeo de este o el otro modo (muy suyos, muy peculiares, muy tradicionales, muy entrañables, muy sentidos), florecerán, en el mejor caso, el lirismo con matiz de elegía y la añoranza. El individuo y la colectividad permanecerán recluidos indefinidamente en su vallado ámbito. Al poeta lírico no le importa, pero la colectividad en torno a él será muy poco venturosa'.

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Contrariamente a lo que sostie

nen los adversarios profesionales de nuestro historiador, quienes nos sentimos en deuda con su extensa y enjundiosa obra no la consideramos una Biblia intangible. Dado que la reconstrucción de los procesos históricos varía conforme al nivel de los conocimientos y datos empíricos a nuestro alcance, no tomamos sus conclusiones como absolutas ni definitivas: el autor de Cristianos, moros y judíos nos da, al revés, un ejemplo de alguien que corrigió y matizó sus juicios a lo largo de su vida, y podemos contemplar así, desde un mirador más alto, las realidades que él enfocó desde su propio prisma.

Dicho esto, y ciñéndome ahora al ámbito de la historia de la literatura española, la masa de elementos y fuentes documentales de que disponemos, corroboran de ordinario sus razones y pareceres: su percepción de la literatura peninsular de la Baja Edad Media y del denominado Siglo de Oro, temeraria y aún disparatada según sus antagonistas, resulta hoy mucho más aceptable y clara a la luz de cuanto sabemos no obstante la resistencia de los misoneístas y defensores de una hispanidad católica y europea sin mácula. La originalidad de la cultura española estriba precisamente en el hecho de ser producto de un vasto crisol de aportaciones e influencias romano-visigóticas y semitas, y no a razones esencialistas como raza, temperamento, idiosincrasia, etcétera, como las aducidas por Medéndez Pidal en el prólogo a su Historia general de España. A partir de unos supuestos sociológicos y filosóficos que muchos no compartimos -la influencia de Dilthey y Scheler en la formulación de algunas nociones de Castro como 'vividura' y 'morada vital' resulta indudable-, su percepción de lo que fue la vida española a través del corpus de las literaturas escritas en la Península durante el Medioevo y la 'Edad Conflictiva' le condujo a unas conclusiones, provisionales desde luego, pero fructuosas y enriquecedoras y cuya fuerza aguijadora no ha descaecido. La novedad de sus planteamientos sigue siendo pues un estímulo para los que nos interesamos por una cultura española integradora, en los antípodas de la imagen icónica, incapaz de abarcar la riqueza de su propio contenido, que todavía se promueve en algunos medios académicos y oficiales. El que Averroes fuera un filósofo árabe y no español, como a veces veo escrito, no obsta para que el averroísmo sea un elemento fundamental en la historia española e incluso europea en los siglos XIII, XIV y XV, mal que les pese a los europeístas a ultranza. Los cruces y saltos de una cultura a otra fueron más frecuentes de lo que se cree y se enseña en las aulas universitarias: Ramon Llull redactó alguno de sus tratados en árabe y un morisco desterrado en Túnez a comienzos del XVII compuso una obra sobre el goce sexual -nada machista, por cierto- editada hace unos años por Luce López Baralt.

Ninguneados por el régimen franquista, los libros y artículos de Américo Castro -leídos, comentados y criticados en los círculos intelectuales y universitarios más o menos marginados por la dictadura- se abrieron lentamente camino en España. Gracias a la iniciativa 'aperturista' de Laín Entralgo, la publicación de Estudios sobre la obra de Américo Castro en 1971 reúne en un volumen a los autores exiliados o transterrados y a los residentes en España (Garagorri, García Sabell, José Jiménez Lozano -con un excelente ensayo que no ha perdido un ápice de su actualidad-, Rafael Lapesa, López Estrada, Antonio Tovar, Zamora Vicente y el propio Laín). Pero, fuera de este homenaje -el único que nuestro historiador recibió en su país después de la guerra civil-, la tarea de extender el campo de sus ideas y de profundizar en ellas se ha llevado a cabo en las universidades norteamericanas. Los lectores de Castro -y también de Bataillon, Domínguez Ortiz, Caro Baroja y Sicroff- realizaron una labor inmensa en los distintos ámbitos de su especialidad: el arabismo (James Monroe), la crítica literaria (Stephen Gilman, Manuel Duran), los estudios sefardíes (Samuel Armistead, Joseph Silverman), el medievalismo (Rodríguez Puértolas y Márquez Villanueva)... La obra del último -uno de los mejores conocedores de la literatura española y dueño de un saber enciclopédico digno del de Medéndez Pelayo, pero sin las anteojeras ideológico-religiosas de éste- prueba la fecundidad de los planteamientos e ideas de Castro, pese al silencio y hostilidad latente con los que se acoge de ordinario su labor entre quienes detentan en España el poder académico y el mediático.

Junto a los ensayistas antes mencionados, hay que destacar la extraordinaria labor de Eduardo Subirats, autor de libros incisivos y esclarecedores como El continente vacío y España: miradas de fin de siglo, y organizador con James Fernández de los recientes simposios sobre Américo Castro en la New York University y el Círculo de Bellas Artes de Madrid, simposios que congregaron en torno a la obra de nuestro historiador a investigadores y críticos de la originalidad y talento de María Rosa Menocal, Luce López Baralt o Georgina Dopico, amén de Márquez Villanueva, Rodríguez Puértolas y yo mismo. Este trabajo colectivo, y el interés que suscitó en las dos orillas del Atlántico, abren el campo de la historiografia y la crítica literaria a nuevas y fecundas calas en el espacio aún insuficientemente explorado de nuestra cultura y cuyo origen común nos conduce, a veces de modo guadianesco, a los ojos o fuentes de La realidad histórica de España.

Volviendo al tema que nos atañe. Como advirtió Walter Benjamin, la selección del pasado, tanto en los textos autobiográficos, biográficos o de historia, será siempre una manera de manipularlo en cuanto se le dota de posterior coherencia, se le amaña en sutil o zafia continuidad argumental. La faena inicial del arqueólogo deviene así la de un arquitecto o ingeniero o novelista. Pero hay buenas y malas novelas, y las de España no constituyen una excepción.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de julio de 2002