Tribuna:REDEFINIR CATALUÑATribuna
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Custer y las cabras

En los audios registrados en el almacén de mi memoria, siempre tendrá un lugar de honor una comida, en Moscú, con Federico Trillo. Éramos un grupito de diputados del Congreso en misión especial a las Rusias, para atisbar, desde nuestra consistente democracia, si sus elecciones merecían nombre tan cabal. Trillo nos hablaba de sus cuitas en el PP, de cómo convencieron al bueno de don Manuel de que cogiera a ese chico de las Castillas, en vez de Isabel Tocino (alias Elizabeth Bacon) que era, en esas épocas de rutilante thatcherismo inglés, la preferida del don. 'Cada vez que lo teníamos convencido, iba la Tocino, con sus minifaldas, y nos dejaba tuerto a don Manuel'. Pero lo consiguieron, y Trillo y su grupito llevaron a Aznar hasta la dirección del partido, la jefatura de la oposición y, después, la propia Moncloa. Lo consiguieron, o así lo explica..., que vayan ustedes a saber. Lo cierto es que he tenido ocasión, ésta y muchas otras veces, de reírme con el sarcasmo dialéctico de Trillo, cuya mala leche puede llegar a ser tan afilada como su inteligencia. Con él he vivido siempre a caballo de una doble sensación: la proximidad que me daba un hombre capaz de reírse de sí mismo, dotado de la rara virtud de la ironía; y a la vez la lejanía del militar que llevaba dentro, contrapuesto al ideal racional con el que podía establecer algún tipo de complicidad. Trillo es, a la vez, un militarista y un encilopedista, rara conjunción que nos llevaría a mezclar, en un único cuerpo, a un Custer y a un Voltaire.

Por supuesto, el hombre pletórico que se vistió con su mejor posado circunspecto y solemne, y, mirada en el frente, la cabeza alta, el tono grave, el verbo firme, nos lanzó la frase para la historia 'al alba y con tiempo duro de levante' era el militar. Diré más, el hombre de orgullo militar, tocado del honor y la gloria que sólo los Martes de carnaval son capaces de emanar. Quizá fue esto lo que más me inquietó de todo lo inquietable. El verbo militar, en una comisión parlamentaria. La felicidad de usarlo. Lo a gusto que estaba el ministro de Defensa ejerciendo el peor de sus muchos papeles en democracia: el de general de la tropa. Una, desde la perspectiva racionalista -esa que Glucksmann cree que tendremos que reelaborar ante el apogeo del nuevo nihilismo-, no podía sino alertarse por dos síntomas evidentes: lo rejuvenecida que está la carpetovetónica idea del orgullo patrio y lo cercana que está del concepto militarista del poder. Por supuesto que, si encima, el asalto militar se producía en la roca de las cabras, la cosa pasaba a ser de trágica a vodevilesca. Exitazo militar en el patio de la abuela. Ni en el de la abuela, que encima Maria Rosa de Madariaga demostró, en un magnífico artículo, que el Perejil de marras nunca había sido territorio castizo. O sea que Custer, ahogados los devaneos volterianos, finalmente era general, finalmente izaba la bandera en tierra de reconquista, finalmente aplacaba la sed de venganza de todo el coro mesetario que se había partido el cráneo intentando comprender cómo España, la grande, aún no había reconquistado el peñasco de manos infieles. Después de la hazaña velocística del presidente Correcaminos, no había otra hazaña digna de hazañoso nombre.

¿Qué quieren que les diga? Que este verano es de pena. Aún no he hecho maletas, el presi catalán nos riñe, en su mejor momento de maestro de escuela: malos, malos, que no paráis al PP. ¡Qué lindos los ciudadanos convertidos en siervos, cuando los líderes deciden convertirse en dioses! Y encima, en este caso, con cachondeo: ¿por qué no te machacas tú solito, querido Jordi, si tienes ganas de buscar culpas?... ¡Y ahora lo de Perejil! Para colmo, y según encuestas de bolsillo, los ciudadanos están encantados con el golpe de fuerza, algunas televisiones del régimen llegan al orgasmo mediático, y hasta Zapatero se cuadra, a sus órdenes general, ante los intereses de España... ¿Puedo decirlo? Me parece todo todito una auténtica imbecilidad, cuyo ridículo solo llegaría a categoría si un Valle-Inclán lo convirtiera en memorable esperpento. O Sabina hiciera un rap de los suyos. O Gila lo pasara por su telefóno de campaña. Por lo demás, tanto el gesto de ese niño pijo mimado que, entre faustos casatorios y riquezas de vergüenza feudal, desde su reino corrupto, nos envía la tropilla..., como el gesto contrario de nuestro Custer ilustrado, para chulo él y los nuestros, todo resulta una pura y dura vergüenza. O sea que estamos en la cuna de la civilización diplomática, hemos inventado la moneda única, la policía única, el derecho democrático, el tribunal internacional, etcétera, pero somos capaces de matarnos por un trozo de roca. ¡Olé los bemoles militares! Entonces, lo del racionalismo democrático, ¿qué es?, ¿el entreacto?

Claro que, me dice mi amigo Rafa de Cadaqués -¡sí!, el Rafa que tiene ese pecado de restaurante en pleno paseo-, 'y si se tratara de una maniobra militar en el sur con la mirada puesta en el conflicto del norte'. Aviso para navegantes... Alto. La cosa tendría entonces unas cuantas derivadas más. Continuaría siendo la penosa constatación del gusto por lo militar que tiene el poder a la primera que se pone a prueba, especialmente cuando quien lo dirige es tierno en tradición democrática. Pero con un añadido: que la tentación de recordar la vía militar como vía para resolver lo vasco, si lo vasco se pone estupendo, nunca ha sido desdeñada. En este sentido, ese rumor que corrió por los corridos, según el cual Aznar hizo consultas para valorar el impacto en la sociedad de un estado de excepción en Euskadi, tomaría vuelos... De momento lo han probado con las cabras. Y como los vascos, a veces, tiran al monte...

Pero deben ser devaneos estivales que habrá que perdonarnos. Nos ha cogido tanto cachondeo con Perejil que necesitamos encontrar alguna clave de más calado para poder digerir la noticia sin morirnos de risa. Al fin y al cabo, ¿hay nada más cómico que un general Custer conquistando la isla de las cabras?

Rahola@navegalia.com

Pilar Rahola es periodista

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 19 de julio de 2002.

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