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COLUMNA

Ondas

Si se trata de apostar entre la solidez del Himalaya y el vigor de cualquier idiotez emitida por la radio, la televisión o el teléfono móvil, no lo dudes en absoluto: cuando se hayan secado todos los mares y ya no quede aquí ni una sola bacteria capaz de reiniciar la Historia y reine sobre la Tierra un silencio mineral, el frenético guirigay que produce hoy la humanidad a través de las ondas electromagnéticas se estará expandiendo a la velocidad de la luz por todo el universo, de modo que la opinión estúpida evacuada en una tertulia de radio, el programa basura de televisión y el parloteo inútil de los adolescentes por el móvil tendrá más consistencia que todas las cordilleras juntas. Dentro de millones de años este planeta se habrá disuelto en el vacío y esas cotorras seguirán vigentes en algún punto de otra galaxia, donde podrían ser captadas. Las palabras vuelan, los escritos permanecen, decían los clásicos. Sólo erraron a medias. Los pergaminos que soportaron toda la filosofía de los griegos se han podrido; en cambio, si las pláticas que mantenían en corro esos sabios en la letrinas del ágora se hubieran emitido por radio, ahora se hallarían aun en pleno vuelo. Las ondas se llevan al espacio toda la algarabía electromagnética que produce el mundo, pero envueltos en su ruido y en su furia no va el canto de los pájaros, ni el rumor de las fuentes, ni las promesas que los enamorados formulan con voz abrasada al oído de sus amantes. Los pensamientos, los deseos y los sueños que son los más bellos sonidos que engendra la vida, se quedarán muertos en la tierra, de donde parten ahora sucesivos trenes de ondas abarrotados con toda la imbecilidad humana que, sin duda, contaminará las esferas celestiales. Las ondas se expanden esféricamente y cargan con todo, sin distinguir una sinfonía de Mozart del rebuzno de un asno escapado de cualquier telediario. Dentro de millones de años, cuando nuestro planeta sólo exista ya en forma de polvo estelar, sonará en algún punto del espacio el monólogo de Hamlet recitado por Lawrence Olivier junto al pedido que hicimos por el móvil al supermercado y también navegarán en suspensión todas las películas, las imágenes de los Papas vestidos de oro, los bombardeos y crímenes de guerra. La historia de la humanidad no será sino una locura que viaja indefinidamente sin destino. Llegado el momento sólo tendrán sentido las trompetas del Juicio Final anunciando un concierto para todos los muertos que promete ser multitudinario.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de julio de 2002