ANTENA 3 | 'A MEDIAS'Columna
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Ser (malos) padres

Andrés es un dibujante separado que vive con su hija Lola. Ambos comparten piso con Santi, un psicólogo viudo, y con la hija de éste: Álex. Los padres son cuarentones y las hijas tienen 18 y 16 años, respectivamente, o sea: ya llevan preservativos en el bolso. Para completar la fauna de este modelo de neocomedia española, un género propenso a retratar familias no convencionales como las de Javier ya no vive solo o 7 vidas, también aparecen las abuelas, que se pasan la vida entrando y saliendo de un piso que, a diferencia de los de casi todas las series de los últimos tiempos, no tiene alarma en la puerta de entrada.

El primer capítulo de A medias, que anoche estrenó Antena 3 en un periodo que quizás no sea el más idóneo, deja preguntas en el aire. ¿Cuándo trabajan el psicólogo y el dibujante? ¿Por qué hablan todos con retintín vodevilesco? Entre las abuelas del pacomartinezsorianismo y estas bebedoras de pacharán proclives a operarse las tetas, ¿existe término medio?

Nancho Novo interpreta a Andrés, un hombre canalla, libertino y caradura, que recurre a un irresponsable sarcasmo para no tener que asumir el lado oscuro de su papel de padre de Lola, una joven consentida a la que su propia familia llama putón. Iñaki Miramón interpreta a Santi, un tipo gruñón, tenso, desconcertado por la responsabilidad, tradicional y proclive al chantaje emocional, que sufre al ver cómo su niña pasa, como Chabeli, de niña a mujer.

Las abuelas ponen la salsa a un plato que basa su sabor en conflictos generacionales, simetría de caracteres (malos y buenos, pasotas y severos) y la teórica agudeza de unos diálogos que a veces cojean porque, además de pecar de cierta descompensación (Andrés se lleva las mejores frases y a los demás que les den), no siempre cumplen con el requisito más eficaz de la ficción: la verosimilitud. Ejemplo: las abuelas discutiendo y llamándose ñoña e insubstancial daban grima. ¡Con la de insultos que tiene la lengua de Aznar!

Como viene siendo habitual en las series de la última década, el nivel de interpretación es alto (y a veces maquilla la funcionalidad desangelada de algunas situaciones) y la factura correcta. Pero, más allá de esos mínimos, y de que la televisión sea una cantera para curtir nuevos talentos (Marian Álvarez y Bárbara Goenaga) y dignifique el oficio de actor así como las profesiones adosadas a esta industria, queda la duda de si las miserias y grandezas de este grupo humano condenado a discutir y reconciliarse engancharán al telespectador veraniego. Si nos atenemos al primer capítulo, las desavenencias generacionales y sus efluvios sólo saciarán las expectativas a medias.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 10 de julio de 2002.

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