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COLUMNA

Suecos

Una compañía sueca que ha entrado en nuestro mercado se anuncia con un viejo y divertido dicho español. Dicen, y nunca mejor dicho, que 'nos vamos a hacer los suecos'. O sea, que no se van a dar por enterados de cómo utilicemos sus servicios en determinados horarios, lo que supondrá, según ellos, un buen descuento.

Precisamente, la editorial Suma de Letras acaba de reeditar el libro de un celebrado escritor, José María Iribarren (1906-1971), titulado El porqué de los dichos. Autor de numerosos estudios sobre el habla popular, Iribarren ejerció la abogacía y en 1936 fue secretario del general Mola, lo que le permitió dejar escritos de interés sobre la guerra civil.

El porqué de los dichos es un tratado de paremiología, o ciencia de los refranes, que en España tuvo cultivadores como Covarrubias, Juan de Timoneda o Francisco de Quevedo. Iribarren explica de dónde vienen expresiones como 'comer de mogollón', que es 'comer de gorra', o bien la palabra bigotes, que procede de lo impresionados que debieron de quedar nuestros abuelos al oír a los soldados alemanes de Carlos V jurar Bei Gott!! o ¡Vive Dios! mientras se retorcían los mostachos.

Respecto a que los suecos se hagan los suecos, el dicho viene quizá de que los marineros de aquel país hacían como que no entendían al discutir los pagos en los puertos españoles.

Madrid tiene un amplio repertorio de dichos y refranes. A la capital se va 'por atún y a ver al duque'. A los madrileños se les llama gatos porque treparon por la muralla sin escalas. Pero se les llama también de otra manera menos conocida: ballenatos. Y es porque un día se escapó una cuba de vino por el Manzanares y, cuando oyeron '¡Ésa va llena!' creyeron que era un cetáceo y salieron con palos y piedras para matarlo.

La frase 'Adiós, Madrid, que te quedas sin gente', es una expresión de contrariedad por cualquier motivo. Pero, como dicen que de Madrid no quiere marcharse nadie, se asegura que el que se decide a irse es persona poco importante.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de julio de 2002