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Crítica:'FESTA NAPOLETANA'

Una hermosura

El último espectáculo de los Turchini -Festa napoletana- se estrenó hace un par de meses en Nápoles y se ha podido escuchar en Clermont-Ferrand y Londres antes de desembarcar en Salamanca, en la programación especial de ópera barroca con motivo de la capitalidad cultural. Despista un poco el título, pues lo festivo es únicamente una parte. Los cinco cuadros en que está estructurado el espectáculo responden a estampas muy sugerentes de la vida napolitana: Máscaras, Carnaval y la locura de amor; El sueño y la melancolía; Cómicos y cantoras en el teatro de ópera; Rito y devoción y La tarantella.

Escénicamente unos son más afortunados que otros, pero todos ellos contienen una música de enorme hermosura, interpretada además de una manera primorosa. La mayor parte de los materiales, tanto de autor como tradicionales, han sido recuperados del olvido, gracias a un riguroso trabajo de investigación. La musicología desemboca, en los planteamientos de Florio, en el teatro, aunque en el camino flota una minuciosa atención al cuidado del estilo. A todo ello hay que añadir el carácter desenfadado del grupo, su aire de superviviente de la Comedia del Arte, su espontaneidad, su entrega. La sensibilidad se impone. El espectáculo cautiva. Es más: estremece.

Festa napoletana

Autores varios. Cappella della Pietà de Turchini. Director musical: Antonio Florio. Dirección de escena: Giuseppe de Vittorio y Pierre Thirion-Vallet. Con Roberta Invernizzi, Maria Ercolano, Roberta Andaló, Maria Grazia Schiavo, Assia Polito, Giuseppe de Vittorio, Rosario Totaro y Giuseppe Naviglio. Ciclo de ópera barroca. Teatro Liceo, Salamanca, 29 de junio.

Sensación de verdad

Abundan los momentos inolvidables, pero por encima de todos ellos está la tarantella del Gargano, que Giuseppe di Vittorio expone con una maestría, una melancolía y un sentimiento que recuerda a los grandes maestros del cante jondo. Existe, por encima de todo, una sensación de verdad. Y no se queda atrás en la realización el duetto de Montezuma, de Francesco de Majo, con las voces de Invernizzi y Ercolano; o el canto procesional de las tres voces masculinas en un tradicional Stabat Mater que se continúa en un bello dialogo del Ángel y la Magdalena con la voces de Schiavo y Andaló; o la simpática canzone napolitana de Cottrau que entona el tenor Rosario Totaro; o la tarantella colectiva de Caresana con la que se cierra el espectáculo.

Obvio es decir que los instrumentistas de la Capella de Turchini responden con la misma frescura, tanto en la riqueza del color como en los matices expresivos. La aventura a contracorriente de Florio y su grupo es estimulante. Su amor a la libertad, su seriedad científica, su resistencia, su capacidad de comunicación, son conmovedores. Se pone con frecuencia en duda si van a poder aguantar con sus planteamientos, pero ahí siguen inventando belleza. Nápoles debe estar orgullosa de su dedicación. En España renovamos la admiración y el cariño por ellos en cada nueva y sorprendente visita.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 1 de julio de 2002