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Crónica:Mundial 2002 | Grupo D

Viva Corea

Estados Unidos y el anfitrión, que desperdició un penalti, brindan un partido emotivo, divertido y frenético

Si hubiera que fijar un encuentro del Mundial a estas alturas del curso, seguro que el choque entre Corea del Sur y Estados Unidos competiría en lo más alto. Por pureza, frescura, alegría y emoción. Por detalles magníficos, y a puñados. Y todo, con un envoltorio extraordinario, en otro de esos estadios soberbios que han edificado los surcoreanos y con una atmósfera sensacional, un clima que debiera ser fotocopiado de inmediato en todo el planeta, exportable a bajo precio o impuesto por la FIFA mediante un decretazo. Si encima hay fútbol, y del bueno -esto no se importa-, pues... a chuparse los dedos y tirar cohetes. Y en Daegu hubo mucho.

Guus Hiddink tiene mucha culpa de ello. Con su proselitismo holandés ha hecho un excelente trabajo al frente de un ilusionado grupo de futbolistas a los que ha impuesto un sistema desenfadado. Un conjunto con un dibujo brillante y atrevido, con el sello del Ajax: sólo tres defensas, cuatro en el medio campo y tres en el ataque, con dos extremos de los de antes. Estados Unidos también aportó lo suyo. Es un equipo más sólido que en torneos anteriores, áspero en la defensa e ingenioso en el ataque. Tiene además algunos jugadores muy interesantes, caso del liviano Reyna, el cherokee Mathis y el veloz Beasley.

Con la pelota cosida al pie y todas las zonas del campo bien pobladas, los surcoreanos comenzaron en avalancha. A un ritmo extraordinario. La pelota iba a toda pastilla. Al cuarto de hora, Estados Unidos resistía con la lengua fuera. Corea ya había fallado un par de ocasiones clarísimas. Por cada paso de los norteamericanos, los maratonianos asiáticos daban tres. Siempre por delante en todo, hasta que Hwang, su delantero centro, se abrió una ceja.

El juego se detuvo. Los chicos se refrescaron para combatir la enorme humedad y el masajista local demostró que es el único torpe del grupo. Tardó horas en llegar tras la portería de Friedel para coser la herida de Hwang. Dada su pachorra, el juego se reanudó con los surcoreanos congelados y con diez. O'Brian descubrió entonces por una rendija el desmarque de Mathis, que se la escondió al portero local. Mathis es la gran promesa de Estados Unidos, un joven algo díscolo, con todo el coco rasurado salvo la cresta. Con el pase de tacón y de espaldas que dio algunos minutos después, no le harían falta más señas promocionales.

Con el traspié nada cambió. Corea siguió con la vista al frente. Su capitán, el libre, Hong Myung Bo, un futbolista estupendo, tirando de compás. Los extremos ensanchando el campo. Los dos timoneles del centro, siempre atentos a los impulsos ofensivos de Bo, experimentando a un lado y otro, en una y otra vía. Sin una pausa, con el meta norteamericano, Friedel, ex jugador del Liverpool, en alza, fustigado por todos los lados. El gol se adivinaba. Podía llegar por sí solo, pero apareció un pelele de negro que, sin necesidad alguna, hizo la rosca a los de casa. Se empeñó en pitar un penalti de pelotilla y Lee Chun Soo, que llevaba dos minutos en el campo, quiso ser el verdugo. Hiddink le vio frío, le desautorizó y pasó el compromiso a Lee Eul Yong. Friedel, sensacional, pasó de víctima a verdugo.

Pese a los lamentos locales, la segunda parte aún fue mejor. Estados Unidos, que no consiente bromas en la defensa, sobre todo Sanneh, el lateral derecho, un futbolista con pinta de velocista de Santa Mónica, se tiró al monte. Apareció Reyna, un ilustre con gran destreza, un visionario con un destacado sentido táctico. La pugna se convirtió en un intercambio de golpes sin que nadie se arrugara. Los dos equipos, al frente, sin pelotazos desagradables y pocas interrupciones. McBride tuvo la puntilla, pero lo evitó Lee Woon, el meta surcoreano. Los compañeros de éste tuvieron el doble de oportunidades, pero estaba Friedel. Hasta que Ahn acertó a meter el flequillo.

Quedaban apenas diez minutos y nadie puso el candado. El partido se esfumaba, para desgracia de los espectadores, surcoreanos o de Pernambuco, porque todos querían más. Y la cita se cerró a lo grande. Con una jugada fantástica de Lee, el zurdo que había fallado el penalti. En eslalon, con una pared por el medio, burló a cuanto norteamericano se puso de por medio. Se plantó en la cara de Friedel, le amagó y le dejó quebrado; como estaba escorado hacia la línea de puerta, le sirvió el gol a Choi Yong Soo, que la mandó a Corea del Norte. Un fallo perdonable por todo el deleite anterior. Que siga la fiesta. Viva Corea y su fútbol.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de junio de 2002