Columna
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Ostentación

Nunca hubo tantos ricos como ahora, lo que no quiere decir disminución de pobres. Hay más de todo, porque somos muchos. Malparados los otros, cabalga tan campante el único ominoso jinete que ha de llevarnos en la grupa, sin distinción alguna. Los otros tres aparecen donde pueden y se les va ganando por la mano. Jamás la prosperidad y los dineros corrieron con tamaña fluidez y cantidad como en estos tiempos. El concepto de la opulencia sigue siendo tan comparativo como indefinible. El arco se abre desde Bill Gates hasta cualquier ganador de la Operación Triunfo, y los vemos pasar en sus automóviles. Los ricos sólo van a pie -y no siempre- en los campos de golf o cuando son conducidos ante los tribunales. España cuenta con más de 20 millones de vehículos particulares, utilitario arriba o abajo, y figura en la vanguardia de los propietarios de su vivienda. Somos tan pocos los que no la tenemos que podríamos tutearnos.

Como ejercicio de memoria histórica no estaría de más que supiéramos algo de cómo eran los poderosos, asunto poco conocido. Toda la literatura del XIX y parte del XX se ha dedicado a husmear entre los miserables, los cesantes, los perdedores, rara y apresuradamente de las clases privilegiadas. Sabemos que sólo tienen un estómago, duermen aproximadamente como la gente normal -quizás menos- y las posibilidades de que les roben la paga del mes en el metro son remotísimas. Los grandes empresarios no cobran por nómina y nunca utilizan los transportes públicos, salvo en Nueva York, París y Londres, porque farda mucho y cuando se pone a llover nadie encuentra un taxi, como aquí.

En la antigüedad la fortuna aparecía tan rara que los agraciados recataban apenas su condición. Los reyes eran muy ricos, aunque despilfarraban la hacienda propia y la de los súbditos metiéndose en continuas guerras que les arruinaban y les justificaban. Es axiomático que ahí reside el origen de muchas fortunas que, al estar disociadas abiertamente del poder político, se conservan y protegen tras la ocultación, para escapar de la codicia de los príncipes, primero, y de la insaciable voracidad de la Hacienda pública en nuestros días. Las fanfarronadas del duque de Osuna y las aventuras financieras del marqués de Salamanca diezmaron sus riquezas para las siguientes generaciones. En las presentes calendas la pasta se obtiene en el negocio inmobiliario y de la construcción, desbancado el comercio individual, sustituidos los prestamistas por las anónimas entidades bancarias. Como si fuera una condición insoslayable, la mayoría de los triunfadores en ese sector acaban en la presidencia de los grandes -y medianos- clubes de fútbol. Lo menciono como mera coincidencia. Tienen bajo su tutela, en calidad de socios o seguidores, más gente que los condes y con mayor entusiasmo.

Hace mucho tiempo que entre tan poderoso clan se ha instalado la modestia y proscrito la ostentación. Durante largos periodos los europeos más ricos vivían en Suiza -pequeño y encantador país que procura pasar desapercibido-, pero ni en las épocas de mayor prosperidad se percibían los signos externos. El dueño de un Rolls-Royce lo guardaba en pequeños garajes franceses, italianos o austriacos, se desplazaba en autobús o en tranvía -medio de transporte que aún circula por varias de sus ciudades- y adquiría la ropa en tiendas de confección. Sospecho que los chóferes particulares eran contratados por horas y en contadas ocasiones, modesta actitud para distraer el ojo avizor y ansioso del fisco. De un tiempo a esta parte las organizaciones terroristas van más allá que los inspectores de Hacienda y conocen los balances capitalistas con escaso margen de error, otro motivo para el recato en la simbología social. Los automóviles de gran cilindrada apenas se venden entre los futbolistas de postín y la restricción alcanza incluso a los antaño intocables vehículos diplomáticos, cuya matrícula distintiva era respetada y hoy puede servir de orientación para objetivos letales.

Nuestra escuela de costumbres es el cine americano, y tras el rodaje de Lo que el viento se llevó es sumamente extraño que aparezcan en la pantalla empleados del servicio doméstico. Los multimillonarios viven en suntuosas mansiones, pero abren ellos mismos la puerta cuando suena el timbre y observarán que casi nunca hay visillos en las ventanas, todo el mundo come en la cocina y los tazones del café tienen el asa al revés. Hemos arrumbado el despilfarro y me pregunto si merece la pena soñar con el gordo de la Primitiva.

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