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Gran Premio de Mónaco | AUTOMOVILISMO

Reivindicarse en el Principado

Mónaco siempre será diferente. Quienes descalifican este circuito urbano -clásico entre los clásicos- alegando que no se puede adelantar, olvidan que en Montmeló tampoco se producen adelantamientos, por más que sea casi tres veces más ancho, y tampoco se dan carreras tan igualadas como la de ayer. Durante medio gran premio los cuatro primeros rodaron separados por escasos metros. En cada vuelta podía suceder cualquier cosa, y de hecho así fue. Una carrera por eliminación en la que se comprobó la máxima que establece aquello de que resistir es vencer, aunque mantener la sangre fría por entre las estrechas calles del Principado, cuando por el retrovisor asoman tres grandes escualos, está sólo al alcance de unos pocos.

Los más rápidos, ayer, eran los Williams y los más compensados, los Ferrari. Pero ganó Coulthard con el McLaren. Consiguió colocarse por delante en la salida y robarle la cartera a Montoya, supo aguantar la presión de los de detrás y no cometió ni un fallo. La carrera de ayer reivindica al británico, que pasaba por un mal momento.

Cuando hace dos años salió ileso de un accidente de avión en el que murieron los dos pilotos, y consiguió sacar de las llamas a su novia y a su agente, se dijo que una experiencia como aquélla era todo lo que le faltaba para quitarse de encima la larga sombra de su compañero de equipo, Hakkinen. No fue así. Al final de temporada se consumó el primer triunfo de Micahel Schumacher con Ferrari y la racha que podía haber sido suya se tiñó de rojo. Aquel año, Coulthard ganó en Mónaco por primera vez. Son pocos los pilotos que dominan este circuito. Ayrton Senna ganó seis veces y Schumacher, cinco.

Lástima que éstas sean las únicas disquisiciones que se puedan hacer a estas alturas del campeonato, cuando llevamos sólo siete grandes premios y parece ya todo decidido. Por detrás de los tres grandes sólo apuntan Renault, tímidamente, eso sí, y Toyota, que con una gran paciencia y dedicación se deja ver cada vez más. Corren malos tiempos para todos los demás. El negocio no da de sí. Bernie Ecclestone ha querido muñir la vaca hasta dejarla anémica. Si no se retransimiten las carreras en abierto, los patrocinadores se van, e incluso los fabricantes de coches. Es el pez que se muerde la cola. La avaricia que rompe el saco.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 27 de mayo de 2002