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Reportaje:47º FESTIVAL DE EUROVISIÓN

La 'operación Eurovisión' de Rosa no triunfa

El séptimo puesto de la representante española apaga el sueño de millones de espectadores

Las previsiones no se cumplieron. Ni Malta ni Letonia habían aparecido en las quinielas ganadoras de la 47ª edición del Festival de Eurovisión, que ayer se celebró en Tallin, capital de Estonia. Y sin embargo, ambas ocuparon muy pronto la cabeza de las votaciones. Al final fue Letonia, con la canción I wanna, interpretada por Marie N, la que se llevó la máxima recompensa (176 puntos). La canción española, Europe's living a celebration, interpretada por Rosa López y que partía como una de las melodías favoritas, sólo alcanzó una modesta séptima plaza, con 81 puntos. Por la parte baja de la tabla, la sorpresa se la llevó Alemania, que quedó en uno de los últimos puestos.

Letonia, en dura competencia con Malta, logra el primer premio por sorpresa

Rosa apareció en escena a las 22.21 hora local (una hora menos en España). Allí la esperaban Geno, Gisela, Chenoa, Bisbal y Bustamante, que ya habían dado los primeros celebration de la entrada. La cantante granadina cantó nerviosa, pero la canción no se le escapó. Iba vestida con un vaporoso traje negro, de mangas holgadas. Dos rosas, en el cuello y en la cintura, remataban la sobria indumentaria, no muy diferente a la que ha llevado durante los ensayos. Su interpretación fue casi llevada en volandas por los seguidores españoles, muy numerosos, que no dejaron en ningún momento de palmear y darle ánimos.

Desde las lejanas victorias de Massiel y Salomé, allá por los años 1968 y 1969, nunca este concurso había vuelto a levantar tanta expectación en España. Hasta 145 periodistas se han acreditado en esta ocasión en Tallin, sólo por detrás de Alemania, que cuenta con 151. Por la calles de la capital estonia circulaban en los días pasados grupos de eurofans luciendo banderas españolas. Todo ello obedece sin duda al éxito de Operación Triunfo, un éxito que ayer tuvo su contrapunto amargo para la representación española.

España prácticamente se había olvidado en los últimos años de la existencia de Eurovisión, un tipo de competición que encajaba mejor en los tiempos de los canales públicos únicos más que en la era de la plataformas digitales, no así había ocurrido en algunos países nórdicos como Alemania, Suecia o Dinamarca, donde durante todo este tiempo ha seguido levantando pasiones de temporada. Ahora bien, el nuevo mapa europeo que se perfiló a principios de los noventa ha dado un nuevo vuelo al certamen.

La presencia en Tallin de países como Croacia, Eslovenia y Bosnia-Herzegovina, amén de las tres repúblicas bálticas, da cuenta de un irrefrenable deseo de homologación de estas tierras con lo que identifican como las prácticas occidentales más corrientes. Es importante mostrarse, estar ahí para no perder el tren de la supuesta modernidad.

Estribillos en inglés

No importa si para conseguir este objetivo hay que renunciar a los modos propios de producción musical, incluso a la propia lengua. El académico Gregorio Salvador ha hecho santamente en no viajar a Tallin, pues lo que habría encontrado no hubiera sido ciertamente de su agradado.

Ayer se escucharon aquí no ya canciones en lengua propia que utilizan el inglés en el estribillo, como es el caso de España, sino su sorprendente contrario: el inglés para el grueso de las estrofas y apenas un retazo del ritornello consagrado en plan folclórico al acerbo nacional: tal es el caso de Grecia, que ha llevado a Tallin a unos extraños robocops capitaneados por Michalis Rakintzis. Y eso cuando aún existe memoria del país de procedencia, porque lo más normal es recurrir a la lengua franca internacional y dejarse de zarandajas. Austria, Suecia, Finlandia, Dinamarca, Bélgica, Alemania, Malta o la ganadora Letonia han optado por esta expeditiva solución.

El francés, el pobre, ya es sólo cosa de la canción que representa a Francia y curiosamente, cabe suponer que por escrupuloso turno de oficialidad, también de la representante suiza. Estonia, el país anfitrión, que quedó en un digno tercer puesto, constituye sin duda el paradigma de esta tendencia uniformizadora sacrificada ante el altar de las 625 líneas. Pese a la gran tradición canora de este país, orgulloso de su lengua y de su reciente independencia, la canción Runaway la interpretó, en inglés, Sahlene, una artista sueca que ha desarrollado la mayor parte de su carrera en su país natal.

Ocurre que Eurovisión tiene un estilo propio que ya no se encuentra en ningún otro lugar. El modelo más repetido es el del solista masculino o femenino, acompañado por coro, normalmente de cuatro o cinco miembros mixtos. Hay excepciones ciertamente. La más clamorosa sin duda fue la canción que representaba a Suecia (que acabó por detrás de España, pese a que también partía muy bien colocada), interpretada por Afro-Dite, un trío de estupendas señoritas... mulatas; la verdad, no es lo que uno se espera a bote pronto de una delegación sueca.

También constituyó una vistosa originalidad el grupo esloveno Sestre, integrado por tres travestidos vestidos de azafata que hicieron las delicias del público presente en el plató del Saku Suurhall, muy versado a la estética europetarda: eso sí, los Sestre cantaron su tema, Samo ljubezen, en impecable lengua propia, sin duda para tranquilizar a su academia. A la modalidad de dúo sólo recurrió una delegación, la rumana, la cual, por lo escuchado, aún confía en que la década de los noventa no haya concluido (acabó sin embargo en la parte media de la tabla).

Y vaya si ha concluido. No hacía falta más que echar un vistazo a los dos presentadores, el actor Masrko Matvere -el cual dicen que se enteró del alto honor que le había tocado en suerte mientras incorporaba a Hamlet- y la mezzosoprano Annely Peebo -no consta qué hacía cuando le comunicaron que había sido seleccionada- para descartar la década del presidente Kennedy y optar con muchas más probabilidades de acierto por la década siguiente, la de los setenta.

Definitivo: en este festival no se muestran las canciones, ni las culturas de los países que participan en él. Se muestra la televisión, en uno de los ejercicios autorreferenciales más fabulosos de los últimos 40 años. El prodigio es que siga moviendo a millones de aficionados de todo el mundo. No es la academia de don Gregorio Salvador la que entiende de este fenómeno, sino la de Nina.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 26 de mayo de 2002