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DON DE GENTES

El planeta de los simios

ESTE ARTÍCULO, AVISO, va a herir un poco la sensibilidad del espectador, pero, vamos, aquí no queremos espectadores finos; que se vayan los finos con columnistas que se la cogen con papel de fumar (estoy pensando en la cantidad de papel que necesitaría Nacho para cogérsela con papel de fumar). Como saben, desde hace un tiempo estoy buscando un régimen que vaya con mi personalidad, un régimen que adelgace, pero con el que yo no pase necesidad. Y lo he encontrado: es el régimen de la sopa-pedo. Consiste en que te haces una sopa con cebollas y repollo, que dan a tu hogar un olor repugnante, y te lo comes y se te pone la barriga como al lobo cuando se comió a los cabritillos. Luego dejas que pasen las horas y entonces comienzan los efectos secundarios, que ustedes (poco sensibles, pero inteligentes) ya habrán adivinado, dado que la sopa se llama sopa-pedo. Para seguir este régimen es necesario que el piso sea exterior, con balcones a la calle, o con un largo pasillo (hay que tener consideración si uno duerme acompañado), o bien trabajas en espacios abiertos: este régimen es ideal para basureros, carteros o si te encargas de la Huerta de San Vicente, en Granada; lo digo porque viajé a Granada y estuve departiendo largo y tendido con Laura García Lorca sobre la sopa-pedo (ella también está al tanto), y, claro, le dije: es que con este pedazo de jardín que tienes aquí, ya podrás. También hablamos del futuro de la Fundación García Lorca y tal, pero, en fin, no tengo espacio para entrar en detalles culturales. Laura y yo nos explayamos con el tema porque somos amantes no sólo de los regímenes, sino de las guarrerías, de lo que Bicoca llama con ese eufemismo tan propio de su clase: chistes marrones (Bicoca también dice tirarse un pum, hacer pom; en fin, lo peor). Yo me temo que es tal el éxito de la sopa-pedo que si se eleva a un número demasiado elevado la cantidad de mujeres occidentales que nos ponemos a seguir dicho régimen podemos acabar, por la emanación excesiva de gases, con la maltrecha capa de ozono. Así que tal vez haya que turnarse, o bien que empiecen a cultivar, como en EE UU, judías y repollos que no producen flatulencias.

Una vez vinieron unas tiparracas de las universidades americanas especialistas en literatura infantil a decirme que yo era escatológica. Pues claro. Los especialistas en literatura para niños querrán que los libros estén diseñados, como las judías, para que no produzcan gases. De otra manera más fina lo ha dicho Harold Bloom esta semana. Lo único que no me gusta de Bloom es que hable de sí mismo en tercera persona. Eso está bien para que lo haga Jordi Mollà, que habla como si estuviera enamorado de su nombre, pero a Bloom se le supone más perspicacia a la hora de ocultar su vanidad, aunque si el objetivo es arremeter contra la corrección política, desde aquí se lo digo, señor Bloom: soy partidaria.

En Granada vi a mi amigo Juan Vida, que siempre me brinda una anécdota guarra como quien regala una rosa. Me contó mi Juanito que tiene un amigo homosexual que el año pasado fue a una playa nudista. Su amigo entró a los servicios a desnudarse y cuando salió notó que todo el mundo le miraba, así que se sintió como debe sentirse Nacho las veinticuatro horas del día. La cosa es que cuando llegó a la playa, su acompañante le dijo el motivo de tanta mirada: se había dejado el papel higiénico colgando del culete. Sólo por esta historia merece la pena ir a Granada y también por cenar en la Piccola Italia, donde se come la mejor pasta de España. Esa noche me abstuve de sopa-pedo. Tampoco pude tomarla la otra tarde porque fui a la fiesta que daba en su tienda Elena Benarroch (¿qué sopa habrá tomado para quedarse tan flaca?) y no era plan. Allí entre el montón de famosos saludé a Martirio, a la que estuve a punto de cantarle las sevillanas que ella misma escribió en homenaje a los adelgazamientos: 'Me dicen la gordi, y a mí que no me digan! Total, yo por arriba, no, yo por arriba, no, yo lo que tengo es barriga / Y eso se pierde en un rato, que yo no estoy como otras, don Manuel, que se les caen las carnes por los zapatos'; pero me contuve. Martirio me contó que está de gira por Latinoamérica, 'porque aquí ya ves lo que hay, a ver si se acaban de una vez las operaciones Triunfo porque ahora mismo sólo podemos actuar en lo de de José Luis Moreno'. Y da gracias, le dije, a que no tenéis que salir de muñecos del mítico ventrilocuo. También vi a Loles León, que me dijo: 'Tú de siempre lo mejor que has tenido han sido los zapatos'. Gracias, Loles. Y a Mariola Fuentes, que está en casa, no sé si tomando sopa-pedo, pero sí esperando, como todo el mundo, a que esto del cine se anime un poco.

Y al fondo, envuelta en una estola, estaba Lina Morgan, escoltada por Pepón Nieto, que llevaba una camiseta de El planeta de los simios, con la mona científica y Charlton Heston besándose. Me dijo Pepón: '¿A que la chica le da un aire a la Botella?', y el chico, a Josep Piqué, apostillé. Cuando volví a casa después de no haber probado ni un mal jamón y me enfrenté a la sopa se me ocurrió decirle a mi suegro: 'He visto a Lina'. Para qué más. Mi suegro no me perdona que no le llevara. Porque él es muy de Lina de siempre; vamos, mucho más que su hijo (mi santo).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 26 de mayo de 2002

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