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Entrevista:Rafael Sánchez Ferlosio | PENSAR ESCRIBIENDO

'El pueblo americano pedía venganza y la ha tenido'

El escritor, que publica la semana que viene La hija de la guerra y la madre de la patria, analiza los bombardeos en Afganistán y reflexiona sobre la diferencia entre guerra y terrorismo. Igualmente, repasa su relación con la escritura y se muestra crítico con el exceso de ficción que nos rodea y con El Jarama, su propia novela, que afirma aborrecer.

Rafael Sánchez Ferlosio publica un nuevo libro. Se titula La hija de la guerra y la madre de la patria, que es también el título del último ensayo del volumen. El libro incluye otro texto, Borriquitos con chándal, dedicado a la educación, y en medio de los dos el autor rescata una buena colección de pecios que completan su tenso carácter.

Ferlosio, uno de los grandes de la literatura universal, cuya estatura pone bajo sospecha los premios y honores que no ha recibido -y que, para tranquilidad de su andar modesto y libre, son prácticamente todos-, transige difícilmente con la retórica de las entrevistas. Primero, por cuestiones de estilo: es un hipotáctico -es decir, un investigador muy minucioso de las relaciones de dependencia entre las palabras- y las entrevistas cortan por lo sano. Y en segundo lugar es un hombre que abomina del yoyeo. Cuando se negoció ésta, anunció que estaba 'muy monográfico'. Era su manera cordial, pero firme, de decir que sólo hablaría del Bombardeo. Y así fue, con excepciones breves, pero intensas, resultado del forcejeo entre su buena voluntad y su pudor. Ese pudor con que rebaja el veneno que todo hombre cargado de razón expande.

'Suprimir la cara de una persona, eso es ya suprimir la persona. No existe. Eso es lo tremendo de la burka'

'Siempre se escribe para los demás. Pero yo no escribo con la necesidad inmediata de publicar. Siempre digo que yo sé hacer punto, pero no sé hacer un jersey'

'La guerra siempre tiene algo de lúdico. Y la satisfacción, cuando hay grupos, puede ser explosiva'

'No sé si El Jarama lo escribí con tanta espontaneidad como las otras dos novelas'

'Los diarios son realmente estimulantes. No conozco nada mejor para cabrearse'

PREGUNTA. En Notas sobre el terrorismo, un ensayo de hace más de veinte años, usted distinguía entre el soldado y el terrorista. Decía que, en el trance de matar, al soldado no le importaba que un rayo partiese en dos a su enemigo. Pero que eso mismo, para el terrorista, sería una frustración; que el terrorista necesitaba apuntar a la víctima en su haber.

RESPUESTA. En el haber propagandístico, claro. El terrorista necesita apuntarse la víctima para salir en los periódicos.

P. ¿La acción norteamericana sobre Afganistán le parece la de un soldado o la de un terrorista?

R. Bueno..., no ha habido guerra de Afganistán. Ha habido bombardeo. Ésa es la verdad. A partir de un cierto momento, bastante pronto, los libertadores de su patria, es decir, la Alianza del Norte, eran sólo mercenarios al servicio de Estados Unidos. Con los que, además, había que regatear a fondo, ¿eh? Al principio sólo eran soldados armados y subvencionados por Rusia y Estados Unidos. Pero después ya sólo eran mercenarios.

P. ¿Guerra o terrorismo?

R. Bombardeo. A veces el bombardeo se producía por razones meramente espectaculares. Con frecuencia se veía por televisión una serie de explosiones en línea recta, de unos cuantos kilómetros, que se producían a intervalos regulares y que provocaban inmensas llamaradas. Forzosamente muchas de esas bombas caían en el vacío y sólo se justificaban por el puro espectáculo, por la lujuria del bombardeo, como escribía Susan Sontag. Como también fue puro espectáculo lo de Guantánamo.

P. ¿La exhibición de los presos?

R. Sí, a eso me refiero. Es muy probable que a los prisioneros de Guantánamo los hubiesen tratado mejor de lo que en realidad dieron a entender. Pero, claro, esos presos humillados eran el sustituto de la captura del jefe, o del presunto jefe.

P. Tal vez fueran fotografías robadas, difundidas contra la voluntad de los militares.

R. No lo creo. En Guantánamo había muchas restricciones. Las fotos de aquellos hombres arrodillados muestran un ensañamiento muy espectacular, innecesario. Frente a Europa habrían quedado mejor si no hubiesen mostrado así a los prisioneros. Pero a ellos Europa no les importaba. Les importaba la opinión norteamericana. El propio Rumsfeld se justificaba: 'Es que son muy malos. ¡Encima, no los vamos a tratar bien!'. En fin... infelices seminaristas islámicos llevados por su entusiasmo, o llevados de las orejas por los talibanes, chicos de veinte años cuya humillación sirvió para contrarrestar el fracaso de no haber podido dar con el jefe y aplacar la sed de venganza del pueblo.

P. La casi absoluta desaparición de Bin Laden del imaginario mediático encaja en todo eso. De hecho es como si hubiera muerto.

R. Paul Wolfovitz dijo en un determinado momento que Bin Laden era, en realidad, 'un objetivo simbólico'. Lo rebajó, el objetivo, cuando capturar a Bin Laden había sido el objetivo principal. Al principio era necesario apuntar sobre el individuo, para que la opinión pública se fijase en él. Pero los militares debían de conocer la dificultad que suponía capturarlo, que no era pequeña. Afganistán es un país más grande que España, ¿no?, y con unas sierras increíbles. En la deformación de las intenciones norteamericanas se han producido hechos asombrosos. La señora Karen Hughes, una asesora del presidente Bush, presentó el bombardeo de Afganistán, no sólo como una guerra contra el terrorismo, sino también como una guerra para la liberación de las mujeres afganas. Esto es una canallada, simplemente. Ponerlas como un objetivo... Ni les importaron antes, las mujeres, ni les importan ahora. La liberación de las mujeres fue una consecuencia lateral, y sólo mientras duró el bombardeo.

P. ¿No le parecía, el régimen de la burka, de los más despreciables de la tierra?

R. Sí, quitar la cara... Porque tapar el cuerpo más o menos... Pero suprimir la cara de una persona eso es ya suprimir la persona. Es la anulación. Eso es lo tremendo de la burka. Antes del bombardeo, la burka ya me producía verdadera angustia. Me decía, pero cuándo acabará esto, por Dios. ¡Miles y miles de mujeres así! Al final la burka ha sido fatídica para los talibanes, porque es muy popular combatir contra algo así. La explotación de la burka ha servido muy bien a los intereses norteamericanos. Y el hambre, claro. ¿Se acuerda usted de los paquetitos amarillos?

P. ¿Los alimentos que tenían el mismo color que las minas?

R. Ésos. Yo pensaba ante ese espectáculo que convendría volver del revés la famosa frase de José María Valverde. Él decía 'nulla aesthetica sine ethica'. Y habría que decir 'nulla ethica sine aesthetica'. ¡Paquetitos amarillos! Un millón de meriendas. ¡Y más días que longanizas!

P. Bien: ¿guerra o terrorismo?

R. Guerra no. Bombardeo.

P. ¿Venganza?

R. Venganza, principalmente. Terrorismo... Terrorismo sería una categoría muy específica. Tiene que haber una percepción de los muertos para que haya terrorismo. Aquí ha habido demasiada ocultación para que tenga el carácter publicitario del terrorismo.

P. Pero siguiendo su antiguo razonamiento, ¿acaso no era necesario que Bush se apuntara en su haber la destrucción de los talibanes?

R. Con relación a eso, André Fontaine, el ex director de Le Monde, contaba que la CIA había tenido muchas reuniones con dirigentes talibanes para que les entregasen a Bin Laden. Y decía que las condiciones de la CIA eran demasiado humillantes. La CIA no contaba con la soberbia del débil. Fontaine dice que la CIA no valoró, en sus conversaciones con los talibanes, lo que significa en Oriente salvar la cara. En Oriente y en Occidente también, claro.

P. Sin embargo, el discurso norteamericano de réplica a todo esto es muy nítido: Estados Unidos asegura que ha destruido un foco muy peligroso del terrorismo internacional.

R. Sí, dice eso y al mismo tiempo dice que el terrorismo está diseminado por el mundo. Habla de que ha destruido bases. ¿Qué son bases? ¿Cuatro pasarelas? ¿Qué bases que no puedan reconstruirse en cualquier otro lugar? En fin... Bueno, aparte de esto: otra cosa que ha sido terrible es que no ha habido ninguna información de muertos, ni de muertos talibanes ni de muertos de las tropas.

P. Es impresionante, desde luego.

R. Es terrible, es una cosa inaudita. No digo que debiera ser como antaño; se han capturado tantas banderas, tantos cañones, tantas... Pero por lo menos, los muertos.

P. Tampoco se conoce el número de muertos de la guerra del Golfo, ni el de los Balcanes.

R. No hay muertos. Y ya no hablemos de los muertos de hambre. Chomsky calculó una cifra terrible. Hablaba de tres millones de muertos. Chomsky es muy parcial, muy antiamericano, pero puede que tenga razón.

P. Un acto de venganza tiene que...

R. Venganza. El motivo de la agresión fue la venganza. Venganza pedida por el pueblo americano. Sólo hay que ver la euforia con que se aplaudió la concesión de los poderes de guerra. Después, el discurso del Estado de la Unión, que K. S. Karol calificó como un espectáculo aterrador de histeria colectiva. El pueblo americano pedía venganza y la ha tenido.

P. Pocos días después de los atentados, el escritor Saul Bellow comentaba que mucha gente telefoneaba a las televisiones, fastidiada de que se hubiera interrumpido la programación habitual, las finales de béisbol y todo esto. O sea, ¿cree usted que el enardecimiento fue un efecto general o más bien un llamamiento de las élites?

R. Pues yo no sabría decirle. Pero los datos de popularidad de Bush llegaron a ser muy altos. Luego bajaron un poco, pero vaya... Ahora: es verdad que se ha hinchado el perro en muchas cosas. Sólo hay que ver lo que llegó a escribirse sobre los palacios excavados en las Montañas Blancas, donde presuntamente Bin Laden tenía su guarida. Al final lo único que encontraron fueron covachas, pequeños depósitos de municiones. Nada.

P. La fábula era coherente con el depósito de orientalismo mágico acumulado por todos los niños de Occidente.

R. Sí, yo le llamo en el libro los tesoros del capitán Nemo. Un capitán Nemo, pero de roca. Otra invención ha sido la de la inmensa red terrorista, que unas veces decían que se extendía a sesenta países, otras a cincuenta y otras a veinticinco. Y que contrasta con lo que dijo Arthur Schlessinger los primeros días: 'Los terroristas han disparado su cartucho y es improbable que disparen otros'. Multiplicaron por mil el poder de esa red. El motivo de hacerlo era sostener el deseo de venganza. El sentimiento de peligro no creo que haya sido muy grande en Estados Unidos. Ahora, el de venganza... Mire, yo tengo un amigo en San Diego que me contaba que un discurso que dio Chomsky en una universidad americana, y que habían grabado, tenían que escucharlo con grandes precauciones, cerrando puertas y ventanas. Naturalmente no temían la censura del Estado, sino el reproche de los vecinos. ¡Y las quinientas y pico de cartas que recibió un periódico por publicar la foto de un niño afgano muerto, quinientas cartas, llamándoles antipatrióticos!

P. En su ensayo sobre el bombardeo se ocupa usted de las reacciones de repugnancia que provocó el vídeo donde Bin Laden celebraba entre risas la muerte de miles de personas.

R. Sí, sí. No entiendo esas reacciones. Cualquiera que se traza un objetivo, por perverso que sea, lo celebra si consigue el éxito.

P. Y añade que también en el Pentágono celebrarían el éxito de la bomba atómica sobre Hiroshima. ¿De veras imagina usted las risas de Truman aquel día?

R. Truman dijo que no dudó ni un momento...

P. Una cosa es la firmeza y el orgullo, y otra la risa.

R. Yo no creo que se pusieran a rezar por el alma de los japoneses, la verdad.

P. Yo no creo que se pusieran a reír.

R. No puede ser que no sintieran satisfacción por el éxito, de alguna forma. La guerra siempre tiene algo de lúdico. Y la satisfacción, cuando hay grupos, puede ser explosiva. Y no sé si había tal respeto como para abstenerse, por ejemplo, de descorchar una botella de champán.

P. Hiroshima con champán supera todo lo imaginable.

R. La capacidad de piedad de los americanos es muy grande. Es un pueblo muy religioso. Pero cuando declaran que alguien es su enemigo... la piedad disminuye mucho.

P. ¿Ha pensado sobre el terrorista suicida?

R. Es muy difícil razonar sobre ese asunto. Me acuerdo cuando estaban en Grozni todos aquellos chicos chechenos que luchaban temerariamente contra los rusos y prácticamente se dejaban matar. Y aquellos viejos canallas que se ponían a bailar en corro cantando, celebrándolo. Y este viejo de barbas, ciego y paralítico, Yacine, que incita a los muchachos de Hamás. Ésa debe de ser la clave. En el islam la autoridad paterna es muy fuerte y lo que dicen los mayores... Yo he citado esa frase de Miguel de Unamuno que le sacaba de quicio completamente: 'Contra un padre no hay razón'. Y lo decía expresamente a propósito de patriotismo. Se indignaba. En cuanto a los suicidas, todavía extraña más el caso de Mohamed Atta. Un hombre de casi cuarenta años, que además había vivido en Occidente.

P. 'Nada más peligroso que el cargado de razón', como usted escribe, aunque a propósito de los americanos.

R. El estar cargado de razón es una expresión castellana que no existe en otra lengua. Cargarse de razón es lo que hacía Oliver Hardy cuando Stan Laurel le pasaba la brocha: '¡Quiero ver hasta qué extremos llega tu estupidez...!'. Pacientísimo, Oliver, dejándose embadurnar por su compañero, ¡cargándose de razón!

P. Una de las tres partes de su libro son pecios, el nombre que usted ha dado a la parte menos sistemática de su escritura. ¿Los pecios son siempre náufragos, lo que queda de proyectos irresueltos, pasados?

R. Algunos de ellos son como restos de cosas. Cosas que hubiera querido escribir y no he escrito. Pero los hay de todas clases. La mayoría han sido hechos de manera expresa. Yo empecé llamándolos Dichos y paisajes. La palabra pecios tiene un inconveniente, y es que en castellano medieval era un genérico, el pezío. Me lo hizo notar Agustín García Calvo: 'Esto tuyo de pecios...'. Pero, en fin, pecios se ha quedado.

P. Los naufragios caben vincularlos a ese mito, o realidad, que usted alimenta: 'Yo he escrito trescientas veces más de lo que he publicado...'.

R. Eso es un cálculo... A boleo. Trescientas me parece una exageración. A lo mejor son veinte o cincuenta.

P. La verdad es que imaginamos su taller casi como las cuevas de Tora Bora.

R. Ja, ja. No, no, no hay... Sólo unas cuantas covachas. Con munición.

P. ¿Por qué no es un escritor como los otros?

R. ¿Qué quiere decir?

P. De los que publican más de lo que escriben.

R. Mire... Siempre se escribe para los demás. Pero yo no escribo con la necesidad inmediata de publicar. Siempre digo que yo sé hacer punto, pero que lo que no sé es hacer jerséis.

P. ¿Habiendo escrito Alfanhuí, El Jarama, El testimonio de Yarfoz y decenas de ensayos, no le parece eso del punto una coquetería?

R. No digo que a veces no salga un jersey. Yo, a lo que he dedicado muchas horas, es a ese pensar escribiendo.

P. Bueno, el work in progress es la máxima virtud de su estilo. El lector tiene la ilusión de que lo que lee se está escribiendo mientras se lee. Y más ilusión todavía: que lo está escribiendo él.

R. Bueno, bueno, a veces hay cosas que me avergonzaría enseñar. Cuando publico, ese pensar escribiendo ya está muy madurado. Yo enmiendo mucho.

P. Sus géneros también parecen que vayan haciéndose sobre la marcha: artículo, ensayo, aforismo...

R. Yo le llamo a eso el género tesina.

P. ¿Cuándo pensó por vez primera que no quería convertirse en un literato?

R. Hace treinta años había en Madrid una cosa que se llamaba el Salón de Otoño. Y dentro del salón, una exposición de pintores. Yo iba al salón y veía la mayoría de los cuadros y pensaba que estaban hechos por unos hombres que se habían dicho a sí mismos, yo soy pintor, tengo que pintar..., ¡y ahora qué coño pinto! Y eso de que un novelista esté obligado a escribir novelas, a convertirse en un profesional: ¡y ahora qué coño escribo! Yo hablo del literato en el sentido de escritor de ficción. Ahora se preocupan mucho algunos de esos literatos porque los ningunean, porque la literatura barata tiene muchos más éxitos, cuando lo que más debería escandalizarles es que en la lista de ventas haya un best seller repugnante, de oligofrénicos para oligofrénicos, que se llama ¿Quién se ha llevado mi queso?, que he tenido la paciencia de leer, y que es una porquería increíble. Una estupidez. Y éste es el best seller de estos tres últimos años.

P. En la listas está ahora Soldados de Salamina, un libro donde aparece su padre.

R. No lo he leído. El autor me lo envió antes de publicarlo, pero no lo he leído. Me aburren las novelas.

P. Le aburren las novelas, pero...

R. Me aburren mucho.

P. Leerlas, ¿y escribirlas?

R. Ahora no tengo de qué. No se me ocurren.

P. ¿Y cuando las escribió lo hizo venciendo el aburrimiento?

R. Digamos que El Jarama... No sé si El Jarama lo escribí con tanta espontaneidad como las otras dos.

P. ¿Por qué?

R. No sé, quizá porque era... De todas maneras también lo pasé bien con El Jarama, sí. Lo que más me divirtió fue el habla. Hacer los diálogos. Pero no hablemos de esto, que es muy triste.

P. ¿...?

R. Hay una hipertrofia de literatura, quiero decir de ficción. Vas en el metro y todo el mundo va leyendo. Sobre todo, las muchachas. Alguna vez una chica va leyendo La Montaña Mágica... Bien ésa es una novela que es digna de ser leída. Pero pocas veces leen algo así.

P. ¿Por qué le cuesta tanto hablar de El Jarama?

R. Lo tengo aborrecido.

P. Pero aborrecido, ¿por qué? ¿Por el éxito?

R. No, porque no me gusta. No me gusta. El libro no me gusta. Pero dejémoslo.

P. Es como una tos, este asunto. Se sabe que usted no es ya el de El Jarama.

R. Hay quien no lo sabe. Hay quien me lo cuelga. Es como los versos que uno hace de niño, que no los olvida nunca y que, desgraciadamente, los otros tampoco olvidan.

P. Decía antes que no se le ocurre escribir novelas.

R. Ésa es la verdad. La última, El testimonio de Yarfoz, era una cosa que tenía empezada y luego la completé, y junté una cosa autobiográfica con otra que no lo era, y bueno... Salió chapucero. A mí me gusta bastante más que las otras, porque tiene historias muy bonitas para mi gusto. Pero no tuvo ningún éxito, porque no aparecen guiones de diálogos y esto... Pero no yoyeemos más, por favor, que no quiero yoyear.

P. Buena parte de lo que publica ha salido antes en los diarios.

R. Sí, me gusta. Estoy satisfecho de poder publicar artículos.

P. Podría evitarse el paso.

R. Sí, pero me gusta estar ahí... Me gustan los periódicos. Cuando el asunto Watergate me suscribí al Herald. Y eso que leo muy mal en inglés. Pero cuando conoces un asunto ya es más fácil comprender. Al final, lo del Watergate lo leía sin diccionario.

P. Ya sabrá lo que dice Chomsky del Watergate.

R. No, ¿qué dice?

P. Le quita todo valor heroico. Un ajuste de cuentas entre facciones del establishment.

R. Hummm... Los trabajos de Chomsky tienen mucho valor. Pero escribe mal. Se documenta extraordinariamente bien sobre los asuntos. Recuerdo sus trabajos sobre el Manchukuo, por ejemplo. Pero luego ordena mal y expone mal.

P. Cuentan que Chomsky fue al dentista y éste observó que tenía los dientes astillados. El dentista le preguntó a su mujer si los dientes de su marido rechinaban mientras dormía. Dijo que no. Al final descubrieron que apretaba los dientes cada mañana, leyendo The New York Times. ¿Le pasa lo mismo?

R. No me extraña lo de Chomsky. Los diarios son realmente estimulantes. No conozco nada mejor para cabrearse.

Oceanografía del pecio

ESTÉ FABRICADO o no para la ocasión, lo cierto es que el pecio siempre ofrece un carácter de unidad arrancada a otra mayor. En alguno, incluso, quedan señales, colgajos que atestiguan con qué fuerza, y tal vez con qué dolor, fueron arrancados a su paternidad insondable. En cualquier caso, podrá dudarse o no de su carácter náufrago, pero nunca de su valor: siempre son un tesoro. Para algunos, como Fernando Savater, el tesoro máximo de la escritura ferlosiana.

Dado su carácter, el pecio tiene poco que ver con lo que se estila en tierra firme. Ni máximas ni aforismos, ni mucho menos los dichos con que su autor los bautizó a lo primero, tienen demasiado que ver con él. El pecio es imprevisible. En el prólogo que incluye en esta nueva remesa, Ferlosio incluye el memorable Ojo conmigo donde advierte: 'Desconfíen siempre de un autor de pecios. Aun sin quererlo, le es fácil estafar, porque los textos de una sola frase son los que más se prestan a ese fraude de la profundidad, fetiche de los necios, siempre ávidos de asentir con reverencia a cualquier sentenciosa lapidariedad vacía de sentido pero habilidosamente elaborada con palabras de charol'.

Desconfíen, pero por nada del mundo se pierdan aquella descripción de Felipe González aplicando gruesas paletadas del cemento portland de su por consiguiente a las grietas de sus discursos o la reaparición de la España ¡sin complejos! que desde los días de 1992 se alarga hasta el presente, siempre a los compases de España cañí. A. E.

BIBLIOGRAFÍA

Industrias

y andanzas

de Alfanhuí.

Destino.

El Jarama.

(Premio Nadal 1956). Destino.

Ensayos y

artículos I y II. (Junto a inéditos, incluye los libros Homilía del ratón, Mientras no cambién los dioses, nada ha cambiado y Esas Yndias equivocadas y malditas). Destino.

El testimonio

de Yarfoz.

Alianza.

Vendrán más años malos

y nos harán más ciegos.

(Premio Nacional de Ensayo 1994).

Destino.

El alma y la

vergüenza.

Destino.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 4 de mayo de 2002

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