Columna
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Nunca nos robarán París

Hace veinte años vivía en París un misterioso escritor al que Adolfo Bioy Casares calificó como 'un profesional serio' en un libro abierto que el gran amigo de Borges publicó con el título De jardines ajenos. El enigmático autor no acababa de encontrar el éxito y como no estaba dispuesto a cambiar de oficio, se inventó un trabajo: hacer descripciones. En aquella época, en los cajones de muchos autores dormían novelas con demasiada acción y al parecer, cosas de las modas literarias, los editores exigían grandes descripciones que esos autores no sabían o no se tomaban el trabajo de escribir. Entonces, los escritores, y también los editores, se dirigían a nuestro hombre, quien previo pago de unos buenos miles de francos al contado, entregaba magníficas descripciones de la ciudad de París.

Lo suyo debía ser una escritura prácticamente a la carta, en la que podía ofrecer todo el París que, a falta de imaginación, pudieran necesitar otros escritores. Imaginemos nosotros: París por la mañana; París a l'après-midi; París por la noche; París a vuelo de pájaro; París sumergido; el París de la Belle Époque; el París canalla; el París de los árabes; y el París de los judíos; el de los latinos; el de las porteras españolas y el de los diamantistas letones; el París de los mercados al amanecer y de los parques en otoño; el de los conciertos en las iglesias y el de los sótanos de los hoteles; el París flotante de las gabarras sobre el Sena y el de las tabernas con mostradores de cinc; el de las librerías callejeras y el de las ferreterías con alma; el París de las locas y el de los talleres de chinos; el París abarrotado de los grandes bulevares y el de las callejas solitarias con olor a gato. La lista puede ser tremenda, casi tan larga como el callejero de la ciudad. Pero posiblemente muchas descripciones podrían ser perfectamente inútiles. Así, en un sentido absolutamente contrario al del describidor por horas, que tanta gracia le hacía a Bioy, muchos escritores han utilizado el espacio urbano de París, el simple nombre de una calle, como dato significante que permite arraigar la ficción en lo real. Pocas ciudades pueden presumir de tener un protagonismo literario como ésa. Un ejemplo típico de lo que suele hacer París, le sucedió a Alfredo Bryce Echenique, a quien la ciudad le llevó a hacer algo atípico: escribir una guía triste, algo que no existía 'y mucho menos de París'.

Ese protagonismo de una simple calle, puede suceder porque París es mucho más que la capital de Francia, que la referencia lingüística de la francofonía y que la referencia imaginaria de varias literaturas del exilio. París es todo eso pero además, desde hace más de doscientos años, París es la referencia de la libertad. La auténtica estatua de la libertad está en uno de los islotes del Sena y tal vez por eso, como decía un escritor estadounidense, 'los americanos buenos, cuando mueren, van a París'. El 11 de septiembre ha tenido mucho que ver en lo sucedido en Francia el pasado día 21 de abril. Y de lo que ocurra en la segunda vuelta de las presidenciales y en las legislativas, de la contundencia frente a los fascistas y del reagrupamiento de la izquierda, va a depender mucho de lo que suceda en Europa en los próximos años. Es, pues, altamente recomendable, se esté donde se esté, el domingo cantar La Marsellesa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 29 de abril de 2002.

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