CARTAS AL DIRECTOR
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Piratas

Domingo por la tarde. Quedamos tres amigos para ver un encuentro en la modalidad 'pagar para ver'. En el bar de costumbre nos dicen que no lo van a poner.

En la mejor alternativa, afirman que tienen problemas con el pago.

Exprimimos dos opciones cercanas más y nos extrañamos de las diferentes versiones que nos ofrecen, con resultado idéntico. Entonces es cuando el más informado del grupo nos ilumina con un rumor que corre: la plataforma digital ha cambiado la configuración de las tarjetas para evitar el fraude. Tras cruzarnos con otros aficionados que vagan por la calle en pos de la señal legítima, decidimos cambiar de barrio.

Con media hora de partido transcurrida, llegamos por fin a un establecimiento, el enésimo, en el que en lugar de excusas nos ofrecen las imágenes deseadas, y nos acomodamos entre el público en la última mesa disponible. Ante un resultado parcial que nos es favorable, en el descanso comentamos con inquietud la inminente inspección que le va a someter Hacienda a un amigo en común.

Voy al lavabo y me cruzo con dos camareros que hablan entre susurros de un contrato que no llega nunca. Me siento y aprovecho los instantes que quedan del descanso para mirar los CD de música que nos muestra una chica de rasgos orientales que acaba de entrar en el bar. Aparto el parche del ojo izquierdo para distinguirlos mejor mientras pido otra ronda de ron para los tres.

Si ganamos, sin duda acabaremos entonando canciones dedicadas al abordaje de navíos y a parajes recónditos en los que enterramos nuestros tesoros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 20 de abril de 2002.

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