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LECTURA

Confesiones de una adicta al arte

'Peggy Guggenheim'. Plaza y Janés. Anton Gill, escritor y novelista, ofrece en este volumen la biografía de Peggy Guggenheim (1898-1979). La rica heredera vivió una vida intensa y tempestuosa dedicada al arte, a los perros y al amor sin distinción de género. Tras la Segunda Guerra Mundial se instaló en Venecia en el palacio Venier dei Leoni hasta su muerte. Era sobrina de Solomon Guggenheim, mecenas del famoso museo de Nueva York, pero ambos poseían colecciones artísticas diferentes. Este texto reproduce el capítulo que describe su palacio y las personas que por él pasaron.

E l palacio Venier dei Leoni se encuentra en la orilla del Gran Canal correspondiente a Dorsoduro, justo después del puente de la Accademia, para quien llega desde el Canal di San Marco. Había empezado a construirse dos siglos casi exactos antes de comprarlo Peggy para la antigua familia veneciana de los Venier, de la que se decía que tenía un león en la finca. Es probable que la referencia a leones en el nombre del palacio se deba a la serie de cabezas esculpidas de león que adornan la fachada del canal. Por otro lado, el emblema de Venecia es el león de san Marcos.

La construcción fue lenta, y sufrió una interrupción permanente con la toma de Venecia por los franceses (1797), cuando sólo se habían terminado la planta baja y un sótano. Su aspecto es único entre los palacios venecianos. Su fachada larga y baja, que hoy en día está pintada de blanco (mientras que cuando lo ocupaba Peggy estaba tomada por las enredaderas), le otorga un aspecto sin complicaciones, y moderno. El hecho de ser un inmueble inacabado lo eximía de los estrictos controles edilicios de la ciudad, para provecho de Peggy. Además de mucho espacio para exponer la colección, también daba para vivir con desahogo. Peggy prefirió no separar las zonas de exposición y vivienda, sino organizar el palacio como una vivienda que contuviera obra de arte (con la salvedad de algunas estancias privadas). Otra baza del palacio era contar con uno de los mayores jardines de Venecia, ciudad donde cualquier jardín, en sí, es una rareza.

'Peggy Guggenheim'

Anton Gill. Plaza y Janés.

Sus gondoleros iban vestidos de blanco con franjas turquesas y, para empezar, tenía dos para su góndola privada (el número correcto: uno delante y otro detrás). Hoy día, esta embarcación agoniza en favor del 'vaporetto'

Entre sus propietarios recientes se contaban dos excéntricas. Desde 1910 había sido la residencia de Luisa, marquesa de Casati, una mujer rica, mundana, bohemia y devorahombres que había sometido el palacio a una reforma completa, a base de blancos y negros, y pan de oro (material que también aplicaba a sus pajes, que en las fiestas no llevaban nada más). La marquesa de Casati tenía dos guepardos con brillantes en el collar, y cada temporada se hacía traer de su mansión romana todo un suelo de mármol blanco y negro. En una ocasión había hecho cerrar al público la plaza de San Marcos para dar una fiesta. Falleció en 1957 en una habitación alquilada de Knightsbridge, con deudas que hoy en día equivaldrían a 40 millones de dólares. Posteriormente, el palacio había sido residencia de la vizcondesa Diana Castlerosse, que lo había comprado en 1938, poco después de abandonarlo la Casati, y que, una vez reformado, se lo había cedido un año a Douglas Fairbanks, hijo. Diana Castlerosse -'una de las personas más elegantes y atractivas de la historia', en palabras del pintor Derek Hill-, entre cuyas hazañas se contaba el haber tenido más o menos relaciones con Cecil Beaton, también había aportado lo suyo al entorno que heredó Peggy, incluidos seis cuartos de baño de mármol negro con la bañera a ras de suelo. Lady Castlerosse figura, además, como único personaje varón de Las muchachas de Radcliffe Hall, malévolo roman à clef de lord Berners, cuyos otros personajes (femeninos) son, naturalmente, hombres (Cecil Beaton, Oliver Messel, Peter Watson, etcétera) disfrazados de colegialas y maestras.

A causa de los estragos de la guerra, cuando Peggy compró el palacio al hermano de Diana Castlerosse por unos 60.000 dólares se lo encontró en muy malas condiciones. Su intervención consistió en reformar el interior, reparar el terrado (convertido en solárium para tomar el sol desnuda desde principios de primavera, motivo de alegría entre los empleados de la prefettura de la orilla opuesta del canal, pero también de reacciones más encontradas entre las familias venecianas de mayor alcurnia) y replantearse el jardín, que acabaría convertido en jardín de esculturas. Al principio lo sometió a una planificación a la inglesa. Más tarde, el director de la Tate Gallery de Londres, sir Norman Reid, le consiguió unos rosales cuyo efecto superó todas las expectativas. El jardín tenía árboles crecidos y un pozo esculpido. Peggy, en poco tiempo, compró e instaló un gran trono bizantino de mármol, en el que aparece, ya mayor y con sus perros, en diversas fotos. Hoy en día, los parterres del patio delantero del palacio, en el lado del canal, tienen, cuando lo permite la estación, margaritas en su memoria.

Pintura azul oscura

El resultado final fue un interior sobrio, moderno y blanco, con la excepción del salón y la biblioteca privados, que conservaron 10 años la pintura azul oscura de antes. En 1959, Peggy escribió a su amigo Robert Brady: 'Voy a pintarme el salón con el color amarillo de la ropa de los sacerdotes budistas'. No está nada claro que llegara a hacerlo, porque en las fotos se ve que las paredes son blancas. El mobiliario del salón consistía en unos sofás sencillos y prácticos de Elsie de Wolfe, con fundas de falsa piel blanca (por los perros, aunque en general a Peggy no le quitaba el sueño la decoración de interiores), alfombras, una mesita de cristal, estanterías para libros y adornos africanos, amén de cuadros y esculturas. Al principio sólo eran los pocos que le dejaba conservar el Gobierno italiano para su disfrute personal: como seguía sin resolverse el pago de los impuestos, la colección aún no tenía sede oficial en Italia, y su grueso estaba almacenado en Ca'Pesaro. En el ínterin se organizaron exposiciones muy parciales, entre ellas una de arte británico, cuyo comisario, Michael Combe Martin, del British Council, trabó con Peggy una firme amistad.

El comedor del palacio Venier dei Leoni tenía una mesa de refectorio, así como el gran arcón italiano rescatado del Yew Tree Cottage. Ambas piezas las habían comprado muchos años antes Peggy y Laurence, cuando tenían el proyecto de instalarse en Venecia. El cabezal plateado de Calder se hallaba en el dormitorio de Peggy, flanqueado, en las paredes, por la colección de joyas y los retratos de Lenbach donde aparecían de niñas Benita y ella. Las paredes estaban pintadas de turquesa. En general, las habitaciones privadas del piso principal daban al canal (menos el comedor). Las que daban al jardín estaban reservadas, o bien a los criados, o bien como salas de exposición.

Pali, en plural, es el nombre que reciben los postes a los que se atan las góndolas frente a cada uno de los palacios del Gran Canal. Tradicionalmente se pintan a franjas, como los indicadores de las barberías, pero con los colores de la familia a la que pertenezca el palacio. Puntualicemos que hoy en día, en Venecia, sólo queda un palacio que sea propiedad de una sola familia, y que la mayoría están divididos en apartamentos. Peggy, sus pali se los hizo pintar de blanco y su color favorito, el turquesa. Sus gondoleros iban vestidos de blanco con franjas turquesas. Tenía, para empezar, dos gondoleros para su góndola privada (el número correcto: uno delante y otro detrás). Si hoy en día sólo hay uno por góndola se debe a que ésta, como medio de transporte, agoniza a favor del vaporetto y del taxi acuático, y que sólo sobrevive para usos turísticos. Peggy fue la última persona que tuvo góndola privada en Venecia. En lugar de los tradicionales cavalli que sirven para atar las cuerdas con borlas a cada lado de la embarcación, ella se hizo poner lhasa apsos [perros de lana de origen tibetano], aunque, a juzgar por las fotos, se parecen mucho a leoncitos rampantes de san Marcos. Pronto adoptó la costumbre de dar un paseo diario de cuatro horas (reducidas con el tiempo a tres) a bordo de su góndola, a fin de disfrutar de su adorada ciudad adoptiva, e invitaba a sus huéspedes a acompañarla. Margaret Barr le contó al artista Saul Steinberg: 'Seguro que te lleva a dar un paseo con su góndola. Si te coge la mano, yo te sugiero que te dejes, según el principio de ça coûte si peu et ça donne tellement de plaisir'.

Peggy se mudó al palacio a principios de 1949, y muy poco después los venecianos ya se referían a ella como l'americana con i cani, apelativo que más tarde cedió al de la dogaressa. En el segundo caso podía haber un matiz de ironía. La sociedad veneciana no aceptaba con facilidad a los recién llegados. La colección de Peggy no merecía muy buena opinión, y su condición de judía tampoco le hacía ningún favor. Los estudiantes universitarios de Ca'Foscari, para burlarse de ella, le tiraban gatos muertos al jardín.

Más o menos en la misma época se fue a vivir con ella Vittorio Carrain, cuya principal tarea consistía en revisar el catálogo original. La idea de que colaborasen fue de Peter Ruta. Carrain, nacido en 1924 (un año después que Sindbad), lo recuerda así: 'Conmigo era generosa. Si necesitaba dinero, siempre me lo daba, y me trataba como a un hijo'. Su trabajo para Peggy no fue objeto de ningún contrato ni salario oficiales.

Peggy no estaba sola. Por un lado tenía a la pequeña comunidad angloamericana del Harry's Bar (un local al que Peggy iba a comer con frecuencia, y donde siempre revisaba la cuenta); por otro, el flujo de visitas de otras partes de Europa y América nunca decaía, hasta el punto de que empezó a estar molesta con los gastos de su papel de anfitriona (aunque, eso sí, disfrutaba con las fiestas, regadas con vino barato y amenizadas con tentempiés, a la manera de cuando recibía en Hale House). Los huéspedes predilectos y los viejos amigos recibían un trato preferente. A principios de los cincuenta, Herbert Read visitó Venecia con su amante, una artista checa de poca monta que se llamaba Ruth Franchen, y Peggy estuvo encantada con la idea de ayudar y secundar los amores de su antiguo mentor. Tenía varios libros de visitas, que se han conservado, y que están llenos de dibujitos, viñetas y poemas de invitados, desde familiares hasta amigos artistas y -con el paso del tiempo y el aumento de la fama de Peggy- estrellas de cine. Citemos, entre los invitados de la primera época, a Nelly van Doesburg (que había vuelto a Meudon y se excedía un poco en sus consejos a Peggy), Pegeen y Jean Hélion (que ya tenían dos hijos: Fabrice, nacido en 1947, y David, nacido en 1948), Alberto Giacometti, Charles Henri Ford y Pavel Tchelitchew. Como colección de autógrafos, los libros de invitados no tienen parangón: ciñéndonos a los primeros años, pasaron por casa de Peggy Joan Miró, Marc Chagall, Jean Cocteau, Saul Steinberg y su mujer (la artista Hedda Sterne), los Bouché (de la época de Hayford Hall) y Cecil Beaton, entre muchos otros. El elenco de visitas comprende asimismo a amigos como Alfred Barr, Henry Moore y Virgil Thornson, y personalidades como Somerset Maugham, Tennessee Williams, Joseph Losey, Paul Newman e Igor y Vera Stravinski. También pasaron por Venecia varios amigos de la época de Guggenheim Jeune, como Wyn Henderson. Algunos sólo pasaban a tomar una copa o a cenar; otros se quedaban unos cuantos días, y otros -pocos-, semanas enteras, pero fue creándose la tradición de que no había estancia completa en Venecia sin su visita a Peggy, hasta el extremo de que ella empezó a ver invadida su intimidad, y a protegerla con un celo cada vez mayor. Nunca llegó a ser una reclusa, pero su viejo miedo de que la explotaran le infundía cada vez más prudencia a la hora de abrir la puerta de su casa. Hubo momentos de soledad, y problemas con la pequeña comunidad extranjera. A Ezra Pound y su mujer, Olga Rudge, que pasaron los últimos años en Venecia, no quiso ni verlos a causa del apoyo prestado por el poeta al fascismo durante la guerra.

Novela inacabada

Entre los huéspedes de Peggy había algún ingrato. A finales de los años cincuenta, Truman Capote pasó unas semanas en su casa redactando un libro (Se oyen las musas, 1957) sobre su viaje a la URSS de 1955-1956 como integrante de una gira de Porgy and Bess. Más tarde, en su 'novela inacabada' Plegarias atendidas, publicada póstumamente y rebosante de descalificaciones a sus coetáneos, se ensaña con Peggy sin contemplaciones. El narrador, P. B. Jones, que está casado, la recuerda así: 'Podría haberme casado con la Guggenheim, aunque era quizá 30 años mayor que yo, quizá más. Y si lo hubiera hecho no habría sido porque me entusiasmara, pese a su hábito de entrechocar los dientes postizos y al hecho de que parecía una Bert Lahr de pelo largo. Era agradable pasar una velada del invierno veneciano en el blanco y compacto palacio Dei Leoni, donde ella vivía con 11 terriers tibetanos y un mayordomo escocés, homosexual, que siempre andaba haciendo viajes relámpago a Londres para reunirse con su amante, circunstancia que no provocaba queja alguna por parte de su señora, ya que ésta era más bien esnob, y se decía que el amante era el ayuda de cámara del príncipe Felipe; agradable beber el buen vino tinto de aquella dama y escuchar mientras ella recordaba en voz alta sus matrimonios y aventuras... y me asombró oír que, entre aquella legión de gigolós, se encontraba el nombre de Samuel Beckett. Difícil concebir un emparejamiento más dispar: la judía rica y mundana, y el monacal autor de Molly y Esperando a Godot. Eso le hace a uno dudar de Beckett... con su pretenciosa actitud distante, su austeridad. Porque los escritores empobrecidos e inéditos, que es lo que Beckett era en el momento de la relación, no toman como queridas a herederas americanas de fortunas amasadas en la minería sin tener algo más que amor en mente. Yo mismo, al margen de mi admiración por ella, supongo que habría estado muy interesado en su botín, pero lo único que me impidió apresurarme a despojarla de una parte de él fue que el engreimiento me había convertido en un simple y condenado necio'.

Además de los invitados, empezaron a proliferar los lhasa apsos. Fijos solía haber media docena, y con los años las camadas (que Peggy casi siempre regalaba) se contaron por decenas. Los perros de Peggy -'mis queridos niños'- están enterrados al lado de su dueña en el jardín del palacio: Capuccino, Pegeen, Peacock, Toro, Foglia, Madame Butterfly, Baby, Emily, White Angel, Sir Herbert (en honor de Herbert Read y en previsión de que lo nombraran sir), Sable, Gypsy, Hong Kong y Celida. En los últimos tiempos había algunos que no eran lhasas de pura raza. El 12 de abril de 1964, en una carta al artista Robert Brady, amigo suyo, escribe: 'Mi nueva perra, Gypsy, se casó con Peke (porque no pude encontrarle uno de su raza) y está en estado'. Por lo visto, para entonces ya se había agotado el suministro de Audrey Fowler, una criadora de lhasas que vivía en Knightsbridge, en Trevor Place.

Quedaba el problema de qué hacer con la colección, que seguía en custodia de la administración de la Biennale. Peggy tenía muchas ganas de fundar de una vez su museo-galería, pero el obstáculo de los derechos de importación parecía insuperable. En 1949 consiguió que le prestaran algunas esculturas para una exposición en su jardín, con obras de Arp, Brancusi, Calder, Consagra, Giacometti, Hare, Lipchitz, Marini, Mirko, Moore, Pevsner, Salvatore y Viani; exposición que fue un gran éxito, a pesar de que los visitantes más curiosos insistieran en meterse en la casa por el jardín, y que hubiera que echarlos. En el verano de 1950 también le pidieron montar una exposición de sus cuadros de Pollock en el Museo Correr del Ala Napoleónica de la plaza de San Marcos. Ese mismo año, Alfred Barr elegía a Pollock como uno de los artistas que representarían a Estados Unidos en la 25ª Biennale.

Los organizadores de la exposición de Peggy se limitaron a suministrar un catálogo, dejándoles a Peggy y Carrain la tarea de supervisar personalmente el transporte de los cuadros con la ayuda de varios camareros del All'Angelo. La contribución personal de Carrain a la exposición fue tan grande que Peggy, agradecida, le regaló un pollock pequeño que entonces valía 90 dólares. Fue la primera exposición de Pollock en Europa, y como mínimo tuvo resonancia entre los pintores venecianos que fueron a verla. Venecia es una ciudad intrínsecamente conservadora, pero tampoco faltaron reservas en la respuesta de la crítica internacional, con la excepción de los valedores del pintor. La siguiente exposición, que obtuvo un éxito francamente escaso, estuvo dedicada a Jean Hélion y se celebró en el palacio Giustiniani. La importación de las obras se vio complicada por la burocracia italiana; lo solucionó en gran parte Carrain, pero entonces surgió otro problema: el mal tiempo. Peggy, mientras tanto, ya se había hartado de las groserías de los Pollock (siempre fue muy puntillosa en cuestión de modales), y, como no contestaban a sus cartas ni le enviaban críticas, se desentendió de ellos. Tenía razón en que el éxito incipiente de Pollock se le estaba subiendo a la cabeza.

Un puesto de montaña

Por fin, a principios de 1951, se presentó la solución al problema de los derechos: el Museo Stedelijk de Amsterdam invitaba a Peggy a presentar su colección, que gracias a ello pudo salir de Italia. Después de Amsterdam hubo exposiciones en Bruselas y Zúrich. Cuando llegó el momento de que la colección regresara a manos de Peggy, la llevaron de noche por un pequeño puesto fronterizo de montaña, donde los aduaneros, que no tenían ni idea de su auténtico valor, la tasaron muy por debajo de éste (por lo que recordaba Peggy, unos mil dólares por todo el lote). Las autoridades italianas no se tomaron muy bien el engaño, pero ya no tenía remedio, y sólo les quedaba buscar las armas que pudiera suministrarles el laberinto de las leyes del país para que, ya que la colección volvía a estar en Italia, se quedara. A fin de cuentas, podía llegar a ser un atractivo turístico. El problema, sin embargo, tardó mucho en presentarse. De momento, Peggy ya había recuperado el ansiado control legal de su colección, y podía convertir en realidad su museo.

La reforma del palacio Venier dei Leoni no se hizo esperar, aunque, como no había sitio para exponerlo todo, fue necesario almacenar varios cuadros en el sótano, donde corrían riesgo por la humedad. Arc of petals, el enorme móvil de Calder, fue instalado en el vestíbulo, que es donde sigue estando (uno o dos nietos de Peggy han confesado que de niños habían tenido ganas de usarlo de columpio), y una adquisición reciente de posguerra, L'angelo della città, de Marino Marini, en la terraza que daba al canal. A Marini le había conocido en Milán, en casa de un miembro del British Council, Maurice Cardiff, y de su mujer, Leonora. En cuanto al propio matrimonio Cardiff, hacía poco que habían conocido a Peggy y Freya Stark en el palacio Dario, que quedaba justo al lado del de Peggy. El intercambio de visitas fue el preludio de una larga amistad, consolidada, en una visita posterior a Venecia, por los comentarios del hijo de los Cardiff, Charles: además de gustarle los cuadros, dijo que Peggy parecía demasiado joven para ser abuela. (...)

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 21 de abril de 2002

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