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COLUMNA

El verso de María de las Mercedes

¿Oficial o informal? ¿Fetén o artificial? ¿Espontáneo o forzado? Sobre la autenticidad de la visita del Príncipe de Asturias por Andalucía pesaban ayer serias dudas en Sevilla. Y no es que se sospeche que don Felipe vaya a escamotear algunos de los cientos de kilómetros de viaje que esperan a la comitiva o que vaya a enviar a un doble a los encuentros más melancólicos, sino que hay quien se maleaba, antes incluso de que se pusiera en marcha la caravana, de que la Andalucía que mostrará la Junta al egregio invitado no es la auténtica (es decir, la dramática, la miserable, la que sufre), sino la falsificada, la Andalucía amasada al antojo del Gobierno socialista para que luzca mejor y refuerce, al mismo tiempo, sus intereses estratégicos.

La jornada inicial, sin embargo, no desveló el misterio que planea sobre la verosimilitud de esta Andalucía doblemente real, un asunto, por otro lado, que han tratado pensadores tan notables como Ortega y Gasset sin lograr la unanimidad deseada. El inicio de la visita oficial (porque de la oficialidad de la visita nadie duda) de don Felipe al menos permitió hacerse una idea sobre si la Sevilla que encontró corresponde a la verdadera o si, por el contrario, fue una pura invención.

Don Felipe encontró, a las puertas de San Telmo, a una compañía de honores de la Armada bajo un cielo grisáceo, con nubes espesas que un rayo de sol que hería la retina rompía caprichosamente, y dentro del palacio, a todos los políticos andaluces de cierto rango aguardando con impropia formalidad en el salón de los Espejos. ¿Real o irreal? A un servidor le pareció, teniendo en cuenta el decorado y la muchedumbre de ujieres y alfombras, como una ópera verista, aunque haya quien piense lo contrario y considere fantástica la escena. El presidente andaluz, en su alocución de bienvenida, tomó la delantera a los urdidores del misterio, y dijo que aunque oficial anhelaba que el viaje no se convirtiera en pura formalidad.

Pero si Sevilla era la verdadera o no es una incógnita que sólo se podía solventar en la calle. Y la calle, la plaza Nueva, junto al Ayuntamiento, fue el primer espacio público donde se debía dirimir tan ardua cuestión. Media hora antes, la banda de música, bajo un soportal, y con un centenar apenas de curiosos acodados en las vallas, rompió el silencio con Evocación, un sabroso aire al que siguieron marchas y composiciones que sonaban a verbena solemne. A la llamada de la música acudieron más ociosos hasta sumar varios centenares que fueron quienes recibieron al Príncipe, y entre los que no faltó la señora que, tras tocar al Príncipe, llora y por poco si se priva.

¿Era real esa Sevilla o faltó público? Hubo opiniones para todos los gustos. Algún entendido apuntaba a que la Sevilla ociosa que sale a plazas, llena las avenidas y aguarda horas en una esquina es la Sevilla de la infanta Elena, mientras que la del Príncipe de Asturias es más recatada en sus demostraciones de afecto e incluso más espartana.

Lo que sí parecía responder a cierto estereotipo lírico (una mezcla de verso de copla, rezo rociero y piropo decimonónico) fueron los discursos pronunciados en el Ayuntamiento. El alcalde de Sevilla, Alfredo Sánchez Monteseirín, declamó, más que dijo, que en 'Sevilla ha existido y existe un algo especial', un 'encantamiento mutuo' (y aquí viene el verso oculto con su hemistiquio) en el que 'doña María, doña María de las Mercedes/ mucho tuvo que ver'. También se refirió a un sustrato hondo que 'alza sus ramas bien altas'. Pero lo que más atrajo la atención del cronista fue la siguiente frase: 'Sevilla, sin ahuecar su alma'.

La intervención del propio Príncipe de Asturias reflejó el viejo estilo cuando se refirió a la ciudad como 'airón de Andalucía' y 'relicario de lo mejor de cada siglo'. O cuando aludió a la Semana Santa, a la Feria y a la llorada Exposición Universal. ¿Reflejaba la Sevilla de los discurso no ya la real sino la que supuestamente ha dibujado para la ocasión la Junta de Andalucía? ¿Cuántas capas esconde la primera capa de la Andalucía epitelial, de la comunidad a flor de piel?

Andalucía fervorosa

Entre ellas, sin duda, está la capa de la Andalucía fervorosa y este fue el siguiente episodio del programa. Don Felipe de Borbón, después de saludar al público y a la señora al borde del desmayo, partió hacia el Arzobispado donde peroró con Carlos Amigo y luego, tras dar la mano a un grupo de turistas japoneses que aguardaban turno, entró en la penumbra catedralicia y pasó a la Capilla Real escoltado por los sacerdotes. Allí un oficiante, mientras el Príncipe miraba serio hacia el lado del Evangelio, desplegó el incensiario, sonó el órgano y un coro entonó un himno piadoso en latín.

Por la tarde, tras el almuerzo, de nuevo en San Telmo, el Príncipe visitó Cartuja 93 y platicó con los empresarios de las nuevas tecnologías, recibió a los representantes de los medios de comunicación y cerró la jornada con una cena con empresarios y sindicatos, lo que no deja de ser, tal como está la economía, un acontecimiento casi fervoroso. ¿Era esa Sevilla del pundonor tecnológico y de la paz social a la que se referían los que sospechaban del solapamiento y el maquillaje o era la del estereotipo? El misterio no es fácil y cualquier solución requeriría el concurso de exégetas y de eso que llaman 'expertos en la materia' que tanta demanda tienen en estos tiempos.

Sí se echa en falta, en el programa general, el campo andaluz, los recorridos por barrios marginales o el encuentro con huelguistas, pero quizá haya quien considere que más que a la política es un asunto que atañe a la estética.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 9 de abril de 2002