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COLUMNA

En la frente

Pensé que aquel señor elegante que se acercó a saludarme en la calle me iba a derribar con un testarazo en la frente, la misma expresión de euforia que yo había presenciado en las tabernas de Dublín junto a la barra, donde los jóvenes ebrios, con una pinta de cerveza en lo alto del puño, a veces celebran concursos de cabezazos, como los carneros, y cruzan apuestas para ver quien es el primero en caer fulminado. A ese golpe seco en la testa se le llama el beso de Glasgow. A mí me han pasado cosas muy raras en esta vida. Una noche en un pueblo de Galicia, cerca de Finisterre, hace poco creyeron que era un aparecido. Apenas me apeé del coche en la puerta del hostal dos mujeres, que se cruzaron conmigo, mirándome espantadas, exclamaron: '¿Pero, este hombre no murió ya?'. El que acaba de morir era Adolfo Marsillach con el que, una vez más, me habían confundido. Lo mismo me sucedió en la judería de Córdoba. Al doblar un callejón me di de bruces con unas parejas que deambulaban distraídamente. Abrieron unos ojos desmesurados al verme e hicieron un amago de echar a correr pensando que era el actor recién salido de la tumba. Por lo visto he resucitado ya algunas veces, cosa que es muy buena para cambiar de alma, pero el otro día, en una calle muy concurrida de Madrid, este señor encorbatado me llamó por mi nombre auténtico. No pareció dudar nada. Se acercó y en lugar de darme la mano, se puso rígido y me suplicó que le pegara un cabezazo en la frente. Aunque me acordé del beso de Glasgow, en mi vanidad supuse que me lo pedía en señal de admiración y viendo que me quedaba paralizado el hombre vino con su cabeza hacia mi exclamando: ¡el Mediterráneo, el Mediterráneo!, mientras me daba tres o cuatro cabezazos compungidos. He escrito algunas veces que el Mediterráneo es sólo un mar de la mente. Y aquí tenía la prueba. En medio de la acera el hombre comenzó a frotar su frente contra la mía tratando, tal vez, de fundir una memoria de agua transparente llena de navegaciones compartidas. Tenía un aire de funcionario circunspecto, podía ser incluso un ejecutivo, pero no un aventurero, por eso imaginé que cualquier persona es capaz de navegar ese mar interior. Mientras este hombre anónimo se perdía luego en el bullicio de la gente tuve una visión: desde el fondo del asfalto, sobre los coches, comenzó a saltar una pareja de delfines azules que navegaba sin respetar los semáforos. Cada salto dejaba atrás una luz de espuma y esta vez era yo mismo, y no otro, el resucitado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de abril de 2002