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Crítica:DORMIR

Descanso en el Monasterio de Piedra

Un hotel de tres estrellas dentro del cenobio del siglo XII

Lo dice el desplegable que se entrega al visitante del parque natural del Monasterio de Piedra. 'A solicitud de don Alfonso II de Aragón y su esposa, Sancha, el 20 de noviembre de 1194 llegaron al antiguo castillo de Piedra Vieja 13 monjes de la abadía de Poblet para fundar, en los restos del castillo, el Monasterio de Piedra, dedicado a santa María la Blanca'. Ocho siglos y ocho años después, las piedras monacales de Nuévalos, en la provincia de Zaragoza, mantienen su prístina espiritualidad gracias al nuevo uso hospitalario que le presta el hotel de tres estrellas fundado sobre aquellas viejas celdas.

Un itinerario guiado pone al viajero sobre la pista de los diversos estilos arquitectónicos -románico, mudéjar, gótico, renacentista y barroco- que podrá admirar durante su estancia, así entendida como un rito iniciático turístico. La primera estación corresponde al claustro, monumental y balsámico como todos los claustros abaciales. Después se pasa por la sala capitular, la cripta, la bodega, convertida en museo del vino, y la sala de carruajes, donde se exhiben tílburis, diligencias, broughams y una tartana de perfil más modesto. Finalmente aparecen el calefactorio, el lavatorio, el refectorio y la cocina, pionera en Europa en la elaboración de chocolate.

Moverse por estos interiores de oración y arte exige, como contrapartida menos beatífica, la aceptación de cierta austeridad ornamental en los muros y las bóvedas, el pavimento y los techos celulares, las mesas del comedor y el casi centenario mostrador de recepción, detrás de cuyas nobles maderas oficia lo más amable y eficiente de la profesión hostelera concebida a la antigua usanza (antes que cualquier trámite o papeleta está el huésped, en consideración y muestras de cortesía). Un sobrecogedor paisaje de luces y sombras proyectado sobre los capiteles y arquivoltas, los portones bajos y las escalinatas interminables acrecienta el misterio nocturno en la soledad de este paraje natural.

Habitaciones con terraza

Dormir en tales ayuda a templar el estrés urbano y enardece el espíritu descabalgado de la rutina cotidiana. Los muros pesan una tonelada y no dejan ningún resquicio al frío exterior, incluso en los peores días de invierno. Una calefacción potente, encendida a todas horas, disipa cualquier duda al respecto.

Apenas queda hueco en las habitaciones para las camas, arrinconando sin muchos miramientos el equipaje (lo mejor es no deshacerlo). Inédito en la vida monástica, el espacio se reserva para la terraza, bendecida por unas vistas inigualables hacia el parque, un espacio natural de cascadas y grutas que se recorre en un itinerario de unas dos horas. Una vista impresionante y reconfortante en cualquier época del año.

ALREDEDORES

NO ES PRECISO salirse del entorno inmediato para disfrutar de uno o varios días en la naturaleza. El hotel está circundado por el parque natural del Monasterio de Piedra. El recorrido está perfectamente señalizado y comprende la visita de la Cola de Caballo, el centro de piscicultura, el lago del Espejo, la peña del Diablo, la cascada de los Chorreaderos, la gruta del Artista, el mirador La Caprichosa y el paseo de la Olmeda. Los huéspedes del hotel tienen derecho a entrada gratuita, igual que a la visita guiada por las dependencias del monasterio, la sala de carruajes y el museo del vino, ubicado en las antiguas bodegas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de marzo de 2002

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