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COLUMNA

Contables

Toda empresa necesita al menos un contable y un creativo que intenten eliminarse mutuamente. Lo importante es que ninguno de los dos gane la guerra porque, cuando la gana el contable, la empresa acaba en suspensión de pagos, y cuando la gana el creativo también. Si Abel, que ahora mismo no caigo si era el creativo o el contable, hubiera asesinado a Caín, las cosas no hubieran sido distintas. El problema de esos dos hermanos es que no alcanzaron el punto de equilibrio entre las finanzas y la poesía. Conviene señalar que, aunque todos los padres se alegran de tener un hijo contable que les haga la declaración de la renta, su sueño secreto es alumbrar un hijo poeta que se la deshaga. Con la cabeza, en fin, pedimos a nuestros vástagos que estudien Económicas, pero con el corazón les suplicamos que se matriculen en Filosofía.

No se enfaden, pues, los contables. Es cierto que la invención del Debe y el Haber no puede haber salido sino de una cabeza cuyo dueño recibió menos caricias de las que necesitó. Pero también es verdad que las que recibió el creativo fueron por lástima más que por admiración. Ambos tienen problemas psicológicos graves. Lo curioso es que del choque de esas dos patologías suele nacer un banco, una editorial, una funeraria. Y para que la empresa prospere, la hostilidad del uno no debe prevalecer sobre la del otro. Cuando en una editorial, por ejemplo, ganan los contables y empieza a publicar títulos previsibles con el argumento de que dos y dos son cuatro, no tarda mucho en conseguir que dos y dos sean cero. Pero si ganan los creativos, la editorial rompe los vínculos con la realidad hasta lograr que dos y dos sean cero también, en vez de cinco, como habían prometido al accionista.

Cuando en un país ganan la guerra los contables, la tristeza de estos hombres insuficientemente acariciados se transmite por vía jerárquica hasta alcanzar las células más remotas del cuerpo social. Y esto es lo que nos pasa: que los contables han ganado por mayoría absoluta. No es sólo que no haya oposición, sino que los poetas, en lugar de contar sílabas para hacer sonetos, están contando las genuflexiones que hacen falta para que les den el Cervantes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 1 de marzo de 2002