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Reportaje:Salt Lake City 2002 | XIX JUEGOS OLÍMPICOS DE INVIERNO

Los Juegos de los líos

La magnífica organización de Salt Lake City quedará oscurecida por los escándalos y los graves precedentes sentados por el COI al encararlos

Los Juegos del éxito. Ése podría haber sido el recuerdo de la 19ª edición olímpica invernal, que concluyó en la madrugada de ayer. 'El pueblo de América, Utah y Salt Lake City han dado al mundo unos Juegos soberbios', fue el último piropo de Jacques Rogge, el nuevo presidente del COI, cuya debilidad por Norteamérica ha convertido finalmente la cita en los Juegos de los líos.

La magnífica organización quedará oscurecida por los escándalos. La ciudad, marcada por el gravísimo caso de corrupción previo y el temor incluso a la suspensión tras los atentados terroristas del 11 de septiembre, había ganado sobradamente su revancha particular. Por eso fue una pena que el patriotismo se acabara desbordando en los medios de comunicación por la peligrosísima decisión del COI de ceder a las presiones y regalar una segunda medalla de oro a la pareja de patinaje canadiense. El precedente provocó una reacción de protestas, especialmente de Rusia, y la herida se le ha abierto al COI para mucho tiempo de la forma más absurda, cuando la distensión política era mayor.

Poco antes de una clausura muy musical y de patinaje, al preguntársele sobre si los Juegos no se recordarán más por los escándalos, Rogge dijo: 'Si se hiciera una encuesta en el mundo, lo que se recordará de estos Juegos serán los atletas'. Parece increíble que un belga vea tanto la NBC. Y que olvide el levantamiento ruso y el surcoreano -por la injusta descalificación de su patinador Kim para dar el triunfo al estadounidense Ohno- y las peticiones de dobles medallas de oro como si fuera una rifa. 'Hubo unos incidentes, pero no han perjudicado el éxito de los Juegos', simplificó insólitamente Rogge. Todo ha quedado en que hablará con las federaciones internacionales sobre el siempre espinoso asunto de los jueces. Se le van a acumular los problemas, como el casero de los mienbros del COI que quieren volver a las visitas a las ciudades candidatas, la que fue gran fuente de corrupción. Rogge, que parecía un gran equilibrista asegurado por la red que le dejó Juan Antonio Samaranch, ha empezado a caer demasiado del lado norteamericano. Y, como domador, se le pueden escapar las fieras.

De no haber sido por estas situaciones forzadas, nada habría impedido un sobresaliente a unos Juegos a los que ha acompañado hasta el buen tiempo. Han sido mucho mejores que citas anteriores, como la farragosa de Nagano 98 por la propia complejidad japonesa o la embotellada circulatoriamente de Albertville 92. La sorpresa ha sido doble porque la última referencia de unos Juegos en Estados Unidos fue nefasta. En Atlanta 96, en efecto, lo más grave no fueron ya los fallos de organización y seguridad, que culminaron con una bomba en el parque olímpico, sino que una gran mayoría de sus habitantes despreciaba los Juegos. Así, una organización privada, aunque en el primer país del mundo, acabó en desastre.

Salt Lake City, en cambio, se volcó con los Juegos y, con el mayoritario apoyo mormón, ganó la apuesta. Desde los voluntarios hasta los policías y los militares, algo inédito, fueron de una amabilidad inusual. Los controles de seguridad, exhaustivos, como deben ser, fueron tan rápidos y atentos, con tanta gente colaborando, que no molestaron apenas. El obligatorio encendido de ordenadores y teléfonos, al margen de los rayos X habituales, no se había exigido nunca. Ni se habían producido inspecciones de los bajos y los maleteros de los autobuses antes de entrar en las instalaciones periféricas tras las llegadas desde el centro de la ciudad.

Los transportes funcionaron desde el primer día con una normalidad insólita, sin necesidad de los rodajes y la comprensión que se debía pedir siempre por organizaciones anteriores, menos avezadas. Las instalaciones fueron magníficas y, pese a los 8.500 periodistas acreditados, hasta las del más pequeño subcentro de prensa fueron excelentes. Los problemas han sido tan mínimos que el comité organizador y el COI suspendieron sus informaciones diarias varios días al no haber noticias. Pero llegó el patinaje y mandó lo que no debía.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 26 de febrero de 2002