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Crónica:52º FESTIVAL DE BERLÍN

Aplausos para las disparatadas '8 mujeres' de François Ozon

Decepciona 'Bridget', nueva comedia neoyorquina de Amos Kollek

Fue aplaudida la comedia 8 mujeres, de François Ozon, que llena estos días los cines de París, gracias a las actrices que la interpretan. Todas manejan con gracia el tosco artificio cómico en que las mete Ozon, y lo afinan y ennoblecen, pero Isabelle Huppert se sale de la pantalla, como de costumbre, y hace por su cuenta una sensacional exhibición de sus inagotables capacidades histriónicas.

Sin el tirón de Huppert, Ardant y Darrieux, el filme rozaría la inanidad

François Ozon se ha convertido en poco tiempo en uno de los directores estrella del cine francés. Saltó a los circuitos internacionales en 1998 con Los amantes criminales y llamó la atención al año siguiente su original trabajo en Gotas de agua sobre piedras ardientes. Pero fue Bajo la arena la que en 2000 le convirtió en un cineasta de gran éxito, pese a ser éste su peor trabajo. Ahora, con 8 mujeres, vuelve a hacer colas en las aceras de su ciudad y de nuevo con una obra ambiciosa pero que está bastante por debajo de lo que pretende.

El frágil tinglado de 8 mujeres se sostiene porque lo aguantan a pelo algunas de las extraordinarias actrices que lo asumen. Es una comedia de origen teatral, muy pobre, tópica y sabida, a medio camino entre la legendaria Mujeres, de George Cukor, y el juego de averiguación criminal de cualquiera de las adaptaciones al teatro de novelas de Agatha Christie. El autor de este híbrido enredo cómico es un tal Robert Thomas, que escribió esta pieza al principio de los años sesenta.

Ozon no rehúye la tosca teatralidad del origen, sino que incluso la acentúa con una serie de interludios musicales muy primarios, elementales y completamente planos, filmados con el guiño y la complicidad escénica del 'cara al público'. Acepta Ozon el hecho de que está manejando escombros de viejo teatro y quiere que veamos -como ocurría de otra manera en Gotas de agua sobre piedras ardientes- un sutil giro hacia lo complejo y lo estilizado en la sal gorda de ese desfile de materiales escénicos de derribo. Hay que decir que la película lo consigue a ráfagas, y arranca varios buenos golpes de risa, pero son los destellos individuales del talento cómico de dos veteranas actrices, Fanny Ardant y Danielle Darrieux, de las que tira con fuerza el arrollador genio histriónico de Isabelle Hupert, los que logran que se produzca esa mutación alquímica del barro en oro.

El indicio de que esto ocurre así hay que buscarlo en los altibajos y desequilibrios interiores que deja ver el reparto de esas 8 mujeres. Es evidente la desarmonía y la diferencia de calidades, e incluso de registros gestuales, que hay entre ellas. Y esto pone de manifiesto que no existe en el filme una dirección de actrices bien vertebrada y cohesionada, sino dispersa, pues la mano directora de Ozon se ve en las actrices con menor singularidad y deja de verse en las que se sienten con poder para actuar por su cuenta y riesgo, sobre todo Huppert, que se burla con ferocidad de lo que hace en la pantalla y arranca con mordiscos de ingenio algunos instantes de irresistible expresidad cómica. Y basta cerrar los ojos e intentar imaginar qué sería de esas 8 mujeres sin el tirón de Huppert, y las sombras de Ardant y Darrieux, para deducir que aquello rozaría la inanidad, la pura y simple sosería e incluso la estupidez. Pero, dadas las peculiaridades del filme y su éxito de público, no sería descabellado vaticinar que esta vacía y simpática película puede estar entre las premiadas.

Sosería -pero sin los graciosos contrapuntos de una Isabelle Huppert redentora- es lo que inunda a Bridget, la nueva película neoyorquina del israelí Amos Kollek. Todo lo que convertía a su maravillosa comedia precedente, Fast food, fast women, en una ingeniosa delicia, se hace aquí tristón y opaco. Es Bridget una mezcla disparatada de dramón, thriller y comedia licenciosa, que no bate bien esos tan opuestos ingredientes genéricos y éstos se aglutinan cada uno por su cuenta en la pantalla, formando una especie indigerible de mayonesa cortada, ante cuya amenaza más vale irse a otro pesebre mejor cocinado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de febrero de 2002