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COLUMNA

Enmascarado

Un enmascarado puso pies en polvorosa a las prostitutas y a sus clientes por el procedimiento de arrimarse al negocio y aporrear un bombo. Dos días después quiso repetir la operación, pero acabó como el rosario de la aurora. Menudos son las prostitutas y sus proxenetas. Varias de aquellas se le abalanzaron para arañarle, una le arrancó la máscara, los proxenetas acudieron a respaldar el ataque y esta vez quien hubo de poner pies en polvorosa fue él. Esto ocurrió en la madrileña calle de la Montera, que es vía representativa de una zona maldita. Hay constituida una asociación de comerciantes y vecinos de dicha calle y sus adyacentes para defenderse de un sórdido populacho que los asola mediante la grosería y la delincuencia. Allá las prostitutas, sus proxenetas y sus clientes dichos; allá las broncas que a menudo arman; allá -y ya que hay ambiente- los traficantes de drogas, los tomadores del dos y otros especialistas del surtido gremio de los cacos, por si en la confusión cae algo, que suele caer.

Todo esto no sucedería si la autoridad municipal hubiese tomado medidas, mas ya se sabe que la autoridad municipal madrileña no toma medidas a tiempo nunca y deja a la ciudadanía en total indefensión.

La propia asociación de comerciantes y vecinos de la calle de la Montera aclara en un comunicado que no discute la prostitución. Ha hecho bien, porque es lo políticamente correcto. Resulta significativo que las numerosas organizaciones para defensa de los derechos de la mujer lo de la prostitución lo dejen de lado o aduzcan que la gravedad de sus problemas obligan a muchas mujeres a dedicarse a esta profesión. Pero callan los casos de otras numerosas mujeres con los mismos problemas que buscan desesperadas un empleo aunque sea con un sueldo de miseria, y prefieren ir de fregonas antes que someterse a la indignidad de la prostitución, el oficio más antiguo del mundo y también la vergüenza de la humanidad entera, que viene tolerando desde tiempo inmemorial semejante villanía.

Vivimos una época en la que casi todo se resuelve con altisonantes frases referentes a nobles principios de modernidad. Una de ellas es la solidaridad, que se utiliza mucho para definir a la juventud. 'La juventud es solidaria, no como antes', se suele oír. Claro que, depende. Hace unos días tiraron a un joven ecuatoriano al mar y se ahogó. Perpetraron el asesinato unos de esos matones que hacen de porteros en los bares de copas. Primero le pegaron una paliza, luego lo tiraron al mar. Ocurrió en Barcelona, aunque en Madrid, sin ir más lejos, sucede lo mismo con la única diferencia de que en Madrid no tiran a nadie al mar, por la sencilla razón de que no hay mar. Así que vayamos al caso: en Barcelona nadie de la juventud solidaria que estaba en los bares de copas acudió en defensa del ecuatoriano asesinado, y en Madrid tampoco lo hubieran hecho. En Madrid, porteros de ciertos bares de copas insultan, empujan o les pegan una paliza a quienes pugnan por entrar, cuando creen que no dan la talla, y nadie sale casi nunca en defensa del agredido.

O sea, que en cuanto a la juventud solidaria, menos lobos. Hay otra parte de la juventud más progresista y moderna que se va a cogerla a la calle y a eso lo llaman la cultura del botellón. La de estupideces que se hacen o se dicen en nombre de la cultura. Por lo que se ve, emborracharse es cultura. Esos jóvenes cultos, progresistas y solidarios, no sólo se emborrachan, sino que mean en la zona donde acampan, la llenan de pintadas, la dejan convertida en un estercolero y les da igual que el vecindario no pueda dormir ni vivir en paz. Una situación desesperada para la que no valdría el enmascarado y su bombo, y tampoco la autoridad municipal tomó medidas necesarias a su debido tiempo para que no se produjera ese intolerable atropello.

Entre las dobles filas que el municipio no ataja, las manifestaciones, las borracheras, las agresiones y las culturas, Madrid es un desastre donde se quebranta cada día el fin verdadero de la ciudad, que es el de ofrecer servicios eficaces para normal uso del ciudadano a partir de la comunicación fluida, la seguridad y el buen orden en las calles, la vida apacible en los domicilios. Algo que este alcalde desconoce, o le trae sin cuidado, o es incapaz de conseguir y, por tanto, no vale.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 5 de febrero de 2002