'Lo que no se recuerda no está vivo'

José Antonio Muñoz Rojas (Antequera, 1909) fue durante décadas un escritor atrapado en una red de lugares comunes: el poeta banquero, el cantor de las cosas del campo, el miembro de la generación del 36 que hizo de puente entre los del 27 que se exiliaron y los que se quedaron tras la guerra civil... Todo eso era cierto, como en los tópicos, pero, también como en los tópicos, sólo en parte. Después de que el Ayuntamiento de Málaga editara en 1988 su Poesía completa y de que su libro Objetos perdidos recibiera en 1998 el Premio Nacional de Literatura, Muñoz Rojas es hoy, sobre todo, el autor de una vasta obra recuperada por Pre-Textos, algo que ha insuflado ánimo a un poeta de 92 años que acaba de publicar un nuevo libro, Entre otros olvidos, y a un hombre inquieto que hace pocos meses se subió a un globo aerostático para cumplir una antigua ilusión de su mujer y que estos días tiene sobre la mesa la edición inglesa de la poesía completa del polaco Czeslaw Milosz, recién aparecida.
'Por la Sociedad de Estudios y Publicaciones del Banco Urquijo pasaron Jakobson, Borges, Zubiri... Ésa fue mi academia'
Al contrario de los que afirman ignorar las novedades y no hacer otra cosa que releer a los clásicos, Muñoz Rojas acaba de leer los poemas de Joaquín Sabina y El atizador de Wittgenstein, un ensayo sobre la polémica entre Karl Popper y el autor del Tractatus, con el que el poeta malagueño coincidió, sin saberlo, durante los años que pasó como lector en Cambridge: 'Nada hubiera sido entonces más fácil para mí que acceder al conocimiento del hombre, del que sólo supe mucho después y por quien he sentido una curiosidad voraz y una admiración sin límites', escribiría más tarde. Aunque su figura es la de un acomodado propietario y no la de un agricultor, Muñoz Rojas conserva la espontánea llaneza de la gente del campo. 'Soy de pueblo. Tuve esa suerte', afirma alguien que ha viajado por medio mundo. 'Ser un cosmopolita de pueblo te ha preservado de ser un cursi, que es lo que suelen ser los cosmopolitas de ciudad', añade su editor, Manuel Borrás, presente en una parte de la entrevista.
PREGUNTA. Usted recibió el Premio Nacional a los 89 años. ¿Cree que le llega tarde el reconocimiento?
RESPUESTA. El premio no llegó ni tarde ni temprano, llegó por sorpresa. No lo esperaba. Todo lo que he publicado estos años ha sido gracias al empeño de Borrás.
P. Entre otros olvidos retoma el tema de la memoria, como Objetos perdidos. ¿Se escribe siempre el mismo libro?
R. Este último es un libro más inconexo, aunque el trasfondo es el mismo, porque está escrito en la misma época, pero Objetos perdidos surgió de golpe, era el libro que había que escribir, como, en su momento, Cantos a Rosa. Éste es la reunión de tres temas -abril, rosa y olvidos- que se le aferran a uno y ya no se le desprenden en la vida.
P. ¿Sólo las cosas que se recuerdan siguen vivas?
R. Para mí sí, definitivamente. Lo que no se recuerda no está vivo, aunque no se puede vivir de recuerdos. El tiempo le hace a uno algunas jugarretas. Yo tengo ahora memoria de cosas inverosímiles, cosas que no había pensado que podría recordar jamás.
P. ¿Qué recuerda?
R. Trozos de poemas que surgen de pronto. Poemas que yo quizá he escrito. Hechos, personas...
P. En una de sus prosas afirma que escribe como purgación. ¿Qué tiene que purgar?
R. Muchas cosas. En el fondo uno se está limpiando, mejor dicho, intentando limpiarse toda la vida. En parte se debe a mi educación jesuítica, que desgraciadamente me inyectó para siempre la idea del remordimiento.
P. Con todo, siempre ha sido profundamente religioso.
R. Yo no diría profundamente. Siempre he sido un hombre de dudas. Me he aferrado a lo que creía que me podía sostener. Si exprimo toda la materia de mis recuerdos, las cosas positivas están por encima de las otras. He tenido una suerte enorme porque he tenido amigos de siempre y para siempre, pero inevitablemente, y esto lo saben los que me conocen, no tengo ninguna fe en lo que escribo porque literariamente no creo haber llegado a ninguna parte. Lo he intentado muchas veces pero... Lo que dice T. S. Eliot es verdad: todo es una prueba.
P. ¿Sigue luchando con las palabras?
R. La lucha y la insatisfacción son sentimientos continuos. Parece una paradoja, pero me soltaba más fácilmente en un soneto que en el verso libre. La poesía clásica te ciñe mucho más, te ajusta mucho más.
P. ¿No haber llegado le hace seguir escribiendo?
R. Lo que me hace escribir es que de vez en cuando llegan señales. Anteayer recibí la poesía completa de Milosz, y algo se ha removido en mí. Primero me ha despertado la admiración, y luego, la necesidad de escribir y la urgencia de hacerlo. Y el temor.
P. ¿Temor de no tener tiempo?
R. El tiempo en mi poesía pesa mucho. Desde el principio. El tiempo, el amor, el campo... Ésas son mis cosas. Me interesa la naturaleza en su aspecto no paisajístico, sino real. Vivo muy sujeto al ritmo de las estaciones.
P. ¿Qué se aprende en el campo que no se aprenda en la ciudad?
R. Todo. El ritmo de la vida, el de la naturaleza, el pasar de los días, tan distintos y tan iguales. Es increíble la sensación de ver todos los años las transformaciones y las perennidades. Muchas veces me siento simplemente a mirar.
P. ¿El campo ha cambiado?
R. Enormemente. Es decir, no ha cambiado nada y ha cambiado todo. Hay oficios que han desaparecido, y mucha gente no conoce ya su vocabulario.
P. ¿Y qué ha aprendido de los viajes que no podría haber aprendido en el campo? ¿Cómo recuerda, por ejemplo, sus años en Inglaterra?
R. Como muy duros -eran los años de la guerra- pero muy enriquecedores: los amigos que perduran hasta hoy, la riqueza de una universidad como la de Cambridge. Y su poesía, aunque he sido un lector muy incompleto de la poesía inglesa. He leído mucho a algunos autores, sí. El acceso a una literatura extranjera no es nunca completo. Yo me paseo, por así decirlo, por Fray Luis, por Medrano, por cualquiera de los clásicos, como Pedro por su casa, pero no me paseo igual por la poesía inglesa.
P. ¿Cuáles son sus favoritos?
R. Donne fue un descubrimiento mágico. En los años treinta no lo conocía nadie. A Dámaso Alonso le di yo a conocer a Donne y a Hopkins, al que traduje en el año 35 para Cruz y Raya. Fue la primera traducción española.
P. ¿Y T. S. Eliot? Lo conoció personalmente.
R. Al principio lo leía y me resbalaba, pero el primero de los Cuartetos fue un trallazo. Me agarró y todavía no me ha soltado. Inmediatamente tuve que traducirlo. Tuve con él una relación de dos o tres entrevistas. Era un hombre muy sólido, muy cabal.
P. Si hace balance, ¿cuál es el mayor cambio que le ha tocado vivir?
R. La guerra civil. Para mí fue una experiencia profunda, imborrable, con todo lo que tuvo de tragedia y de revolución.
P. Andrés Trapiello suele decir que los que ganaron la guerra perdieron la historia de la literatura. ¿Está de acuerdo?
R. En parte sí. Con el tiempo fueron los exiliados los que figuraron.
P. ¿Alguna vez se sintió relegado por haber estado en el bando ganador?
R. Mis amigos de la preguerra siguieron siendo los de la posguerra: Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Pedro Salinas, Jorge Guillén, José Bergamín, y muchos tenían unas ideas bien conocidas. ¿Relegado? No, para mí la poesía es una necesidad. Nunca he tenido nada de escritor profesional y no por no serlo, sino porque nunca me he estimado como escritor, aunque en el fondo de mi vida ha estado siempre esa llamada. La prosa la hice con más intención, sobre todo el que yo considero que es mi mejor libro de prosa, La gran musaraña, que no está acabado pero que es un libro que 'me puse a hacer'.
P. Ese libro se cierra, precisamente, con la guerra.
R. Sí, tiene una parte sobre la guerra que es auténtica. No escondo nada.
P. ¿Nunca dudó de cuál era su bando?
R. Las circunstancias fueron especialísimas. Yo admiraba mucho a un hermano que no dudó, y yo no podía, por mi familia, por todo, culpar a los que estaban de ese lado. No dudé, pero es que tampoco me dejaron sitio.
P. ¿Cree que no había otra salida?
R. En aquellos momentos la situación era difícil, insostenible, muy confusa, muy complicada para algunos sectores. Para algunas personas, por ejemplo, no era seguro circular por ciertos sitios. ¿Otra salida? No tengo una opinión clara. Ningún bando estaba por la negociación abierta. La intolerancia ya estaba en la calle.
P. Usted repite una frase de su amigo Pedro Espinosa...
R. La llevo siempre en la memoria: 'En una guerra civil el peor mal es la victoria'.
P. ¿Está de acuerdo?
R. No del todo. El peor mal es la propia guerra.
P. ¿Cómo vivió la posguerra? ¿Estaba de acuerdo con el régimen de Franco?
R. En muchas cosas, no. Tenía mis propias ideas. Me mantuve al margen. Yo siempre he sido más liberal. Nunca estuve en ningún partido.
P. Siempre se ha dicho que hizo de puente entre los exiliados del interior y del exterior. ¿Quién fue su mejor amigo?
R. Vicente Aleixandre. Era un gran acogedor. A Salinas le tengo una gratitud enorme porque desde el principio se ocupó de mis poemas. A Dámaso Alonso lo traté mucho. Todos los jueves después de la Academia, Dámaso, Vicente y Gerardo Diego venían aquí y hacíamos una tertulia. Eso sí, de esa generación nadie me ha divertido tanto como Bergamín. Con una amistad y una enemistad grandísima. Era una fuente inagotable.
P. ¿Por qué enemistad?
R. No tanto por sus ideas como por la manera de llevarlas. Pero era estupendo. Toda su vida fue una pura tragedia. Era riquísimo en información y en ingenio. Ciertas materias, el teatro clásico, por ejemplo, las conocía como nadie.
P. Cernuda, sin embargo, nunca fue santo de su devoción.
R. No me pregunte por Cernuda. El defecto no está en Cernuda, en absoluto, sino en mí. Un escritor tiene unas tendencias naturales inexplicables a entrar en ciertos autores, y una tendencia también natural a no entrar en otros. Cernuda, al que conocí mientras vivió en España, al que luego vi en Inglaterra y con el que tuve una relación muy buena, en realidad me da mucha pena. Era un gran solitario, no te dejaba entrar en su mundo. Me niego a hacer un juicio sobre la poesía de Cernuda, pero me parece un escritor en prosa y un crítico estupendo un adivinador de matices. Nadie ha dicho la verdad de ese Cernuda.
P. Usted trabajó durante años en el Banco Urquijo, un empleo que en principio parece más burocrático que poético.
R. Aquello no tenía nada que ver con la burocracia. Era trabajar con Zubiri, con Dámaso Alonso, con Luis Felipe Vivanco, con Luis Rosales. Todos tenían seminario allí. Aquel despacho de la Sociedad de Estudios y Publicaciones del banco me permitió conocer a gente como Borges -que vino a dar una conferencia; era un hombre áspero- o Roman Jakobson, un hombre fantástico, el sabio más impresionante que yo he tratado en mi vida. Cuando vino a Madrid, le pregunté: '¿Qué quiere ver?, ¿qué quiere hacer?'. Y me dijo: 'Escuchar canto gregoriano'. Entonces no había más que en los benedictinos de Montserrat de la calle de San Bernardo. La Sociedad de Estudios y Publicaciones... ésa fue mi academia.

Entre Tokio y Antequera
'ME PASAN muy pocas cosas', afirma José Antonio Muñoz Rojas, que ha escrito cientos de páginas hurgando en su memoria y ante el que es inevitable la sensación de que conserva un reducto secreto, inaccesible, como si escribir mucho sobre sí mismo fuese una forma de ocultarse: 'No trato de ocultar nada', sostiene él. 'Ni tengo la impresión de hablar mucho de mí mismo, aunque es verdad, ahora que me lo dice. Todo es hablar de uno mismo. Y es absurdo'. Huérfano de madre desde los dos años, Muñoz Rojas se crió con sus abuelos. Mientras estudiaba Derecho en Madrid descubrió a Antonio Machado, que fue para él 'el verso, sencillamente, como encontrado y dejado, no buscado ni menos rebuscado', escribe en Amigos y maestros (Pre-Textos), una colección de semblanzas de Unamuno, Menéndez Pidal, Aleixandre, o T. S. Eliot, al que visitó durante sus años en Cambridge. Tiempo antes había viajado por Birmingham y Liverpool. Allí asistió, por casualidad, a una conferencia de 'un señor obeso e ingenioso a quien sólo entendí a medias. Era Chesterton'. En Inglaterra pasaría la guerra civil después de vivir en Málaga unos meses de soledad y miedo en el verano de 1936. Un año después volvería temporalmente a Antequera para contemplar la ruina de su casa, arrasada antes de la entrada en la ciudad de las tropas de Franco. 'Me conmovió más la inutilidad del hecho que el valor material de lo desaparecido', recuerda en La gran musaraña (Pre-Textos), unas memorias que se cierran en 1939. El resto de su vida hay que buscarlo indirectamente en Las cosas del campo, un diario de las jornadas en su finca antequerana, testimonio de un mundo en transformación: 'En las cosechadoras el canto es difícil'. Es esa misma finca la que ocupa muchas de las páginas de Dejado ir (Pre-Textos), el dietario de 'viajes y estancias' de un personaje que se mueve con el mismo sentido del humor en Tokio y en Antequera. Esa dualidad parece el destino de este poeta, que terminó trabajando en el Banco Urquijo. Sus jornadas matinales han quedado difuminadas por sus quehaceres de alto cargo en una entidad muy influyente en la posguerra. Las de la tarde las ocupó en la Sociedad de Estudios y Publicaciones del banco, que promovió seminarios de autores como Ramón Carande o Xavier Zubiri. Todo ello impulsado por la 'mezcla de sentido realista e imaginación' de Juan Lladó, consejero delegado del Urquijo y, para Muñoz Rojas, un 'desterrado interior' . Lladó -que había participado en la redacción de la Constitución republicana de 1931 y pasó por la cárcel al final de la guerra - había impulsado en los años treinta la creación de Cruz y Raya, la revista de Bergamín. En la posguerra, 'incorporó valores al margen de la vida oficial': intelectuales privados de sus cátedras por motivos políticos o científicos con dificultades económicas. 'Llevó la universidad a la banca, cosa que causó en aquellos tiempos tantos recelos como sorpresa', ha escrito de él Muñoz Rojas, un poeta discreto y un hombre irónico y vital que parece cumplir con las palabras que él mismo ha empleado para describir el orden de la vida en la infancia: 'El ajuste de la realidad de cada estación a sus acontecimientos. Lo que había que hacer era eso, esperar en cada momento lo suyo. En eso consistía vivir'.
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