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COLUMNA

Dinero sano

Hace unos pocos días saltó a los medios de comunicación una de esas adorables noticias. Científicos de la Universidad inglesa de Warwick, tras diez años de arduas investigaciones y más de nueve mil familias analizadas, han llegado a una conclusión diáfana y total: la gente rica es más feliz y tiene mejor salud que la gente pobre.

Esta es una de esas obviedades que de vez en cuando descubren los científicos y que los medios de comunicación, a la búsqueda de nuevas revelaciones, repiten maravillados. Como cuando leemos que un equipo de científicos neozelandeses ha comprobado que la gente alta tiene más probabilidades de darse en la cabeza con las señales de tráfico, o como cuando llega la noticia de que investigadores franceses han demostrado que cuesta conciliar el sueño después de darse una ducha fría.

Parece que con el dinero sucede algo parecido: lo que el común de los mortales siempre ha tenido claro a simple vista, la ciencia consigue comprobarlo mediante el microscopio. Ahora resulta que la gente rica no es sólo más feliz, sino que incluso tiene menos problemas de salud. Bien, en mi opinión, la Universidad de Warwick podía haber dirigido sus energías a otros ámbitos de estudio: las conclusiones, de sabidas, resultan redundantes.

Estamos acostumbrados a que los poderes públicos nos aleccionen para mejorar nuestra salud. Incluso inciden (dentro de sus posibilidades) es estados subjetivos como la felicidad. No existe hoy día administración pública que no cuente en plantilla con un nutrido grupo de psicólogos dispuestos a ayudarnos. Antes, cuando un suicida se demoraba sobre la cornisa de un edificio, siempre acudían primero los bomberos. Ahora, junto a estos heróicos profesionales, acude también el joven psicólogo del ayuntamiento, dispuesto a explicar al potencial suicida (sí, ese que lleva diez años en el paro, está alcoholizado y acaba de separarse de su mujer) que la vida, a pesar de todo, aún puede ser bella, porque los pajaritos cantan y las nubes se levantan.

No, no somos ricos, pero los poderes públicos promueven la mejora de nuestro organismo y el aumento de nuestra felicidad. Para ello dan consejos: que no fumemos, que no conduzcamos bebidos, que practiquemos el sexo seguro. Resulta misterioso, sin embargo, que no aludan jamás a las sanísimas costumbres de los ricos, esas costumbres que, asumidas con coherencia y compromiso, sí alargarían nuestra vida: no madrugar, no preocuparse, llegar a fin de mes con tal soltura que, de hecho, ni siquiera nos demos cuenta de que hemos llegado a fin de mes.

Uno entiende esas discretas omisiones. Después de todo, no parece socialmente constructivo recomendar la siesta vespertina o la inutilización de todos los despertadores del planeta. Ninguna sociedad digna de ese nombre podría sostenerse con toda una ciudadanía dedicada intensamente a la vagancia. No obstante, sería mejor moderar el discurso salutífero cuando no se puede llevar hasta sus últimas consecuencias.

Del dinero se han dicho muchas cosas, entre ellas que no da la felicidad, cosa que no estaría mal si no se olvidara también la segunda parte: que la felicidad no da dinero. Por fin, un equipo de sesudos investigadores desmonta el primer presupuesto: la riqueza sí proporciona felicidad. Te deja además un mejor cuerpo. Es lo que todos habíamos pensado, desde los obreros que se levantan de madrugada para acudir a frías naves industriales hasta los grandes rentistas, cuyo único trabajo consiste en visitar los martes al asesor de inversiones y comprobar, antes del aperitivo, a qué ritmo se multiplica su dinero.

El dinero, en el universo de los refranes, tiene muy mala prensa, y suele tenerla también en el discurso de sacerdotes, moralistas y gurús, pero parece que sus legendarias virtudes vienen ahora avaladas por la ciencia. Algo nos olíamos nosotros, ya que nunca atendimos aquella sugerencia que lanzó en su tiempo Jules Renard: 'Si crees que el dinero no da la felicidad, devuélvelo'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 14 de enero de 2002