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COLUMNA

Realismo

El feroz asalto de las mercancías ha durado un mes. Fue un ataque desmesurado porque incluía el blitzkrieg del euro, madre de todas las mercancías. Ahora que ya remite, nos vemos rodeados de objetos y los miramos perplejos. Máquinas que jadean como bestias, juguetes amenazadores, artefactos inertes pero cargados de potencia.

Los primeros en considerar el aspecto enigmático de las mercancías fueron Baudelaire, Marx y Freud. Cada mercancía es un generador de fantasías poéticas, políticas y sexuales. Pero la presencia abrumadora de mercancías en nuestra vida diaria las hace invisibles y, por lo tanto, más reales que lo real. Hay mercancías, como Bin Laden, cuyo merchandising incluye muñecos para niños palestinos, camisetas para creyentes musulmanes y defecantes para catalanes, por no hablar de la más valiosa de las mercancías, las news. Cuanto más invisible es, más sube el precio de la mercancía-Bin Laden. O el brujo Harry Potter. A la entrada del cine, un niño declaró que el libro era bueno, pero que prefería la película porque allí veía cómo era Harry 'en realidad'.

Llegar a ver las mercancías, y luego lo que ocultan las mercancías, es el ejercicio mental más difícil. Tardamos minutos en percatarnos de que la imagen de las Torres Gemelas ardiendo no era una mercancía. Durante unas horas fue real. Ahora vuelve a ser una mercancía. Los vídeos de Bin Laden son demasiado verídicos para que podamos creerlos. Parecen mercancías. Serían más verosímiles si los servicios secretos hubieran introducido a Donald o a Goofy junto al paranoico saudí. Es sumamente difícil ser realista en la actualidad.

Pero las mercancías más misteriosas son los objetos artísticos. Es cierto, una empleada barrió la última instalación de Damien Hirst, el más cotizado de los artistas británicos. La pobre mujer creyó que aquello era real. Ni siquiera alcanzó a verlo como mercancía. Llegar a ver las mercancías, y luego ver lo que ocultan las mercancías, es el ejercicio mental más difícil. Quizás imposible porque muchos ojos son ya mercancías electrónicas pasivas. No sirven para mirar la pantalla, sino para que la pantalla les vea.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 9 de enero de 2002