Reportaje:

Destellos en la noche

Tres coches dotados con radar vigilan por las noches la M-30 y denuncian a los conductores que superan el límite de velocidad

Diez de la noche. Viernes en la calle del Plomo 14 (Legazpi). Seis coches salen de la Unidad de Investigación y Prevención de Accidentes (UIPA) de la Policía Municipal. Tres son patrullas. Los otros tres, camuflados, pasan inadvertidos para muchos conductores. A otros pocos les resultará muy incómodo el dispositivo con el que van equipados: un radar que detecta los excesos de velocidad.

El procedimiento es siempre el mismo. Sale delante el coche patrulla. Lleva encendidos los luminosos azules y se le reconoce de lejos. El vehículo radar parte más lento para que entre ellos haya una distancia de 300 o 400 metros. Se hace así para que a los conductores que superen el límite permitido en la M-30 (90 kilómetros por hora) no les dé tiempo a levantar el pie del acelerador al ver al patrulla.

Los dos coches enfilan la M-30 en dirección a la carretera de Burgos (N-I). Manuel, el operador del radar, introduce todos los datos -día, hora y calzada- para que queden reflejados en las fotos que hace el radar. Ésto incluye disparar tres fotos para que avance el carrete. Los fogonazos del flash sorprenden a los conductores que circulan cerca. Alguno llega a pegar un fuerte frenazo.

Manuel, que lleva 20 años en este puesto, es el policía de Madrid con más experiencia en este servicio. 'La gente cree que sólo queremos recaudar dinero o que nos llevamos comisión por las multas. Pero desde que los radares volvieron a la M-30 [en marzo de 1999] el número de accidentes ha bajado, y mucho', asegura.

Los radares de la Policía Municipal impusieron 48.756 denuncias en el año 2000. En la actualidad hay ocho unidades. No todas trabajan en la M-30. También lo hacen en las principales calles de Madrid. En este caso se denominan estáticos. Su forma de actuar cambia respecto a los móviles: el vehículo camuflado aparca en una de las calles, entre otros vehículos, para pasar inadvertido; a 400 o 500 metros se colocan una o dos patrullas de agentes uniformados, a los que los operadores del radar van informando por radio de los vehículos que sobrepasan la velocidad para que aquéllos se encarguen de denunciarlos.

El radar de la M-30 empieza a medir velocidades. Es pronto aún y la M-30 está llena de vehículos. El coche camuflado siempre se coloca en el carril central o en el derecho. De pronto, una furgoneta Berlingo rebasa a gran velocidad el vehículo. El mando del radar emite un pitido y dispara el flash, visible en la noche. 'Atención, furgoneta por el carril izquierdo a 122 kilómetros por hora. Cuando llegue a vuestra altura os avisamos de nuevo', dice el conductor al patrulla. Mientras, Manuel empieza a apuntar los datos.

El conductor del radar reduce a cuarta, saca el indicador y acelera el vehículo. Los 110 caballos del coche hacen que salga disparado. También enciende una luz azul rotativa posterior y levanta una pantalla luminosa con la inscripción 'Precaución'. El coche patrulla también pone los luminosos azules y levanta otra pantalla con el mensaje 'Policía Municipal. Sígame'.

El patrulla se coloca delante de la furgoneta y la obliga a parar en el arcén. Un agente se baja e informa al conductor de que un radar ha detectado que circulaba con exceso de velocidad. La sanción será de 15.000 pesetas. 'El problema es cuando el conductor se enfada o insiste en que es injusta. Tenemos muchos problemas con los taxistas, porque nos empiezan a decir que les quitamos el pan de sus hijos', asegura José Luis, un agente del patrulla.

Tras poner la denuncia, los dos coches reemprenden la marcha. Nada más recorrer un kilómetro, un Opel Kadett con matrícula de Zaragoza rebasa el radar a 123 kilómetros por hora. El problema es que este conductor quiere evitar la denuncia e intenta salirse hacia la M-40.

'Cambia de dirección. Quiere adelantar por la derecha. Seguidle', indica el conductor del coche camuflado al patrulla. Tras cerrarle el paso, lo llevan a la incorporación de la M-40. Se trata de Israel M., un joven de Alcalá de Henares, estudiante de ingeniería informática. Como no lleva el carné de conducir, también le caen otras 5.000 pesetas. 'He visto el flashazo, pero no pensé que fuera a mí. No estoy de acuerdo con los límites de velocidad. En la M-30 se podría circular más rápido', se queja.

Los vehículos oficiales regresan a la M-30. Poco a poco, pasa la noche y se suman las sanciones. En un momento dado, Manuel dice por radio 'vamos a publicidad' y su compañero sonríe. Es la señal para dirigirse a cenar en las dependencias policiales. En el camino, el radar sigue funcionando. Se da la paradoja de que sus compañeros están sancionando en el arcén. Nada más rebasarlos, el radar salta de nuevo y caza a otro turismo. 'Alguna vez se ha dado el caso de que dos radares hemos pillado al mismo vehículo', comentan.

El radar sigue funcionando. Un destello alerta de que un Ford Orion ocupado por dos jóvenes ha pasado a 136 kilómetros por hora. El patrulla no oye el mensaje de aviso y el coche infractor le rebasa. El camuflado empieza a correr por la izquierda. Ha puesto los rotativos azules y ve cómo el coche se aleja. El conductor pisa a fondo: 110, 120 y hasta 130 kilómetros por hora. Enciende las sirenas. El coche va a más de 140. Al final logra adelantar al Orion y le hace señas de que pare a la derecha para notificar al infractor una sanción de 22.000 pesetas. 'Nunca se nos ha ido ningún coche. Y eso que a algunos le hemos pillado hasta a 190 kilómetros por hora', concluyen los agentes.

Una unidad con tres víctimas

Manuel, el agente con más experiencia en el radar, tiene un triste recuerdo en su carrera. Hace 10 años, el 20 de noviembre de 1991, morían dos compañeros suyos aplastados por una furgoneta junto al parque Tierno Galván. El vehículo, conducido por un toxicómano con siete antecedentes, les embistió por detrás y mató al conductor Ricardo Ríos Rivera, de 40 años, y al operador del radar, Gerardo Terrón Moral, de 36. Manuel recuerda que era a él a quien le habría tocado estar ese día en el radar estático. Un compromiso le llevo a cambiar el turno. 'Cuando llegué a las dependencias, no sabía nada. Me llamaron por teléfono y me dijeron que me sentara. No me esperaba un mazazo así. Fue muy duro pensar que yo podía estar ahí', recuerda Manuel. Este accidente motivó que los radares de la Policía Municipal dejaran de vigilar la M-30 de forma estática. Ocho años después, este servicio de vigilancia volvió a la principal vía de circunvalación del centro de la capital. El Ayuntamiento adquirió radares que permitían medir la velocidad en movimiento. El policía Antonio Bravo Orellana, de 55 años, y Alfonso Javier Gil Gutiérrez, conductor de 27 años que estaba siendo denunciado, murieron el 17 de julio de 2000 en el kilómetro 25,900 de la M-30. Un turismo les atropelló mientras cumplimentaban los trámites de la sanción. El vehículo que les atropelló chocó antes contra la mediana y salió despedido hacia donde estaban los dos hombres.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 01 de enero de 2002.

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