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COLUMNA

Españolismo

Lo escribió el otro día Javier Tusell: 'Una idea de España enteca, mutilada, chata, carente de lo mejor que nos caracteriza'. Eso transpira la ponencia sobre el 'patriotismo constitucional' que el PP ha preparado para su decimocuarto congreso. El historiador, apoyado en lo que denomina un 'patriotismo de la pluralidad' -que ya argumentó en su libro España, una angustia nacional-, fustigaba el cierre de filas antifederalista que el documento de los populares representa y espolvoreaba por pares algunos nombres que han aportado servicios a la conciencia de la diversidad: 'Oteiza y Chillida, Miró y Tàpies, Maragall y Pla, Joan Fuster y Castelao'. La alusión a Fuster, que adquiere un toque vibrante al lado del histórico líder galleguista, no es retórica. En el prólogo a un libro sobre Franco y el españolismo publicado por X. Arbós y A. Puigsec en 1980, el escritor valenciano reclamaba, como haría reiteradamente en su abundante bibliografía, una revisión del nacionalismo español, liberal y fascista, de derechas y de 'extrema izquierda', que necesariamente comenzara por dilucidar 'el concepto de España'. Probablemente Fuster sonreiría incrédulo a la vista del debate historiográfico y, ahora, político que se ha desencadenado. Pero el debate está ahí, afortunadamente. En aquel papel apuntaba el ensayista otra idea importante: 'Un mercat -una classe dominant- difon una ideologia: un nacionalisme. Avui és el nacionalisme espanyol; demà, probablement, hauria de ser un nacionalisme europeu, quan les duanes afluixen'. Ayer mismo, en Laeken, los Quince abrieron la vía hacia una Constitución. ¿Habrá que retomar también a Habermas para discutir sobre un patriotismo constitucional europeo? El Estado autonómico y la Unión Europea socavan viejos esquemas y obligan a pensar lo impensable. Por eso los conservadores de José María Aznar tratan de montar líneas de resistencia. No habría que olvidar lo que Manuel Castells le explicaba a Antón Baamonde en La reinvención de España: 'El centralismo en España ha sido la forma de expresión del Estado, mientras que la sociedad civil siempre ha tomado formas descentralizadas, y de autonomía cultural'. Está claro lo que nos jugamos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 17 de diciembre de 2001