Crítica:POESÍA
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Código del buen decir poético

Mucho se ha escrito y mucho se ha dicho acerca de aquella 'revolución poética' que Boscán y Garcilaso, en fecha de 1526, iniciaron, en soledad, y que tuvo como resultado la aceptación, adaptación y desarrollo de las formas de la métrica italiana en la poesía española. Los orígenes de la 'modernidad' poética tienen una fecha y unos protagonistas bien conocidos, y la estela de esta renovación ocupará la totalidad de nuestros Siglos de Oro y el género lírico. Buena parte del mérito en tal hecho cultural se debe, no hay duda, al poeta barcelonés y, sobre todo -como éste escribe-, al toledano; pero aquel fenómeno de recepción y asimilación de las fuentes italianas y clásicas se consolida en la obra de los que les siguieron, desde Gutierre de Cetina o Hernando de Acuña hasta Luis de Góngora o Francisco de Quevedo. La continuación, por una misma senda, de todo un estilo formal fue, en primera instancia, lo que delimita unos orígenes y permite, en alguna medida, hacer historia. Pero el objeto estético, como ya demostrará Fernando de Herrera (1534-1597) con sus Anotaciones a la poesía de Garcilaso (1580), no sólo precisa de una vida más allá de su vida (la obra de los discípulos o imitadores), sino, también, ser considerado como tal por el discurso crítico.

ANOTACIONES A LA POESÍA DE GARCILASO

Fernando de Herrera Edición de Inoria Pepe y José María Reyes Cátedra. Madrid, 2001 1.134 páginas. 3.000 pesetas

En toda la segunda mitad del siglo XVI las alabanzas de Garcilaso, tomado por poeta clásico, son casi un tópico. El mismo Francisco Sánchez de las Brozas, el Brocense, aplicará sobre la poesía del toledano, en 1574 y 1578, los rigores de la exégesis con que se comentaban las obras latinas. Herrera, en sus Anotaciones a la poesía de Garcilaso, no sólo trata a Garcilaso como clásico y como puerta de la modernidad poética en España, sino que, al estudiar su estilo, su retórica y, evidentemente, también sus deudas con el pasado, fija la obra del toledano y le atribuye el rango de objeto estético.

Hacen bien sus nuevos -y primeros- editores, Inoria Pepe y José María Reyes, al advertir al comienzo de su prólogo que el comentario herreriano, si con algo está comprometido, lo está con el plano de la expresión. Tenemos, más de cuatro siglos después de la escritura de Herrera, por fin, una edición anotada del libro del poeta sevillano. Sus actuales editores han repetido, en cierta medida, el proceso que hizo de Garcilaso, de su poesía, objeto estético; ahora, dicho proceso merecía ser aplicado sobre ese trabajo minucioso, erudito y escrito con una prosa tersa como el hilo de un arco que son las Anotaciones a la poesía de Garcilaso. Esta obra había sido objeto de multitud de glosas, estudios y comentarios, y había sido reproducida facsímil o transcrita; nunca hasta ahora alguien había decidido repetir el proceso que Herrera siguió hace más de cuatrocientos años pero, en esta ocasión, en torno a Garcilaso y al propio Herrera.

El poeta sevillano toma los

versos de Garcilaso y eleva, a partir de ellos, una teoría del lenguaje poético. Sus páginas sobre la metáfora, sobre el soneto, la octava, los vocablos nuevos o la elegía son discursos de un interés y una erudición incuestionables; pero, además, están escritos en una de las mejores prosas de la segunda mitad del siglo XVI. Herrera puede disertar durante varias páginas sobre las armas de fuego y la pólvora y, pocas páginas antes, detenerse en la explicación razonada de por qué la o y la a son, poética y fonéticamente, 'elementos enemigos'. Son las Anotaciones a la poesía de Garcilaso un compendio, una poética, una edición de la poesía de Garcilaso y, sobre todo, la obra de un escritor dotado de un inigualable sentido y conocimiento de la lengua española. Sus editores han llevado a cabo una labor encomiable, pues a la dificultad del texto y de su nueva anotación deben sumarse otros dos cuerpos de notas (uno, el suyo; el otro, con las variantes del Brocense), un total de seis utilísimos índices, un estudio preliminar bien medido y una bibliografía selecta que da cuenta de textos y trabajos sobre Herrera y la poesía de su tiempo. Aun así, a pesar de la complejidad y el volumen del libro, queda espacio en él para algunas notas al pie que, más que exhibición erudita -que, lamentablemente, se nos ha querido hacer creer que es la esencia del estudio filológico-, son prueba fehaciente del cuidado, paciencia y cariño con que el texto herreriano ha sido editado por Inoria Pepe y José María Reyes: léanse, si no, las notas sobre la metáfora y sobre el ritmo, casi brevísimos ensayos y compilaciones, y podrá certificarse lo dicho.

Decía Herrera que 'quien no alaba lo que merece estimación de gloria dicen que se mueve con pasión de calumnia'. Imposible, aquí, confesada o sigilosamente, moverse con dicha pasión: estamos ante un trabajo hecho con detalle, sin prisa, pionero, y que, además, es generoso con los autores que a partir de aquí quieran -como deben- profundizar en el estudio de esta compleja y singular obra. Diego Saavedra Fajardo, 15 años después de la muerte del sevillano, otorga a éste en su República literaria el honor de ser 'juez de los ingenios' poéticos españoles; Luis Cernuda, también sevillano, escribió que 'no otra cosa son las Anotaciones a la poesía de Garcilaso sino un código del buen decir poético', pues, como dijo: 'Es Herrera quien hace del lenguaje escrito algo remoto y aun opuesto al lenguaje hablado'.

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