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COLUMNA

Blair, el perfecto americano

Mientras en España nos entretenemos con la elevación a los altares, aún en vida, de José María Aznar, que ha convertido la decisión de no volver a presentarse en un nefando rito de culto a la personalidad, del exterior empiezan a llegar efectos colaterales de la crisis internacional muy preocupantes para la democracia.

El hiperactivo Tony Blair, metido en un frenesí arrollador en su tarea de embajador de los intereses de Estados Unidos, ha dado un paso más en su mimetismo del poder americano. Los denodados esfuerzos para convencer al mundo de que no hay otra estrategia que la de Bush deberían parecerle a Blair insuficientes. Y ha querido ponerse a la altura del presidente americano cogiendo las tijeras del recorte de los derechos y garantías de los ciudadanos. Blair pretende que la policía pueda detener indefinidamente a sospechosos de terrorismo sin ponerlos a disposición judicial. Para ello tiene que declarar en suspenso un artículo de la Convención Europea de Derechos Humanos, lo que requiere previamente la declaración de estado de emergencia. Una vez más Blair se comporta como un perfecto americano: se suma a la estrategia de fomento del miedo que la Administración Bush utiliza cada vez que tiene la sensación de que a la opinión pública le entran dudas sobre el modo de llevar la campaña antiterrorista y debilita un poco más a Europa abriendo una brecha sobre la restricción de derechos fundamentales, en la que pronto podría acompañarle Silvio Berlusconi y, estemos vigilantes, el amigo José María Aznar. Para todo ello Blair cuenta con su mayoría absoluta. Será una oportunidad de ver si en el laborismo empiezan a cundir las dudas sobre el exceso de celo del primer ministro.

El escrúpulo por mantener las garantías jurídicas del ciudadano debería formar parte de la respuesta al terrorismo. No parece éste el camino emprendido por Tony Blair

El escrúpulo en el mantenimiento de las garantías jurídicas debería formar parte de la respuesta al terrorismo. Porque el gran peligro es que el terror arrastre a los propios gobiernos y acaben tomando decisiones que les coloquen en situación simétrica con el enemigo terrorista. Y no es un peligro imaginario. Si, como dice Ehud Sprinzak, profesor de la Universidad de Jerusalén, 'la principal característica del terrorismo es el asesinato premeditado de civiles y no combatientes', los estados han sido los principales terroristas del siglo XX. Por tanto, todas las precauciones son pocas: el poder tiende siempre a buscar el camino aparentemente más recto, sin reparar en las consecuencias que puede tener para la sociedad democrática. Y la razón democrática se funda precisamente en impedir que se defiendan derechos, valores y propiedades violando derechos elementales. Además, declarar el estado de emergencia en la situación actual es añadir innecesariamente pánico al pánico. Y no es con temor que las sociedades democráticas se defienden, salvo que se quiera aprovechar la coyuntura para tenerlas un poco más domesticadas.

Porque ésta es la sensación que uno tiene viendo cómo se llevan las cosas desde el 11 de septiembre. Parece como si, después del choque inicial, el interés de los gobernantes fuera cultivar el miedo como modo de mantener a la ciudadanía paralizada, en posición de aceptación ciega de cualquier iniciativa de los gobernantes. Al mismo tiempo que Blair limita garantías en el Reino Unido, en Estados Unidos, después de renovar la licencia para matar a la CIA, se abre un debate sobre la tortura, con la pretensión de restaurarla para tomar declaraciones a terroristas, y se elimina el secreto en las comunicaciones entre los abogados y los presuntos terroristas encarcelados. ¿No es este saqueo lento pero constante de garantías democráticas un éxito de los terroristas? La voz de las asociaciones pro derechos civiles clama en medio de un silencio espeso, de una adhesión miedosa a los gobernantes que no augura nada bueno para el futuro de nuestras democracias.

En nuestras acomodadas sociedades, en que la mayoría de la gente piensa que tiene algo que perder, el argumento de la seguridad es demoledor. ¿Por qué, en vez de afrontar las enormes deficiencias de los servicios de información que no supieron detectar la laboriosa preparación de los atentados de septiembre, se persiguen unas modificaciones legales que no mejoran la seguridad y, en cambio, deterioran la calidad de la democracia? El miedo a perder lo conseguido hace que la ciudadanía acepte sin rechistar cualquier modificación legal que en nombre de la lucha antiterrorista se proponga. Pero este estado de excepción del compromiso con las libertades no mejora ni protege mejor a nuestras sociedades. Al contrario: demuestra su debilidad. Ante el riesgo son capaces de aceptar lo que sea. Es lo que sospechaban los estrategas del terrorismo y sobre lo que fundamentan sus operaciones desestabilizadoras. Y los hechos les han permitido demostrar que efectivamente sus atentados tienen consecuencias en las instituciones democráticas.

El monólogo de Blair ha eclipsado a todos los demás dirigentes europeos. El resultado es que no hay una voz europea propia sino una prolongación del discurso americano. Y que la ciudadanía se apresta a restar importancia a los retrocesos en materia de derechos, en nombre de la lucha antiterrorista, por supuesto. Naturalmente, no es imputable a Blair, que ha tenido el coraje que les ha faltado a los demás. Pero este episodio dejará su huella en la construcción europea. Porque Europa avanza cuando el liderazgo franco-alemán es fuerte. Y decae cuando la atención se desplaza a Londres. La querencia de José María Aznar por cualquier iniciativa que venga de Inglaterra confirma el antieuropeísmo del presidente: como sumiso aliado de Estados Unidos trabaja a favor de todo aquello que debilita a Europa. Y a su vez nos obliga a estar muy atentos a sus próximas iniciativas en materia antiterrorista. ¿Se resistirá a imitar a su amigo inglés?

A menudo estos liderazgos que, como el de Blair, consiguen un momento cenital en pleno conflicto se desmoronan después y acaban perdiendo cuando llega la hora de las elecciones. Cuando vuelve la normalidad, la ciudadanía tiene memoria y recuerda los excesos. Incluso los excesos de celo pueden ser castigados.

P. S.: Este artículo fue escrito con anterioridad al accidente de ayer en Nueva York. Cualesquiera que hayan sido sus causas, los argumentos expuestos me siguen pareciendo vigentes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 13 de noviembre de 2001