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Crítica:EL LIBRO DE LA SEMANA

El éxtasis de la mojigatería

Un comentario inocuo le vale a un profesor la acusación de racista. El novelista norteamericano Philip Roth narra la historia de una persecución a cargo de una sociedad pacata e hipócrita.

Un grajo criado en cautividad vuela un día desde su jaula a un árbol cercano; en cuestión de minutos, varios grajos se posan donde está él, parecen volverse locos y lo acosan hasta expulsarlo. El grajo escapa hacia su cuidadora. Cuando ella se lo cuenta a Faunia Farley, ésta dice: 'Es lo que ocurre por haber estado toda su vida con gente como nosotros. La mancha humana'.

Estamos en el verano de 1998, cuando saltó a la prensa el escándalo Lewinsky-Clinton. Tres años antes, en la ciudad de Athena, el decano Coleman Silk dejó el decanato, pero siguió impartiendo por un año la asignatura de Lenguas Clásicas. Un comentario inocuo al pasar lista hace caer sobre él la acusación de racista, lo que le provoca tal indignación que se jubila anticipadamente y se aleja de la universidad que él había contribuido a cambiar y modernizar. La muerte de su esposa al año siguiente lo enfurece de tal modo que una mañana se planta en casa del escritor Nathan Zuckerman (viejo conocido de los lectores de Roth), a quien apenas conoce, para pedirle que escriba la verdad de la historia. Una verdad que él no le relatará, pero que Zuckerman descubrirá y nos la mostrará como a Roth le conviene: con una complejidad tan notable como la del personaje central. Es la historia de una persecución: de una sociedad hipócrita y gazmoña -pero terrible- hacia un miembro extrañado; y la de ese extrañado -que debe interrogarse a su pesar a los 71 años acerca del orden y el sentido de sus valores- y también de una persecución indeseada pero paulatina hacia el fondo de sí mismo, aunque se mienta e incluso, a veces, se ciegue caminos.

LA MANCHA HUMANA

Philip Roth Traducción de Jordi Fibla Alfaguara. Madrid, 2001 440 páginas. 2.050 pesetas

Roth se sirve del caso Lewinsky para encuadrar la moral persecutoria que invade Estados Unidos

'(Cuando Lewinsky y Clinton) se comportaron en el Despacho Oval como dos adolescentes en un aparcamiento (...) hicieron que reviviera la pasión general más antigua de Estados Unidos, e históricamente tal vez su placer más traicionero y subversivo: el éxtasis de la mojigatería. En el Congreso, en la prensa y en las cadenas de televisión, los pelmazos virtuosos que actúan para impresionar al público, locos por culpabilizar, deplorar y castigar, estaban en todas partes moralizando (...) con un frenesí calculado...'. Esto es lo que afirma Zuckerman y de este ambiente de nueva caza de brujas es víctima del decano Silk, el primer judío que ejerció como decano en la Universidad de Athena. Philip Roth se vale del caso Lewinsky para encuadrar históricamente la moral persecutoria que invade el país y utiliza a su sosias Zuckerman como narrador. Es un narrador soberbiamente concebido, pues cuando confiesa que el libro que estamos leyendo es el libro que vino a pedirle Silk que escribiera, es cuando aceptamos plenamente que opere como narrador y como escritor, lo que permite una multiplicidad de puntos de vista absolutamente necesarios para armar este complejo y poderoso relato.

En las primeras 70 páginas,

Philip Roth cuenta el cómo y el porqué de tres personajes: Coleman Silk, su amante Faunia Farley -a la que lleva treinta y tantos años- y el escritor Zuckerman, que siempre habla por sí mismo. En la 71, cuando dice: 'Cuatro meses después de que dieran sepultura a los dos...' es cuando el relato empieza a moverse de verdad. Ahora sabemos la posición temporal desde la que escribe Zuckerman, aunque aún no sepamos que lo que leemos es el libro que Zuckerman escribió sobre Silk y Faunia; entonces es cuando los personajes empiezan a cobrar densidad. Roth sigue una técnica constante: a menudo se distrae de la anécdota central, pero cada uno de esos desvíos acaba demostrando ser un afluente de cualquiera de las vertientes por las que el agua afluye al caudal central. Silk es un personaje que avanza antes sobre sus relaciones que sobre sus reflexiones, de modo que está en un continuo y dinámico contraste que le hace mostrarse más y más al lector en unos movimientos de ida y vuelta entre él y el resto de los partícipes del drama. Los personajes auxiliares están dotados de una entidad a prueba de bomba, de manera que no explican a Silk, sino que lo completan, pero porque son ellos mismos, no porque se les solicite como comparsas. Esto requiere una sabiduría literaria de primer orden, que a Roth le sobra. La eficiencia del conjunto de personajes, su autonomía como tales, logran un prodigioso efecto de visión múltiple del personaje central.

Y este personaje, Silk, tiene un secreto. No lo voy a revelar, aunque el autor lo desvela al primer tercio de la novela; y no lo haré porque les deseo a ustedes que encuentren ese desvelamiento justo donde está situado. A partir de entonces, la riqueza de la situación global y la reducción a escala de la época Lewinsky de la ciudad de Athena, es sencillamente memorable. Hay que tener valor y conocimientos para llevar adelante una historia que en otras manos hubiera resultado un fiasco, hubiera sonado increíble; pero cuando se alcanza la sabiduría no hay obstáculo que se resista y eso le sucede a Philip Roth. No hay más que ver las calidades que alcanzan los personajes de Les Farley y Delphine Roux para aceptarlo sin reservas. Porque el secreto de Silk da la vuelta a la historia y al personaje y construye el mundo de esa materia contradictoria de la que está hecha la vida. Y qué decir de ese final que, poco a poco, a partir de los entierros de Silk y Faunia, va depositando lentamente y en extensión, como en la desembocadura de un tranquilo y majestuoso delta, el sentido último de la novela hasta ese final, en un lago helado en un circo de montañas, del que Zuckerman se aleja con visible inquietud y temor ante una 'visión tan pura y apacible como aquélla: un hombre solitario sentado en un cubo, pescando a través de 45 centímetros de hielo en un lago que constantemente renueva su agua en lo alto de una arcádica montaña de América'. Sobre esta imagen idílica cae, hay que subrayarlo, toda la complejidad y el peso de la novela, suspendiendo el ánimo del lector, pero maravillándolo también.

Ésta es la historia de un hombre cuya existencia está fundada a la vez en una negación y en una afirmación de sí mismo; un hombre que triunfa porque construye lo que deseaba; un hombre que, en cierto modo, se derrota y se merece a la vez, cuando la vida lo convierte en un cuerpo extraño dentro de una sociedad que cierra el siglo XX con un angélico desconocimiento del poder destructor que contiene en sí misma y también la amenaza que representa para sí misma. Es una maravillosa historia donde coexisten el coraje y la decadencia, la mentira y el pundonor, la necesidad y el fracaso. Es una novela sobre América y sobre el mundo occidental que se adentra en la materia de la que están hechas las grandes novelas: la dolorosa escenificación de la atomización de la verdad y la lucha contra la incertidumbre en la vida del hombre contemporáneo.

La gran tradición de la narrativa judía

LA MANCHA humana forma, junto con Pastoral americana y Me casé con un comunista, una trilogía de la vida americana del segundo medio siglo XX que sólo parece comparable a realizaciones de la envergadura de la Trilogía USA de John Dos Passos. Philip Roth (Newark, Nueva Jersey, 1933) fue, durante los años finales de los sesenta y el decenio de los setenta, un novelista dedicado a hablar sobre los problemas sexuales y familiares de la clase media; pertenece a la gran tradición de la narrativa judía cuyo padre fundador es Henry Roth (con la prodigiosa novela Llámalo sueño) y que tiene representantes tan notables como Saul Bellow o Bernard Malamud. Ha sido estrictamente contemporáneo de los posmodernos -acaso la mejor y más audaz generación de narradores norteamericanos desde la 'generación perdida'- y, en mi opinión, le hubiera sido difícil destacar junto a tantos escritores extraordinarios de no ser por algo que sucedió en su interior y en su escritura de lo cual da testimonio una novela: La noche de Sabbath, que obtuvo el National Book Award, premio que también ganó con Operación Shylock.

¿Cambió algo sustancial en él con tal libro? En mi opinión, cambió su visión de América, sencillamente; se engrandeció de tal modo que sus novelas pasaron de ser retratos excelentes a ser auténticas representaciones del mundo.

Malcolm Bradbury señaló, a propósito de su narrativa: 'Fue durante la presidencia de Kennedy cuando Roth advirtió la asombrosa irrealidad de la historia norteamericana'. El camino de Roth ha sido desde entonces un camino hacia el encuentro entre la relación vida privada-vida pública en la Norteamérica contemporánea. Pero cuando concibió la gargantuesca historia de Mike Sabbath, se sumió en la América de su tiempo para dar un salto delante de incalculables proporciones: encontró, dentro de la sociedad americana que venía retratando, el modo de representar la esencia de los elementos que conformaban la irrealidad a la que se refería Bradbury; y entonces la perspectiva cambió; lo que parecía un retrato tradicional y aggiornado de la vida media americana se convirtió, sin salir de ese territorio, en una ambición de corte tolstoiano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de noviembre de 2001

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