TERCERA EDAD

Crisis en el sistema de atención a los ancianos

Un tercio de la población española tendrá más de 65 años en 2020, pero se ignora cómo se le cuidará

Ancianos atados, frigoríficos sin comida, medicinas en bolsas sin control, residencias clausuradas sin que los familiares recojan a sus mayores, una anciana que salta por la ventana para escapar de sus cuidadores. Éstas escenas vividas en tres residencias de ancianos de la Comunidad de Madrid han desatado la alarma social en las últimas dos semanas.

La mala práctica profesional en las residencias preocupa a la opinión pública española, porque es una situación a la que llegarán todos los ciudadanos. Sin embargo, tres días entre ancianos, sus familiares y todo tipo de profesionales que se ocupan de su cuidado hacen patente que la denominada tercera edad es el resto del año la gran olvidada de la sociedad. Ni siquiera hay una planificación, que ataña a todo el país, de cómo se va a cuidar a los ancianos cuando, como señalan las previsiones demográficas, la población de más de 65 años sea un tercio del total, lo que ocurrirá alrededor del año 2020.

El cuidado de los mayores descansa hoy sobre todo en la familia, especialmente en las mujeres. Pero ésta dejará de ser una solución en poco tiempo, y no sólo porque hayan entrado en el mercado laboral. 'El envejecimiento que desde hace 10 o 15 años sufre la sociedad, porque la gente vive más años, se verá agravado por las consecuencias de la escasa natalidad', explica el demógrafo Joaquín Arango. 'La perspectiva del pasado era que de vez en cuando sobrevivía largamente un cónyuge con tres o cuatro hijos que se repartían su cuidado. En el futuro, un único hijo tendrá que hacerse cargo de dos progenitores de edades avanzadísimas'.

Pocas instituciones

Sin personas, la solución pasa por fortalecer las instituciones. Pero todavía su presencia es ínfima. Apenas hay residencias para los mayores: existen 3.370 en toda España, que albergan a un 3% de las personas de más de 65 años, según datos del Instituto de Migraciones y Servicios Sociales (Imserso).

La iniciativa privada ha comenzado a entrar en las residencias como un negocio y por eso se ha duplicado su existencia en los últimos 10 años. La proporción de establecimientos privados es hoy abrumadoramente mayor. Si tradicionalmente convivían instituciones públicas con otras regentadas por comunidades religiosas, se han sumado residencias que se asemejan a hoteles, pero con servicios geriátricos. Sólo en Madrid existen 76 residencias cuya tarifa supera las 150.000 pesetas mensuales, pero que pueden llegar a las 300.000, frente al 75% de la pensión que se paga en las públicas. Además de la estancia, los nuevos servicios incluyen otros de peluquería, podología, terapia ocupacional, rehabilitación física, tratamientos psicológicos y un largo etcétera.

Los familiares ya no aceptan que se aparque sin más a sus mayores. Exigen cuidados que requieren personal cualificado. 'Hemos creado unas necesidades', asegura José Joaquín García, vicepresidente de la Federación Nacional de Residencias Privadas. 'Hace 25 años, el único interés de las familias era convencernos de que querían mucho al abuelo, pero que no podían ocuparse de él. Les decíamos que tenían que olvidar su complejo de culpa. Hoy han asumido que el anciano tiene unas necesidades que ellas no pueden cubrir'.

Y no se trata sólo de cuidados físicos. También afectan las variadas situaciones familiares. Como la de Eusebio González. Sus 96 años son muchos para valerse enteramente por sí solo, aunque todavía se mueva sin ayuda. Vivía solo en su pueblo, Toral de los Vados (León), hasta que decidió marcharse a una residencia de su provincia. No sirvieron las ofertas de sus dos hijas de tenerlo con ellas. 'No quiere vivir en Madrid, aunque sabe que preferiríamos que estuviera en nuestras casas', explica su hija Isita. Ella y su hermana lo visitan este fin de semana, pero otras familias ni siquiera pueden permitirse desplazarse.

Las residencias se han ido convirtiendo en una suerte de hospitales. 'Es un descanso para la Administración, porque una cama hospitalizada cuesta unas 50.000 pesetas diarias', asegura García. Antes ingresaban en estos establecimientos mayores que se podían valer por sí solos. Hoy acuden a las residencias cuando ya no pueden hacerlo. 'La media de edad ha subido mucho en los últimos 15 años', asegura Soledad Plaza, asistente social de la Residencia Tercera Edad de Cuenca. Allí, de sus 154 residentes la media es de 87 años, aunque hay muchos de entre 90 y 94 años. 'Ya queda poca gente válida y la mayoría de las solicitudes que se reciben son de personas dependientes'.

Como las plazas públicas son limitadas, afloran residencias clandestinas, como se ha visto en Madrid. Ofrecen sus servicios, más baratos, a familias que no pueden permitirse más gastos y en la que la carga del cuidado del anciano es excesiva. 'Es lo mismo que ocurre en cualquier tipo de servicio', apunta el vicepresidente de la Federación Nacional de Residencias Privadas. 'Aunque nadie achaca a todos los hoteles el que uno funcione mal'. El problema, según él, es la falta de unidad legislativa. Desde hace unos años las competencias sobre estas instituciones recaen en las comunidades autónomas y no existe un órgano estatal que las fiscalice. El Imserso ha perdido esta competencia, sólo centraliza datos estadísticos y no hay ninguna institución de ámbito estatal que vigile el funcionamiento de las residencias.

Para paliar esta carencia, algunas comunidades, el propio Imserso y representantes de las residencias privadas han acordado dotarse de una normativa de cumplimiento voluntario a través de la Asociación Española de Normalización y Certificación (Aenor). Se obligan a cumplir una serie de requisitos de gestión integral, equipamiento, formación del personal y a cambio reciben una certificación de calidad, que les impone un seguimiento anual. Las primeras se concederán el mes que viene.

Centros de Día

Pero las residencias no sólo tienen mala fama por los abusos. La opinión generalizada es que tampoco son una solución, porque donde mejor está un anciano es en su casa, con su familia. Como lo habitual es que no estén acompañados las 24 horas, funcionan en muchas comunidades los centros de día, de titularidad pública. Permiten que los mayores permanezcan en sus hogares, aunque pasan el día en ellos, con atención médica y de cuidadores profesionales, a cambio del 25% de su pensión. En España funcionan ya 5.240 centros.

Daniela de la Torre, de 73 años, acude cada día a uno de los cuatro centros de este tipo que hay en Cuenca. 'Yo vivo sola porque mis hijos no se pueden ocupar de mí', explica. Pero tampoco puede pasar el día sin compañía porque debe estar conectada a una bombona de oxígeno. 'Cada mañana vienen a buscarme del hogar en una ambulancia y me traen por la tarde. Desde que estoy aquí mis hijos y mis vecinas dicen que he cambiado mucho. Antes estaba sola y ahora me paso el día con amigas, y pinto, hago gimnasia, leo el periódico'. Daniela no quiere ni oír hablar de una residencia. 'Mientras no cierre los ojos, que no me saquen de mi casa', dice firme.

La necesidad ha ido ideando otros métodos: la vigilancia del anciano a través del teléfono o cámaras, los cuidadores por horas, voluntarios... Y comienza a nacer todo un nuevo ámbito laboral de especialistas: especialidades médicas, masters en Gerontología, animación social, etcétera. Aunque aún insuficientes para los 14 millones que en 2020 serán ancianos.

Europa y sus mayores

El cuidado de los ancianos se contempla de diferente forma en los países vecinos. En Francia su gestión depende de los consejos regionales, organismos equivalentes a las autonomías aunque con menos poder, y una parte de su coste forma parte de las ayudas sociales, informa Joaquín Prieto. El Gobierno acaba de poner en marcha un plan de revisión del cuadro legal y de financiación de 10.000 centros y ha exigido a los consejos que se comprometan más en su vigilancia. La asistencia a los ancianos está también descentralizada en Italia. Cada región lleva adelante sus iniciativas en esta materia y es responsable del funcionamiento y la situación de las residencias para ancianos como lo es de las instalaciones hospitalarias, informa Lola Galán. En el caso de la Lombardia, por ejemplo, la región tiene una doble política: ofrece asistencia domiciliaria a los ancianos con capacidad para vivir solos y tiene una red provincial de las llamadas RAS, (Residencias Asistenciales Sanitarias), con puestos permanentes de carácter asistencial-hospitalario a aquellos con incapacidades parciales o totales. No obstante, la mayoría son residencias de pago. Si un anciano en estas circunstancias prefiere vivir con su familia, ésta puede optar a una ayuda económica especial. En Alemania, cerca de un 7% de la población mayor de 65 años vive en residencias de tercera edad, en las que, según el caso, recibe atención las 24 horas o puede recurrir a un mínimo de servicios en la llamada "vivienda asistida", informa Ciro Krauthausen. Los costes son sumamente altos (hasta 595.000 pesetas mensuales, en residencias especializadas), y sólo una mínima parte puede sufragarlos con sus propias jubilaciones. El dinero que haga falta es asumido por la Seguridad Social, que en 1995 fue complementado con un seguro obligatorio de cuidados intensivos. También los ayuntamientos y diversas organizaciones benéficas y eclesiásticas gestionan residencias, sometidas a una periódica supervisión estatal y en las que, con frecuencia, es notoria la falta de personal cualificado. En Suecia, la competencia corresponde a las comunas, informa Ricardo Moreno. Desde hace unos años éstas han llegado a acuerdos con empresas privadas para que las dirijan. Unido a la política general de austeridad de gastos ha repercutido negativamente. Hace dos meses salieron a la luz varios casos de maltrato, que incluían casos de ancianos con heridas infectadas por gusanos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 13 de octubre de 2001.

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