Crítica:58ª MOSTRA DE VENECIACrítica
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Rohmer aporta un filme excepcional para avalar el León de Oro a su carrera

Cierran el concurso buenas películas del francés Philippe Garrel y del yugoslavo Goran Pascalievic

Eric Rohmer llegó de París escoltado por sus jóvenes 82 años y por algunas zancadillas del rancio subsuelo nacionalista de su tierra, que no le perdona que haya adoptado 'un punto de vista extranjero' para narrar sucesos capitales de la Revolución Francesa en La inglesa y el duque. Es ésta una película inolvidable, inundada de generosidad, inteligencia y espíritu de libertad, una obra maestra, llena de universo y que es cumbre de uno de los más eminentes cineastas europeos que existen. Con ella, Rohmer ilumina la justicia que ayer le hizo dueño de un León de Oro en reconocimiento de toda su inmensa obra.

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Rohmer ha extraído La inglesa y el duque del Diario de mi vida durante la Revolución Francesa, de la escocesa Grace Elliot, esposa del lord inglés John Elliot y amante del futuro rey británico Jorge V, con el que tuvo una hija, antes de viajar a París e instalarse allí como amante de Philippe, duque de Orleans, un aristócrata que se convirtió en dirigente revolucionario del Partido de los Girondinos y que votó en la Convención Nacional de enero de 1793, bajo el directorio del jefe de los jacobinos Robespierre, la ejecución en la guillotina de su primo el rey Luis XVI.

Dice Rohmer: 'La revolución tuvo momentos bellos y felices, como el entusiasmo de las multitudes en las calles, el estallido de la solidaridad y la Concordia. Pero esto ya lo ha contado el cine francés. En cambio, lo que no ha contado es el terror. De los acontecimientos de 1789 a 1794 apenas se sabe nada en nuestras pantallas. Parece que hay miedo a hablar de ello. Pero yo no tengo miedo'. Y añade: 'No hablo de la revolución sino del terror', y en su filme propone con gallardía la idea de que el terror nunca es revolucionario y que hay que desconfiar de sus profetas: 'Robespierre era un hombre peligroso, a la manera en que siempre son peligrosos los hombres demasiado virtuosos'.

La hermosa imagen pictórica naïf con la que Rohmer hace cine químicamente puro mediante la ritualización y teatralización de los sucesos es una prodigiosa aplicación de las técnicas de efectos digitales a la conquista de una verdad mediante una ficción. El efecto digital, casi siempre asociado al engaño anticinematográfico, es aquí absorbido por la sutil fuerza de la busca de ideas. El retrato que Rohmer hace de Grace Elliot es vivísimo, de luz sorprendente, pero su hondura aumenta en la indagación del cineasta dentro del enigma del duque de Orleans, que sin duda es una figura que apasiona a Rohmer, y éste traslada su fascinación a una creación fílmica memorable, insuperable: 'No amo las películas maniqueas', dice el viejo cineasta, 'porque todos tenemos doble personalidad y yo adoro las contradicciones y las paradojas, como las del republicano duque de Orleans, padre del futuro rey Louis Philippe y primo del rey que mandó a la guillotina'.

El otro filme francés es Salvaje inocencia, donde Philippe Garrel intenta otro de sus baños de cine inhóspito sin tregua. Esta vez acude Garrel a la ayuda del viejo Raoul Coutard, que le proporciona una fotografía antigua de poderosísima vigencia, las asombrosas miradas grises, blancas y negras de los primeros filmes de Jean-Luc Godard y su forja del golpe de timón formal del que Garrel aún alimenta su cine, que tiene fuerza, pero cuyo juego crepuscular roza el manierismo autoplagio.

Muy fuerte e interesante es El hombre que quería ser árbol, filme irlandés del yugoslavo Goran Pascalievic, que hace un trabajo notabilísimo de dirección de actores y el irlandés Colm Meaney se convirtió ayer en un inesperado favorito.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 07 de septiembre de 2001.

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