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Crítica:CORRIDAS GENERALES DE BILBAO | LA LIDIA

Lo más opuesto al toro de lidia

Sacaron en la plaza de Bilbao, que goza fama de torista, lo más opuesto al verdadero toro de lidia. Tiene bemoles el asunto.

Cualquier otra especie del reino animal, incluida la gallina, habría estado más próxima a lo que debe ser el toro de lidia.

Entiéndase: a una gallina, con mayor motivo un perro, un gato, una mosca, se pone alguien a pegarles derechazos y llega un momento en que se cabrean.

Los presuntos toros de Zalduendo, en cambio, que soltaron en la torista plaza de Bilbao, ni se cabreaban ni nada. Antes al contrario, después de haberse pegado unas cuantas costaladas se resignaban a que el coletudo de turno les pegara los derechazos, aguantaban sandios lo que les echaran, les metían la estocada casi sin enterarse y morían igual de lilas que habían vivido.

Zalduendo / Jesulín, Finito, Julia

Toros de Zalduendo, discretos de presencia, inválidos, aborregados y zopencos. Jesulín de Ubrique: media estocada caída (ovación y salida al tercio); dos pinchazos -aviso- y media (silencio). Finito de Córdoba: estocada trasera (oreja); estocada trasera (pitos). Rafael de Julia: estocada corta baja y dos descabellos (vuelta); dos pinchazos -aviso-, dos pinchazos más y estocada (aplausos). Plaza de Vista Alegre, 20 de agosto, 3ª corrida de feria. Cerca del lleno.

El toro de lidia -ya se sabe- es otra vaina, le alienta distinto conformar, que se caracteriza, precisamente, por no conformarse con nada, reaccionar en plan bronca a los derechazos y, a la agresión, tirando una cornada a la ingle.

Luego es oportuno preguntarse qué raro sucedáneo del toro de lidia soltaron en el torista coso de Bilbao; quién dio el cambiazo y con qué autorización, si los responsables han sido puestos a disposición de la autoridad judicial. Y, sobre todo: que devuelvan a la afición el dinero del boleto.

Sería lo menos. Porque como consecuencia de que no había toros verdaderos en el redondel aquello fue un aburrimiento insoportable, una especie de tortura, un castigo divino.

Mucha gente no se durmió porque otra mucha no paraba de aplaudir. En la plaza de Bilbao suceden estas cosas extrañas: la llaman torista y lo que sale en lugar de toros son borregos; una vez los borregos en el redondel, parte del público se pone a aplaudir.

Si alguien preguntara qué aplaude, sería sencilla la contestación: todo. Gran parte del público de la torista plaza de Bilbao aplaude cuanto se mueva. Aplaude hasta las caídas de los toros. Rafael de Julia dio un pase de pecho mientras el toro se desplomaba a sus pies y el público rompió en una ovación que no terminó hasta que el toro consiguió incorporarse tras denodados esfuerzos.

No se trató de un caso único. Se ha mencionado a título de ejemplo. Los toros trastabillaban nada más saltar a la arena. A los primeros lances ya estaban perdiendo pata o cayéndose de culo. Durante el tercio de varas rendían abatidos por su congénito mal, de confuso origen. Tomaban las muletas con docilidad manifiesta hasta que perdían la codicia; y soportando inanes las tercas porfías de los coletudos, delataban su condición de zopencos.

Decir del sopor, del hastío, en semejantes condiciones sería incurrir en redundancia. Y seguramente lo mismo añadir que cuanto pudieron hacer con esos sucedáneos de toros los toreros carecía de interés.

Jesulín de Ubrique, toreando fuera de cacho, templó algunas tandas de derechazos a su primero y a su segundo lo sometió al suplicio del pegapasismo desconsiderado, extensible al público inocente que no merecía semejante trato. Finito de Córdoba, igual de fueracacho, alargaba medio tumbado los derechazos con el pico al borrego vacuo que hizo tercero, y pues lo mató pronto, le dieron una oreja. Al quinto, igual de estólido, lo trató Finito cual si fuera pregonao -todas las precauciones eran pocas, mantazos crispados, presuroso macheteo- y aunque volvió a matar a la primera, le pitaron. Rafael de Julia interpretó toreo de mayor consistencia, tuvo la deferencia de entrar a quites y ensayó el natural con ribetes clásicos; mas la futilidad de su aborregado lote sólo podía conducir a la indiferencia y al tedio. Y eso pasó. En la torista plaza de Bilbao.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 21 de agosto de 2001