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COLUMNA

Barbaridades

El sida se ha convertido en el principal problema sanitario para la población de muchos países, en especial los menos desarrollados. El 70% de las personas seropositivas del mundo, es decir, 23,3 millones, vive en el África subsahariana, región que sólo representa el 10% de la población mundial. Allí han muerto ya 11,5 millones de personas a causa del sida, el 83% de los fallecimientos que la epidemia ha causado en el todo el mundo. A causa de esta terrible enfermedad mueren cada día miles de ciudadanos en esos países, donde se cuenta por millones el número de personas seropositivas -la mayor parte de las cuales morirá en los próximos diez años- y donde el mal se propaga a un ritmo vertiginoso debido tanto al desconocimiento como a las dificultades de acceso de la población a los preservativos, que se han demostrado como un eficaz método para frenar el avance de la plaga. Y ahí nos topamos con la cuestión religiosa. En Kenia, los líderes religiosos, tanto cristianos como musulmanes, se han opuesto al plan del Gobierno de ese país -que cuenta con 2,3 millones de seropositivos, de una población de 30 millones- para importar preservativos. La importación de condones, dicen, hará que más gente practique el sexo y propiciará la promiscuidad y el adulterio, que 'va contra las leyes de Dios'; por eso proponen la abstinencia sexual. Con el peregrino argumento de que no se puede detener la epidemia del sida con el preservativo, 'del mismo modo que no se puede frenar un río desbordado con sacos de arena, cuando se han roto los diques', la Iglesia católica se opone a la distribución de profilácticos entre la población. Los popes religiosos muestran así, una vez más, sus anacrónicas y retrógradas posiciones en cuestiones de vital importancia para la sociedad. Ya se sabe que en el nombre de Dios se cometen las mayores barbaridades, pero parece mentira que en el siglo XXI sigan pasando estas cosas. Y predicando barbaridades, es normal que el pueblo diga barbaridades, como la de un taxista de Nairobi que aseguró estar dispuesto a correr el riesgo de practicar el sexo sin preservativo porque hacerlo con condón es como 'comerse un caramelo con el envoltorio'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 17 de julio de 2001