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CRÓNICA

El Zaragoza pone rumbo a Sevilla (0-1)

El Atlético cierra la temporada con dignidad, pero no es capaz de superar el resultado de la ida

Con muchos más sudores de los esperados, recapacitando en la segunda parte del tormento en el que convirtió la primera, el Zaragoza alcanzó la final de la Copa del Rey. Perdió en la vuelta, pero le valió la ventaja alcanzada en la ida en el Calderón. El Atlético cayó eliminado, pero con dignidad. Rozando la remontada, sin doblar la rodilla hasta el segundo final y creyéndose al fin el equipo que se había negado a ser en toda la temporada.

Un exagerado ataque de pánico del Zaragoza devolvió al Atlético a la semifinal. Sucedió después de que Paco, en su segunda intervención -la primera fue el encontronazo con Fernando Torres que provocó la salida del campo del chaval con la clavícula derecha rota- dejara a su equipo con diez. Fue quedarse el Zaragoza en inferioridad y olvidarse al instante de la colección de ventajas que le ofrecía la eliminatoria: la del marcador, la soltura con la que inició la cita, el estado agónico del rival... De pronto, el temor se apoderó de la cabeza y las piernas de los zaragocistas. El balón les quemó. Creyeron ver en el adversario a un gigante devorador. Y hasta se convencieron de que no les quedaba otra que refugiarse atrás.

ZARAGOZA 0|ATLÉTICO 1

Zaragoza: Laínez; Pablo, Paco, Rebosio, Cuartero; J. Ignacio, Acuña; Garitano (Martín Vellisca, m. 56), Jamelli, Ferrón (Aguado, m. 15); y Yordi (Gurenko, m. 46). Atlético: Toni; Aguilera, Santi, Hibic, Toni (Fagiani, m. 10), Dani, Mena (Cubillo, m. 77), Hugo Leal, Luque; Salva y Torres (Correa, m. 3). Goles: 0-1. M. 29. Internada de Aguilera por la derecha, que consigue sacar un centro a media altura al que no llega Salva pero sí Fagiani, que marca en el segundo palo. Árbitro: Losantos Omar. Amonestó al jugador del Atlético, Mena, y a los de Zaragoza, Garitano, Cuartero y Aguado. Expulsó con roja directa a Paco (m. 14) y a Correa por doble amonestación (m. 84). Unos 30.000 espectadores en el estadio de La Romareda de Zaragoza. Clasificado el Zaragoza para la final de la Copa del Rey, que se disputará en Sevilla el día 30, por un tanteo global favorable de 2-1.

Hasta Acuña, emperador del partido y el balón en los primeros compases, se equivocó: renunció a su clarividencia para descubrir los espacios vacíos y conducir hacia allí el juego de su equipo y decidió que la vía que le convenía era la pasional. En cuanto tentó sin éxito la ley de la compensación del árbitro, disfrazando un acoso de Hugo Leal en una brutal agresión, el Atlético comprendió que le habían dado licencia para entrar a saco en la reunión.

Y lo hizo con decisión, despojándose de los complejos que le habían tenido bloqueado, a tiro siempre del sonrojo y la vergüenza. Al Atlético le había mirado un tuerto en el arranque -la lesión de Torres y la posterior de Toni Muñoz en el día de su despedida como rojiblanco-, pero el perfil que adquiría la cita, que ni pintado para recuperar parte de la reputación perdida en la competición liguera, le compensó. El Atlético contestó al temblor de piernas del contrario con un descomunal golpe de fe. Y con fútbol bien jugado, el elemento del que ha carecido todo el curso.

Cada jugador del Atlético comenzó a parecer un futbolista nuevo y mejorado. Hibic y Santi se blindaron atrás con seguridad y clase, Fagiani se dejaba la piel por llegar hasta el fondo, Aguilera desbordaba como en sus mejores tiempos, Dani destrozaba a su par con unos recortes portentosos, Hugo Leal lo recuperaba todo y aportaba una profundidad desconocida al juego... De su nueva versión el Atlético sacó un gol y media docena de ocasiones que terminaron por sacar al Zaragoza del césped.

Sólo José Ignacio trataba de introducir lógica y sentido común en el Zaragoza. Pero pesaba más el miedo general. El conjunto rival perdía el balón, lo regalaba, con facilidad pasmosa. Como si con esa asombrosa jugada con la que abrió al partido no hubiera existido -una combinación múltiple que dejó hecho un nudo al Atlético y que no acabó en gol de milagro-, se limitó a defenderse, con despejes al vació la mayoría de las veces, y a protestar cualquier decisión del árbitro.

El Zaragoza entendió sus pecados en el descanso. Y salió más relajado en la segunda mitad, con otras pretensiones. Reduciendo riesgos, pero sin la absurda renuncia al balón que tanto daño le había hecho. Se defendía, sí, pero ya no con el despeje y la falta metida entre ceja y ceja, sino con la determinación de cortar y seguir jugando, de alargar las posesiones entreteniendo la pelota y también soltando de vez en cuando alguna contra. José Ignacio, el mejor, se había salido con la suya.

El Atlético siguió entero, pero acusando sensiblemente la falta de oxígeno. Hugo Leal continuó enorme, pero, salvo en Luque, que se sumó a la fiesta, ya no encontró tanta colaboración ofensiva. Principalmente, porque el Zaragoza ya no fue tan fácil de atravesar. Con todo, a los rojiblancos les alcanzó para enseñar los dientes. Tuvieron sus ocasiones, pero ya no encontraron más el gol. Sobre todo, por Salva, que, otra vez más pendientes de los reproches que del balón, estuvo especialmente desacertado.

Al final, el Zaragoza saltó a la final de Copa, la novena de su historia, y puso rumbo a Sevilla. Y el Atlético se despidió de la temporada. Una temporada para olvidar, desastrosa, pero que justo el último día abandonó de pie, con la cabeza alta por una vez.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 24 de junio de 2001