LA CRÓNICA
Columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Mi amigo Popeye

Mantenía Schopenhauer que la humanidad se divide, a grandes rasgos, en dos colectivos: el de los que huyen del dolor y el de los que buscan el placer. Según el filósofo alemán, la segunda opción garantiza la catástrofe, mientras que la primera es la que adoptan las personas inteligentes. Puede que tuviera razón, porque los occidentales pudientes nunca han tenido tanto miedo a todo como ahora. Yo me paso la vida cruzándome con gente que huye del dolor y su conversación me produce un aburrimiento infinito. Siempre van tirando, nada les hace ilusión, carecen de proyectos estimulantes y sienten una grima tremenda hacia esa vida que llevan y a la que no están dispuestos a renunciar, no fuera a ser que las cosas empeoraran aún más.

Evidentemente, Popeye no se llama Popeye. Atiende por José Manuel Campos, nació en Almería hace 37 años, se ha pasado la vida en Barcelona y se dedica al cine

Mi amigo Popeye, afortunadamente para mí, pertenece al colectivo de insensatos que buscan el placer y que ya fueron anatematizados en su momento por el ínclito Schopenhauer. Cuando me llama por teléfono es para contagiarme su entusiasmo por el proyecto que tiene entre manos en esos momentos.

-Hola, Ramón, soy Popeye -me dice-. Tengo cosas que contarte.

Y yo quedo con él para que me las cuente porque estoy seguro de que me divertiré más con su charla que con la de alguno de esos escapistas del dolor siempre dispuesto a explicarme lo mucho que lo maltratan en ese trabajo asqueroso que tiene y que no abandona porque le pagan demasiado.

Evidentemente, Popeye no se llama Popeye. En realidad, atiende por José Manuel Campos, nació en Almería hace 37 años, aunque se ha pasado la vida en Barcelona, y se dedica al cine. En concreto, a los documentales. Hace cuatro años le dieron un goya por Virgen de la Alegría, un espléndido cortometraje ambientado en la residencia para afectados por el síndrome de Down donde mora su hermano. El tema era duro, pero el amigo Campos, que puede llegar a ser nuestro François Truffaut de la no-ficción, se las apañó para tratarlo con una eficaz mezcla de ternura y humor que conseguía llegar a una conclusión admirable: la de que la vida de los enfermos es igual a la de los sanos.

Lo que más afecta es lo que sucede más cerca. Para no perderte nada, suscríbete.
Suscríbete

Ahora Popeye anda metido en un documental a cuatro bandas sobre el asunto de la emigración: 'Me cayó prácticamente por casualidad. Yo estaba sin un duro, como tengo por costumbre, cuando se me ocurrió llamar a mi amiga Iciar Bollaín. Para felicitarle las pascuas, que conste, no para sablearla. Entonces me contó que tenía una oferta para un documental, pero que no podía hacerlo porque acababa de ser madre, y me dijo si me apetecería hacerme cargo del asunto. La perspectiva de poder pagar el alquiler de mi pisurrio de la Barceloneta me animó y dije que vale. Lo mejor de todo es que el encargo se ha convertido en poder hacer lo que me sale de las narices'.

Y lo que le ha salido de las narices es centrarse en las mujeres dominicanas que se ganan la vida en Barcelona como pueden 'mientras sus maridos, en la isla, se tocan las narices y se gastan el dinero que ellas les envían con otras mujeres. ¡Un escándalo, macho!'. Una vez más, un tema duro para el amigo Popeye, que él, según cuenta, está resolviendo con el mismo optimismo que aplicó a la desgracia de su hermano.

El hombre tiene más proyectos. Estuvo embarcado un par de meses para ambientarse con vistas a una película que quiere rodar sobre el mundo de la marina mercante, al que perteneció su padre: 'No hace falta irse al Tibet o a India para encontrarse con uno mismo. Yo, un día, acodado en la proa del barco, conseguí estar cinco minutos con la mente completamente en blanco'. Y deambuló algunos meses más por Almería documentándose sobre la época de los spaghetti westerns: 'Quiero hacer una película sobre el mundo que se movía en torno a los rodajes de los westerns, sobre toda esa gente que nadie conoce y que participó en esas historias. Descubrí, por ejemplo, que a los extras y los especialistas los controlaba un patriarca gitano que reclutaba gente de su raza a puñados. Hablé con un tipo que me dio 15 títulos de películas de Sergio Leone, lo cual es meritorio porque el hombre nunca rodó tantas... Ah, y de los 15 títulos que me dio ninguno coincidía con el de alguna película de Leone'.

Sin prisas, sin pausas y con mucho entusiasmo, José Manuel Campos busca el placer con una cámara en las manos. He descubierto que hablar con él me carga las pilas y me ayuda a seguir enfrentándome a los que huyen del dolor cambiando de coche cada cinco años. Es más, le pagaría las citas como a un médico si no fuera porque estoy seguro de que se ofendería.

Regístrate gratis para seguir leyendo

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS