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Crónica:Segunda División | FÚTBOL

Fernando Torres salva al Atlético

El delantero juvenil mantiene con un gran cabezazo las esperanzas del cuadro rojiblanco

Albacete. Un estadio metálico ardiendo por el calor mesetario recibió al Atlético, pero el club rojiblanco aún respira. Un chaval de 17 años, Fernando Torres, le hizo el boca a boca a diez minutos del final. Y resucitó. Sin embargo, hasta ese momento, el Atlético no era el Atlético. Si acaso, medio Atlético: el que se afana por la banda derecha necesitado del bastón de Cubillo, que consiguió ligar con Aguilera las únicas combinaciones de más de dos pases seguidos que los rojiblancos tuvieron a bien ofrecer a sus 5.000 aficionados desplazados hasta Albacete, un nuevo récord de los hinchas en su ya largo currículo de apoyo al equipo.

El Atlético no tuvo defensa, ni ataque, ni presión, ni alma, hasta la salida del pelirrojo juvenil Torres. Durante todo el primer tiempo el equipo fue un espíritu errabundo que se sobresaltaba a la mínima por la velocidad y el orden del Albacete.

El manchego, un equipo muy ordenado, con futbolistas más que capaces, ni siquiera concedió al Atlético unos segundos de cortesía. La primera circunferencia completa que rodó el balón en el césped del Carlos Belmonte fue para llegar hasta los pies de José, que, solo ante Toni y después de pasar acrobáticamente las dos piernas por encima del esférico sin llegar a golpearlo con ninguna, dejó escapar el balón por la línea de fondo. Riaño, un interior izquierdo con recorrido, regate y una pierna izquierda que trata con desparpajo y criterio a la pelota, se atrevió dos minutos después a disparar desde la mitad del campo al ver a Toni adelantado. El recado acabó en córner. Guerrero, Riaño y José, una versión de la Trinidad manchega que fue rascando en la fragilidad de la improvisada saga rojiblanca, Hernández y Gómez. La defensa atlética, sin el apoyo de un centro del campo disperso que reculaba sin criterio, vio desfilar las oportunidades de gol, al balón y a los delanteros del Albacete, que campaban por el área en territorio amigo.

En el Atlético no funcionaba nada. Cubillo recordaba vagamente a un jugador de fútbol, al menos en la intención de asociarse, tirar paredes y cambiar el juego. Y nada más. El resto era desesperación, achique de balones con la frente sudorosa y el cuerpo tembloroso por el miedo. Uno de esos balones vio la línea de gol desde una panorámica privilegiada, pero el lateral argentino Fagiani acertó a expulsarlo cuando ya entraba.

El club rojiblanco se presentó durante 70 minutos con el esmero que dedica durante toda la temporada a la teoría que explica la existencia del caos: en el orden las cosas sólo tienen un sitio, para el caos vale cualquiera. Cualquiera, como Hernández jugando de medio centro, tratando de distribuir balones, o Fagiani de media punta, disparando inocentemente a puerta. El caso de Kiko es cosa aparte. El gaditano dio un par de pases en profundidad, pero el resto fue nada, o peor aún, peor que nada: un estorbo errático hasta su sustitución por Fernando Torres. La entrada del juvenil coincidió con la expulsión del lateral del Albacete Arias. El Atlético disponía de quince minutos para gestionar su superioridad pero, aun así, en su intento se adivinaba una odisea. El miedo aumentaba con los minutos. Las posibilidades de ascenso se desvanecían. El empate era igual a un desastre y así marchaba el partido.

Para eso salió Torres, al que ayer Cantarero dio la venia en última instancia. Entonces toda la plantilla le buscó con la mirada, solicitándole con gestos que se echase al hombro el partido y ganase él solo a última hora lo que el equipo no había podido hacer en los tres cuartos de partido anteriores. Parecía un peso insuperable para un imberbe de cachetes rojos. Pero Torres aceptó el órdago y lo aprovechó.

El Atlético aún puede ser equipo de Primera. Se lo debe a un juvenil.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de junio de 2001