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COLUMNA

Pizza sin mozzarella

En la reciente campaña electoral italiana, el actor Roberto Benigni tuvo la intervención más celebrada cuando al referirse a la posible ausencia en el Parlamento de un conocido político dijo que era tan inimaginable como hacer una pizza sin mozzarella. Quizá la metáfora gastronómica no sea la más adecuada, pero es posible que en el País Vasco haya sucedido algo parecido. Pretender conseguir la paz sin contar con el PNV, a base de considerarlo irredimible, totalitario y aliado de los terroristas, era intentar un tipo de cocina imposible. Los vascos lo han certificado en las pasadas elecciones.

Una abrumadora parte de los comentaristas había contribuido a crear un clima que erraba en la descripción de la realidad y más aún en el tratamiento que debía dársele. El carácter plural de España hace que las cosas se vean de forma muy distinta desde Madrid, Barcelona o Bilbao, de modo que cuanto en la primera parecía una extravagancia minoritaria, en la tercera (pero también en la segunda) era lo más habitual. Ignorar esas disintonías concluye en que no saben siquiera en qué consiste España quienes trompetean acerca de ella. Y si eso resulta peligroso, peor es sumar a esa ignorancia el error en materia de tratamiento. Se comprende el sufrimiento de muchos (y es exigible, entonces, la solidaridad), pero eso no siempre produce lucidez. Se ha multiplicado hasta el ensordecimiento el número de decibelios con un resultado final que, bien mirado, era previsible por antecedentes comprobados. Isaiah Berlin escribió que el nacionalismo es una rama que, doblada, devuelve multiplicada la presión sobre ella. A lo que se parecen los resultados de estas elecciones es al efecto Banca Catalana sobre el voto de Pujol en los años ochenta.

No tienen sentido ahora los reproches, pero sí el recuerdo. Nunca más se debiera asimilar nacionalismo con totalitarismo y terrorismo; nunca más se debiera pensar que el nacionalismo es un producto circunstancial que puede ser barrido a base de militancia. Lo han hecho con frecuencia intelectuales con propensión a la simplificación. Ortega presagió la frase de Benigni cuando escribió que siempre que se imagina un artefacto imposible como un cuchillo sin mango y sin hoja hay detrás un intelectual. Lo peculiar en este caso no es que la derecha de siempre haya estado donde acostumbra o que el Gobierno central haya abusado con desfachatez de los medios públicos. Siempre habrá insensatos dispuestos a escribir alternativamente la biografía más laudatoria de Aznar y la más denigratoria de Arzalluz, a fusilar mediáticamente a Suárez como culpable de la desintegración de España o a pedir una segunda ronda de la pócima que tan mal resultado ha dado. Lo que no se debiera repetir es que personas valiosas casi se alineen con este tipo de actitudes, como fue el caso de Juaristi levantando acta del 'descerebramiento' de PNV y EA, o de Varela Ortega calificándolos de parafascistas.

Ha llegado el momento de esos a quienes se nos ha llamado 'tontos útiles', los que siempre hemos creído que en los nacionalistas había buena intención y errores parciales, sólida convicción democrática y respuestas a veces tardías o visiones incompletas de la realidad. Como viene sucediendo desde 1975, hemos patinado en el filo de la navaja para llegar a un resultado final positivo. Lo imprescindible es que no se pierda esta nueva oportunidad. Es ahora cuando tenemos que recordar a los nacionalistas, si preciso fuera, que deben reconstruir el consenso y disipar el miedo que, quieran o no, crearon. Lo debemos hacer quienes siempre los hemos considerado una pieza insustituible y en muchos aspectos admirable de nuestra democracia.

Pero no hay que olvidar tampoco al mejor de los derrotados. La carrera del político se basa muchas veces en ocupar el centro del escenario en la ocasión más oportuna; hay pocos capaces de cambiarlo a base de convicciones y de dedicación. Jaime Mayor ha errado, pero es de la pasta de estos últimos y por eso merece el respeto y, más aún, el aprecio de todos. Situado en el ápice del juicio público en España, se ha jugado toda su carrera personal y política por lo que creía que era mejor para todos los vascos. En este momento en que está en sus peores horas merece todo un homenaje colectivo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 19 de mayo de 2001