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OPINIÓN DEL LECTOR

Daños colaterales

El lenguaje a veces cumple la paradójica y ya antigua función de ocultar ideas suavizando la realidad que pretende nombrar. En la pasada intervención de la OTAN en la vieja Yugoslavia, cuando por error de cálculo morían personas en los bombardeos, las muertes se nombraban como daños colaterales: no eran víctimas ni vidas destrozadas. Están en el umbral de la pobreza quienes viven al borde de la miseria y sin techo quienes, en la más absoluta indigencia han sido siempre vagabundos y hambrientos. Hace unos días, en un anuncio, restando dramatismo a la evidencia del abandono de nuestros abuelos, aparecía un asilo irreconocible: el hábitat geriátrico. Parece que sustituyendo la palabra se modificara también la realidad, el lenguaje actuando como bálsamo que alivia una circunstancia cuyo verdadero nombre puede herir nuestros oídos.

No quedan lejos de este afán por lenificar, por encubrir, el empleo de una expresión que muchos soportamos a diario sin paliativos: las barreras arquitectónicas. Eufemismo descafeinado y biensonante que lo mismo podría aparecer en la redacción de un parte meteorológico, que en la detallada descripción de una elevación geológica. Así de correcto y acertado es el término. La verdadera definición sería: voz que designa los obstáculos que diseñan los arquitectos, construyen los promotores con el consentimiento de las administraciones, vulnerando la normativa vigente y contribuyendo a la marginación de gran parte de la población con problemas de movilidad.

Para argumentar lo anterior, baste con recordar el último informe del Defensor del Pueblo Andaluz en el que, con motivo de las numerosas denuncias presentadas por CAMF, se advierte a la Gerencia de Urbanismo y Delegación de Medio Ambiente de Sevilla (las demás irán cayendo) sobre la falta de interés que muestran en el cumplimiento de la legislación en materia de accesibilidad a la hora de conceder licencias. No existe explicación lógica que justifique que, en esta época de internautas, el 10% de la población esté al margen de la vida social por mor de bordillos, falta de señales acústicas, puertas estrechas...

Como ilustración del derecho que nos ampara, es suficiente con recordar la reciente Ley de Propiedad Horizontal, que exige el acuerdo de la mayoría de los vecinos para que las personas con discapacidad puedan adaptar la entrada a su propia vivienda; ya no mandamos ni en nuestras casas. Pero no es tan grave si encontramos los vocablos adecuados, a fin de cuentas todo se reduce a personas con leves dificultades en sus desplazamientos espaciales debido a orografías de diseño. Quizás no deberíamos olvidar aquel verso sencillo de Aleixandre cuando reparaba con sorpresa en una verdad evidente: 'Porque significan. Las palabras significan'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de abril de 2001