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COLUMNA

Jazz

LUIS MANUEL RUIZ

Leo que John Lewis ha muerto y que ya no se hallará más entre nosotros, pero rebusco entre mis discos y doy con él, compartiendo su genio con otro insigne cadáver con el que ahora compartirá también los gusanos y ese trocito de olvido que mancha a todos los muertos. Es una grabación de 1953, y junto a Lewis aparecen el enorme Clifford Brown, Art Blakey, Lou Donaldson. Enciendo el reproductor, pulso botones; ahora que me llega la música no puedo creer que esté oyendo a una banda de fantasmas, que esa energía que estalla en los altavoces se deba a dedos desintegrados, que el metal de esta trompeta se haya fundido para fabricar chasis de automóviles o cañones de escopetas. Recuerdo que igual que a mí hoy, a Antoine Roquentin, ese melancólico personaje de Sartre, un disco de jazz le sirvió en una página para reflexionar sobre la fugacidad de la vida y esa escurridiza esencia de tiempo de la que están hechos los hombres: parece mentira que todo ese nervio contenido en las melodías tenga que convertirse en sombra, en polvo y en nada, y casi es como si el piano de John Lewis, que ahora llena mi habitación, desmintiera su muerte, porque resulta imposible que los cadáveres toquen de esta manera. El disco entero es mayúsculo, Clifford Brown memorial album; se recopiló poco después de que Brown perdiese la vida -pero no el alma: sigue en la grabación-, mediante un coche a velocidad indebida, y lo adquirí en uno de esos pocos sitios de Sevilla a los que uno puede ir a acordarse de estos negros traspapelados. Nayma era el nombre de la hija de John Coltrane, otro espectro con saxofón, y es el nombre que unas personas agradecidas han puesto a un café del centro, junto a la Alameda.

Escondido entre cines porno y funerarias, el local ocupa una esquina bellamente agujereada de escaparates. Conserva ese aire voyeur de los cafés antiguos, en que uno podía sentarse y mirar pasar a la gente para inventarse sus vidas; la media luz constante, al atardecer y a la noche, facilita los cigarrillos, la leche caliente, el interés por las personas extrañas que se sientan a nuestro lado, en otras mesas. Hasta el techo, la pared está empapelada de rostros; el bar es, a su modo, como esas sinagogas checas con los muros repletos de nombres, los de los mártires de los campos de concentración: cada fotografía es aquí un homenaje, un intento modesto por salvar a un fantasma del olvido, que agradecemos quienes los queremos bien. Hay escenas de hombres agachados sobre esos enormes animales que son los pianos, de mujeres que abandonan palabras de amor en los micrófonos, hay multitudes que sudan y fuman bajo la complicidad de la música. El jazz suena sobre nuestras bebidas desde que entramos hasta que es hora de irse a la cama, pero lo más importante no es eso. En un rincón, se venden discos de saldo (hasta agotar existencias), donde resucitan entre el polvo Thelonious Monk y Lee Morgan, y de donde me llevé una noche este disco de Clifford Brown que ahora niega taxativamente que John Lewis haya desaparecido. Ni yo conozco de nada a los dueños del local ni creo que ellos sepan cómo me llamo, pero este rescate nos honra y nos hace oscuramente hermanos: relicarios de los huesos de un pianista muerto, valedores del jazz en una ciudad que usa las trompetas y los saxofones para asuntos mucho menos exquisitos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 11 de abril de 2001