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Reportaje:

Diario de un desahucio

Cultura y Medio Ambiente avalan un libro a favor de la huerta mientras Urbanismo da vía libre a su destrucción

Mientras no es difícil que la cultura y el medio ambiente puedan ponerse de acuerdo en algunas situaciones para defender los mismos valores, parece como si esa defensa tendiera a volverse imposible cuando se cruzan los intereses urbanísticos y económicos. La batalla iniciada hace siete años por los vecinos de La Punta, la pedanía de Valencia cuya huerta está amenazada por la construcción de una Zona de Actividades Logísticas (ZAL) para el puerto, se ha visto ahora respaldada con la publicación de un libro, un modesto volumen de cuidado diseño que se ha convertido a la vez en el diario de un lento desahucio y en el acta de adscripción de cuantos colectivos cívicos, culturales, ecologistas e institucionales deploran la destrucción de este paisaje.

Curiosamente, mientras la Consejería de Obras Públicas, Urbanismo y Transportes avala la iniciativa del Ayuntamiento de Valencia para construir el polígono industrial en la huerta, en el libro se afirma que las consejerías de Cultura y de Medio Ambiente han colaborado 'generosamente', en palabras de los promotores del volumen, a la publicación del libro, titulado Estar en La Punta.

'Si por degracia la ZAL va adelante este paisaje se va a perder, y también se perderá la experiencia sociológica que supone todo un proceso de lucha', se lamenta José Albelda, de 38 años y profesor de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Politécnica de Valencia. Albelda integra en la universidad junto a Nadia Collette y Pablo Lorenzo el grupo de investigación Retórica, Arte y Ecosistemas, que, especialmente sensible a los terrenos fronterizos entre la belleza de la cultura y los valores ambientales, ha promovido esta publicación, basada a su vez en la exposición organizada hace dos años para defender la huerta de La Punta.

'La lucha', añade Albelda, 'tiene mucho que ver con los procesos de globalización; no nos damos cuenta de que nosotros sufrimos procesos muy parecidos a los de países del tercer mundo, la pérdida de paisajes autóctonos para potenciar la riqueza de otros'.

La lucha continúa pese a que ya el verano pasado Urbanismo dio el visto bueno a la modificación del Plan General de Ordenación Urbana de Valencia que sacrifica como suelo industrial 70 hectáreas hasta entonces consideradas como suelo no urbanizable especialmente protegido. El libro sale además en un momento en que ya han comenzado los procesos de expropiación forzosa. '¿Cómo van a ofrecerle a un agricultor una vivienda de protección oficial y un puesto de trabajo en el puerto que ha destruido su huerta?', se pregunta Albelda, que además de esta contradicción se extraña de que las administraciones sigan ensalzando los valores de la huerta y promuevan un museo a la misma mientras consienten su destrucción. 'Los símbolos sustituyen al referente', añade.

Manifestaciones y marchas en bicicleta ilustran la publicación junto a múltiples fotografías costumbristas de las personas que se ganan la vida trabajando estas tierras fértiles. Junto a ambas, decenas de imágenes constatan los profundos procesos de degradación que, instigados o consentidos desde las distintas administraciones, han transformado el paisaje de la huerta en un engendro cuasi industrial. Postes de teléfonos, bases ilegales de contenedores, enormes camiones, torres eléctricas, carteles publicitarios gigantes, vallas metálicas... Hitos de fealdad que apenas empañan la belleza del surco simétrico, la cebolla pujante o las manos curtidas del agricultor.

Sus defensores argumentan que la huerta es una seña de identidad de Valencia. '¿Dejarían los catalanes construir adosados en Montserrat o los japoneses en el Fujiyama?', se pregunta Albelda. Pero el libro ya advierte que los 'estúpidos' se caracterizan por causar daño a otros 'sin obtener al mismo tiempo un provecho para sí o incluso obteniendo un perjuicio'. Albelda reconoce que los interes de los que promocionan la ZAL son muy poderosos, pero asegura que los defensores no tienen que tirar la toalla todavía: 'Dejemos el pesimismo para tiempos mejores'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 20 de marzo de 2001