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SAQUE DE ESQUINA | FÚTBOL 26ª jornada de Liga

Los tres tenores

Llegó Cortés, reunió a su línea defensiva titular y le hizo una renovación general de contrato. Para celebrarlo, Angloma murmuró un chiste con acento francés, Djukic logró sonreír durante un par de segundos y Carboni, el más tenaz de los mastines italianos, levantó una copa imaginaria y gritó Viva Valencia con un sincero entusiasmo. Eran la genuina Defensa del Milenio: sumaban un siglo, cuarenta ligas y un accidentado compendio de fútbol y traumatología.

Después del saludo protocolario, compartieron una misma fotografía, pero venían de recorrer caminos muy diferentes. Carboni, por ejemplo, aterrizó en el calcio cuando la sombra de Franco Baresi, disfrazada de alma en pena, seguía tirando el offside en la corona del área. Como su antecesor y maestro, se había convertido en uno de esos futbolistas hipertensos para quienes el partido del domingo dura una semana. Obligado a vivir al borde del abismo, se había acostumbrado a disfrutar del vértigo; sin abandonar su estado de nervios era capaz de encontrar el soplo de lucidez para dar una voz de ánimo, para arrebatar un balón podrido o para alcanzar la línea de fondo con la daga al dente.

Su compañero Angloma era, en cambio, un raro trotamundos en el que la elasticidad se combinaba con la exquisitez. De cuando en cuando se permitía algún alarde atlético. Desmontaba al extremo contrario como el relojero desmonta un despertador, recorría la banda con la elegancia milimétrica de un antílope y siempre se reservaba los dos leves capitales del lateral moderno: un segundo de margen y un metro de ventaja.

Sin embargo, quizá fuese Djukic quien mejor representaba al héroe romántico. Apareció en Belgrado cuando el viento de la guerra comenzaba a dispersar la escuela yugoslava, pero se mantuvo en territorio neutral el tiempo justo para asimilar el estilo de las grandes figuras locales. Poco a poco, incorporó a su repertorio la precisión defensiva de Belodedic y el toque desenfadado de Stojkovic. A falta de nombre, él consiguió el oficio necesario para transformar cualquier problema en un trámite administrativo; jugaba tan fríamente que habría podido bostezar en la línea de gol. Un día falló aquel penalti, y muchos creyeron que estaba listo. Se equivocaban: voló a Valencia, levantó su barraquita en Mestalla y hoy, con su impecable tic-tac de tiempista, es la viva imagen del perdedor redimido.

Junto a sus dos amigos, ha desmentido para siempre la superchería según la cual, pasados los treinta, el fútbol no es una profesión, sino un milagro.

Que sea por muchos años.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 10 de marzo de 2001