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Crítica:22ª jornada de Liga | FÚTBOL

El Racing, colista, golea (4-0) al Barcelona en El Sardinero

Los azulgrana, en un encuentro mal planteado y peor resuelto, fueron ridiculizados por un colista que jugó muy cómodo

El Racing reventó al Barça, hinchado como llegaba a Santander por su currículo (18 partidos sin perder) y la derrota del Real Madrid en San Mamés (2-1). Pero, justo cuando se le exigía un partido autoritario y un marcador disuasorio para admitirle como candidato al título, el equipo azulgrana se aflojó en el campo del colista, ante el peor equipo del campeonato, que le zarandeó en una fiesta que guardó semejanzas con la de hace seis años, cuando la goleada fue por 5-0.

Irreconocible como equipo, al Barcelona no le redimió ni la actitud. Jugó descerebrado y despersonalizado (faltaba Guardiola); sin pies ni manos y falto de estilo (no tenía extremos ) y sin carácter (los jugadores se abandonaron). El desplome azulgrana resultó tan sobrecogedor que es difícil pensar que no tendrá consecuencias. En un solo partido expresó todas sus debilidades y deficiencias, sobre todo estructurales. El técnico, Llorenç Serra Ferrer, cambió el posicionamiento y el equipo expresó con gran crudeza que la política de fichajes ha sido un fracaso. El Racing se divirtió ante el guiñapo de equipo que se le paró enfrente. El encuentro resultó descorazonador desde la perspectiva azulgrana. Jugó el Barcelona de manera muy gansa en un campo que exigía estar muy despierto. Extrañó el equipo el rombo que dispuso el entrenador después de quedarse sin extremos por las lesiones de Simão y Overmars. Gerard y Petit aparecieron de manera sorprendente por las bandas y no hubo manera de llegar hasta el banderín de córner. Amputado como estaba, el plantel azulgrana tampoco encontró salida con los pases interiores de Xavi, tapado por Regueiro e incapaz de conectar con Rivaldo y Kluivert, despistados, poco trabajadores, sin capacidad de desmarque.

La previsibilidad y apatía barcelonista fue sorprendente, sobre todo si se atiende a lo que estaba en juego, que no era otra cosa que la de advertir al Madrid y al Deportivo de que el Barcelona iba también por la Liga. Falto de jeraquía y timorato, el plantel azulgrana regaló la contienda con un fútbol pastoso. La pelota viajó siempre de pie a pie, mansa, blanda, sin velocidad, a dos y tres toques, recorriendo las zonas blandas, alejada de los márgenes del campo de El Sardinero.

Al Racing le vino muy bien la somnolencia del Barcelona. El equipo cántabro se tapó bien en su cancha, procuró que la pelota saliera jugada por Abelardo y apostó por rentabilizar las segundas jugadas, acciones presididas por rechaces, como la que propició el gol de Regueiro. No necesitó armar juego para desequilibrar el choque, por lo general plano, lento, atascado, un paisaje que beneficia al equipo menor.

La dormida barcelonista resultó tan soberana que exigía medidas de urgencia, de manera que Serra Ferrer cambió el diseño del equipo en el descanso: prescindió del medio centro (Xavi) a cambio de ganar un delantero interesante en ataque estático (Alfonso). Mal asunto. El equipo perdió la cabeza y fue a peor, por culpa de una decisión que dejó en mal lugar a Xavi precisamente el día que mayor estima necesitaba por la ausencia de Guardiola.

Desatento, desenchufado, sin tensión, el Barcelona encajó a las primeras de cambio dos nuevos goles, ambos a balón parado, circunstancia que comprometió todavía más su comportamiento. La hinchada cántabra no daba crédito a la primera victoria del año de su equipo.. Los azulgrana no encontraron solución a sus problemas ni recursos para obligar al Racing a un esfuerzo. Desfondados y desmoralizados, quedaron a merced del rival, que actuó con gran interés. Regueiro se reveló en este sentido como un jugador interesante. Muy sólido en la contención, el grupo de Manzano tuvo una buena organización defensiva y supo atacar al Barcelona. El equipo de Serra Ferrer no tuvo ninguna personalidad, ni a la entrada ni a la salida de la cancha, de manera que fue ridiculizado. La falta de agresividad, su flojera en los balones divididos, le impidió incluso salvarse del escarnio de la goleada. Ya no se trataba de disputar el triunfo, sino de apuntar una línea de escape que ahora no se adivina por ningún lado, tal y como está el club de paralizado.

El partido estuvo tan mal planteado como resuelto. A falta de estímulos desde el banquillo, los jugadores tampoco aportaron nada interesante. A día de hoy, el Barcelona que aspiraba a atrapar al Madrid no sólo consintió un 4-0 en el campo del último, sino que sólo se le adivina una sensación de orfandad terrible. El Barça fue una calamidad en todos los sentidos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de febrero de 2001