Columna
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Vaya truño

Es la palabra de moda, sobre todo entre los más jóvenes, 'qué truño', dicen. Y debe ser moda reciente, pues ni siquiera la recoge el moderno Diccionario del español actual, de Seco, Andrés y Ramos. Vaya, que el dichoso truño está a la última, como el mismo 'vaya' en su uso como interjección, que se ha vuelto a poner en boga, aunque paradójicamente, la expresión 'en boga' (del francés vogue, moda) haya quedado más demodé que el entrecotte.

La vuelta del vaya como interjección debe ser algo especial de los tiempos que corren. Porque suele ser un 'vaya' a secas, sin calificativos y sin comentario alguno que exprese satisfacción o disgusto. Vaya, que es una cosa ambigua tal que así:

-El director general de la CAM cae por oponerse a la fusión con Bancaja.

-Vaya.

Algo distinto sería una respuesta como 'vaya, ya era hora' (positiva), 'vaya, pues qué bien' (irónica), 'vaya movidón' (descriptiva), 'vaya palo' (negativa), o 'vaya truño' (muy negativa). Pero no, no es lo usual, el 'vaya' que está de moda es escueto, un vaya a palo seco y por lo tanto, no suele juntarse con el truño, que de momento se utiliza sólo con el pronombre exclamativo: ¡qué truño!

Tal vez este retorno en el uso, esta vuelta del vaya sobrio y conciso sea una simple reacción al abuso del 'venga', puesto de moda por Cela en un anuncio televisivo y que de tanto ir y venir por las ondas, llegó a ser, viniera o no a cuento, muletilla de tantos cretinos.

Sí, tal vez, pero no sólo eso. El otro día, el pintor Eduardo Arroyo lanzó la advertencia de que el IVAM perderá reputación si se deja arrastrar por la parafernalia que está impulsando Consuelo Ciscar. Arroyo aseguró que 'Valencia se está inundando de personajes que vienen a trincar y hay gente dispuesta a pagarles con el dinero de todos'. Y pese a la contundencia de la denuncia del pintor, aquí la respuesta parece que se ha limitado a un '¡vaya!', que tiene mucho de conformista.

Pero, dejémonos del 'vaya' y a lo que íbamos, al truño que tan de boca en boca anda. Puede que su origen, como el de tantas palabras, sea carcelario. No lo sé. Hoy, en la calle, el truño tiene algo de pestiño putrefacto, más que un marrón, un marronazo, un jiño descomunal.

Hay truños de todo tipo: pequeños pero matones, como la legionella de Alcoy; truños por lo militar, por lo civil, por la Iglesia y por Liaño; truños financieros y truños financiables; truños con gomina, con solideo y truños con boina. Hay truños biodegradables y truños que son imposibles de eliminar de la cadena trófica; truños submarinos, como el Tireless gibraltareño; truños de ida y vuelta como el uranio empobrecido; truños de carne y hueso, como las vacas locas. Hay truños simples y complejos; urbanísticos, empresariales, presupuestarios, lingüísticos y como hemos visto, hasta artísticos. Y por haber, hasta puede haber truños temáticos; truños sanitarios, educativos y tecnológicos. En fin, que bien puede decirse que en estos momentos, no hay ministerio que no tenga sus propios truños.

Y también hay truños que, al margen de cualquier otra clasificación, son como los supositorios, perversos, vetustos y con efectos retardados, pues no entran en vigor hasta pasados unos días de su publicación en el BOE, como sucede hoy con el truño de la Ley de Extranjería. Vaya truño.

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 22 de enero de 2001.

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