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Tribuna:

El espíritu de Atocha

¿Cuántos fueron los que pasaron por aquel recinto donde la madera estaba a la vista y el cemento entró mucho más tarde?Qué de nombres ilustres, qué maneras, qué cuidado, qué elegancia -aquella que no se nota, la única-, qué ironía por encima de la aceptación de lo imposible: bajar de categoría formal, irse a Segunda, pero sin perder un instante la consideración de que, si uno juega y pierde, las formas de aceptar el destino deben ser exquisitamente las mismas. Porque no importa que nos miren, en el caso de lo que hagan, sino conservar aquello que generó Atocha. Sin sombra de nostalgia. Con la simple voluntad de hacer bien las cosas. Porque, quizá está de más recordarlo, el carácter es el destino. Y la elegancia también.

Nunca la Real debe dejar de ser el mejor equipo de fútbol del mundo. Aunque nadie lo sepa. Aunque nadie lo note. Aun en Segunda. O sea, Atocha.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 23 de diciembre de 2000