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Franquicias

La sombra del "caudillo" aún se proyecta sobre los muros de la ciudad, emerge en placas conmemorativas y lápidas votivas, y si no se prodiga mucho en la estatuaria pública es porque la Madre Naturaleza, que tan pródigamente le dotó para el mando y la permanencia, fue parca, quizás irónica, con sus prendas físicas. Su oronda silueta y su reducida estatura, por mucho que las estilizaran y realzaran los artistas de nómina, no entroncaban con canon alguno, ni pedestre ni ecuestre. A su perfil de Sancho siempre le cuadró mejor "rucio" que "rocinante", y tal vez sólo Botero le hubiera servido como pintor y escultor de cámara.Con menor celo y menos saña que sus antecesores, los primeros alcaldes de la democracia hicieron también sus purgas: cientos de plazas mayores y "generalísimas" perdieron el militar superlativo y se civilizaron invocando a la Constitución, y grandes avenidas y calles principales recuperaron sus nombres tradicionales, en detrimento casi siempre de José Antonio Primo de Rivera.

En Madrid, la Gran Vía volvió a ser la Gran Vía, como la había seguido llamando la mayoría de los madrileños, en contra de los rótulos que la identificaban vanamente como avenida de José Antonio, y la Castellana amplió sus fronteras y borró de su prolongación el nombre del tirano. El general Mola dejó de molar y le devolvió sus placas a su antecesor en el puesto y compañero de armas, el príncipe de Vergara, y el contumaz golpista Sanjurjo, malogrado pionero del alzamiento definitivo, voló con García Morato del callejero de Chamberí.

Sin embargo, otros colegas, más emboscados en el callejero, como el general Yagüe, se salvaron milagrosamente de la depuración y siguen acotando sus respectivas parcelas ante la indiferencia, fruto de la resignación o de la ignorancia, de sus residentes, a los que un cambio de nombre provocaría más molestias que beneficios.

Si existe un método capaz de armonizar la justicia histórica con la comodidad pública, tal vez sea aquel que propuso en su día la revista La Codorniz: dejar intactos los nombres de los antiguos titulares de las calles para no crear confusiones, pero añadirles un adjetivo calificativo. Así, la avenida del Generalísimo hubiera pasado a llamarse avenida del Malvado Generalísimo para poner las cosas en su sitio.

Lo de los monumentos tiene peor arreglo; por ejemplo, ni los más implacables depuradores del franquismo se atrevieron a bajar de su pedestal de la Castellana al verboso tribuno, paradigma de la elocuencia, don Emilio Castelar, arquetipo para los suyos de los "nefastos" políticos del XIX.

La estatua ecuestre del caudillo que sigue anclada y bien anclada a la puerta de los Nuevos Ministerios gozó de idéntica cortesía cuando el país recuperó la democracia por él secuestrada, amordazada y maniatada. Feas como pecados mortales, desproporcionadas y mentirosas, las estatuas de Franco están hechas, sin embargo, a prueba de bombas y atentados; son construcciones sólidas, pesadas y con muy mala sombra, como la efigie que las corona.

Tras sucesivos y fracasados intentos de volarlas, sus detractores se conforman últimamente con embadurnarlas de pintura, preferiblemente rosa, un color insultante, por feminoide, en el daltónico espectro cromático del franquismo que no distinguía el rojo y lo veía colorado o encarnado. En El Ferrol, descaudillado, los iconoclastas tiñeron de rosa al caballero paticorto y a su triste montura y volvieron a solicitar de las autoridades municipales que les quitaran el caballo y el burro que lo cabalga, iniciativa a la que se opone la edil responsable del tema alegando que el desgraciado monumento es fuente de atracción para turistas nostálgicos. Ése es el problema: 25 años después de su óbito, el déspota sigue inspirando odios o nostalgias, aún no es historia. Si lo fuera, cuando lo sea, sus recuerdos serán reliquias que habrán perdido su facultad de molestar y perturbar la convivencia. Nadie pone pegas ni arroja botes de pintura hoy sobre la estatua de Felipe IV, y nadie le reprocha sus desmanes, sino que alaba sus hechuras. En el caso de Franco, ni la ética ni la estética justifican la permanencia de sus odiosos monolitos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 21 de noviembre de 2000.

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