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Editorial:

Desencanto con Blair

Acosado por una caída en los sondeos de 20 puntos en una semana, el primer ministro británico, el laborista Tony Blair, intentó ayer retomar la iniciativa manteniendo el rumbo de su política económica y social, pero sacrificando, o al menos dejando en suspenso, su opción europeísta, como si ésta fuese su principal lastre. Su prioridad está en lograr un segundo mandato, y para ello no parece dudar en sacrificar aspectos notables de su programa. Ayer, en el congreso de su partido en Brighton, no dio su brazo a torcer sobre la fiscalidad del petróleo, pese a las protestas, pero con la otra mano hizo una oferta de aumentar las pensiones. Pura teoría de las compensaciones.Blair pronunció un buen discurso orientado al electorado interno. Pero para sus socios europeos resultó preocupante. Pasó de puntillas -seis cortas frases- sobre Europa y el euro, para afirmar algo tan liviano como que quería mantener abiertas sus opciones. El líder laborista lleva tiempo secuestrando a Europa bajo la promesa de liberarla tras el planeado referéndum sobre la entrada de la libra en el euro. Durante meses ha pedido cautela a los demás líderes europeos para permitirle ganar esa consulta. Su caída libre en los sondeos y la propia división interna de los laboristas -con el canciller del Exchequer, Gordon Brown, muy reacio al euro- le están llevando ahora a una situación en la que cada vez parece más difícil convocar el referéndum. Entretanto, Londres anuncia el bloqueo de diversos avances europeístas, como la efectividad jurídica de la Carta Europea de Derechos Fundamentales en elaboración. La oposición conservadora, que encabeza el inefable William Hague, ha hecho del más radical antieuropeísmo una de sus banderas. Con ello ha marcado la agenda británica y, de rebote, la de la UE en estos meses tan difíciles para la misma. Pero de eso no se habló ayer. No resultaba políticamente conveniente.

El líder laborista prefirió torear en otro tercio: el de las reformas políticas, económicas y sociales. Blair es un reformista que ha cambiado en profundidad el marco político británico con las autonomías para Irlanda del Norte, Escocia y Gales y un gobierno municipal electo para Londres, además de la reforma, a profundizar, de la Cámara de los Lores. En el terreno social y económico, los logros también han sido sustanciales en el contexto británico. No ha sido, como pretendidamente publicitaron sus oponentes, un "Thatcher sin bolso". Sin embargo, demasiadas veces ha actuado sin iniciativa, tan sólo a rebufo de las protestas por el mal funcionamiento de los servicios públicos.

Han sido el autoritarismo y la arrogancia de Blair los factores determinantes de su actual pérdida de popularidad. Empezó con la imposición de su candidato para la alcaldía de Londres, y fracasó. Y terminó con el rechazo absoluto a bajar los impuestos sobre el petróleo tras la subida del crudo, pese a que las protestas y las imprevisiones gubernamentales consiguieron desabastecer las gasolineras y los supermercados.

Los laboristas disponen aún de un amplio margen de tiempo para intentar recuperarse. No están obligados a convocar elecciones hasta la primavera de 2002, aunque siempre se ha especulado con un adelanto de un año. Blair no ha tenido tiempo aún de agotar el modelo con el que triunfó, pero resulta llamativo que la expresión tercera vía haya desaparecido virtualmente de su vocabulario y del de los socialdemócratas europeos. El blairismo pierde vigor, capacidad de innovación y, sobre todo, encanto. Va a necesitar más de un discurso para reponerse.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 27 de septiembre de 2000